Quince días sin Internet en casa y el mundo se vuelve patas arriba y boca abajo. Una barrera invisible se alza donde antes florecía un manto de acogedora rutina. Hay que buscarse la vida. Y es aquí donde emerge la necesidad y la acción. Cualquier lugar con Internet se convierte en una gruta del tesoro, una nirvana conectivo, un sangrilá de las ondas Wifi. La biblioteca, una cafetería. Te pasas por cosa de un familiar y te llevas la tablet para conectarte. Suena a síndrome de abstinencia. Y lo es.
Te puedes desenganchar pero el mono vuelve. Un domingo al anochecer. La biblioteca está cerrada. No te vas a pasar de nuevo por casa del amiguete solo para racanearle el wifi. Espera, espera. La biblioteca, aún cerrada, deja el wifi conectado las 24 horas del día. Aún desde la calle. Quizás puedas conectarte. Estudias el edificio y buscas las esquivas ondas. Junto a una ventana, en la puerta de entrada. Ahí, ahí se detectan tres barras. Aleluya. Me conecto. Cualquier transeunte que me vea concentrado en la tablet y haciendo gestos pensará que estoy loco. Me da lo mismo. Estoy conectado, No importa que llueva. Chute de dopamina internetera en ojo y vena.
Puede ser un ejemplo extremo pero muestra una tendencia sociológica, del espíritu de los tiempos. Nos enganchamos a aparatos, a rutinas, a pinchazos en un botón virtual. Y con la movilidad de acceso determinados lugares se cargan de valía, de preciosidad. El Wifi como una nueva capa del espíritu del lugar. Lugares de poder telúrcio, de espíritu. Lugares especiales donde peregrinar y conectar. En nuestro tiempo de paranoia y ansiedad se han transmutado en esto. Un espacio en la calle donde detectas el wifi y puedes conectarte a Internet. El ejemplo paradigmático de esta reemergencia del Lugar se dió hace dos años cuando explotó en todo el mundo el boom de Pokemon Go. La gente se reunía en masa en determinados sitios para cazar virtualmente pokemons con smartphones. Masas de internautas en un parque. Algunos saltando una valla y entrando ilegalmente en el patio particular de un vecino. El vecino, ante los reiterados allanamientos, poniendo carteles recordando a la gente que ese lugar era propiedad privada suya.
El Lugar se reenergiza, pero no con historias de santos o leyendas medievales, de caminos centenarios o dólmenes milenarios. Lo hace con apps y mensajes de texto. El Hermes alado se reinventa en cada nueva generación y su constante mutación en nuevas formas comunicativas le hace pervivir. Con tan poco glamour o misticismo como el hecho de suplicar por unas barras de wifi en plena calle un domingo al anochecer, eso sí.
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Fuente de la foto: PIXABAY