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Y he continuado mis pasos hacia aquel destino embriagador,
palpita el corazón con desbocado frenesí, aunque no estuvieras
allí, podría igual mirarte, aún sin ojos, a pesar de mi.
Porque es que se han ocultado las tonterías que aveces salen de mis labios,
las que desmigajan los verbos y atribulaban las ansias, ¿por qué tuve que
estropear tantos momentos de dulzura? Porque fui un ciego, pero el que
no tiene visión en perspectiva, ni se motiva con tus alegres anhelos.
Si...sé que sonreías pero con dolor, mientras que el verdugo de mi ausencia
flagelaba tus ganas de caminar por el parque, una velada sencilla tomados
de la mano como novios adolescentes, tal vez una barquilla y unas miradas
pícaras que te hicieran sentir de valor...y de nuevo no te vi.
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Y permaneces en el mismo sitio, ojeando el oriente en búsqueda de mi
silueta, pero aun estoy lejos, trato de llegar y los caminos se truncan,
estrategia sin trazar que me ha cobrado las facturas. Mientras la luz
se va desvaneciendo en el desespero de los días y el crepitar del fuego
abrasador de los deseos nuevos que invaden este peregrinar.
Recojo flores del sendero, y pasa tanto tiempo que se han ido marchitando
entre los guijarros de mil manantiales que he tomado para ti en este viaje.
Reposan en mi equipaje cartas inéditas y poemas no recitados, besos añejos
y suspiros al viento, brisas marinas y aires de montaña, algún tibio amanecer
y una que otra noche tan fría como un témpano de hielo, si, el helado temor
que causa el olvido.
He cogido la brújula y la he lanzado a un abismo, me orientará
aquella estrella que hace años te regalé en una velada navideña,
porque está impregnada de ti y me señalará el rumbo. También
el exquisito aroma de tu perfume primaveral es útil señal que
acorta la distancia y derriba el temor de llegar y no verte.
Pero tu permaneces en el mismo sitio, mirando al oriente...