‘No encontrarás los límites del alma, ni aunque recorrieras todos los caminos, tan profunda es su medida’.
[Heráclito]
Dentro del denominado ‘Triángulo del Arte’ de Madrid, que no por casualidad se localiza en esa Avenida de Grandes Sueños, que en mi humilde opinión, es el Paseo del Prado, el antiguo Palacio de Villahermosa, reconvertido en 1992 en el Museo Thyssen-Bornemisza, es como una metafórica sirena varada en tierra, cuyo canto sobresaliente invita a una nekya virtual, donde por muy Ulises que nos consideremos, lejos de nuestro ánimo el reflejar un suspiro melancólico, deseando que nuestro odiseico viaje termine, para regresar a esa Ítaca donde lo banal y lo cotidiano nos ponga contra pared, situándonos de vuelta en el paredón del tedio.
Y es que, realmente se puede decir, sin temer a los orcos de la fantasía, que una visita al Museo Thyssen es como sumergirse en los imprevisibles vericuetos de la Historia, sin otra máquina del tiempo, que no sea aquella que la inercia que nuestros propios pies nos proporcionan, cada vez que dejamos un siglo a nuestras espaldas y cruzamos de una sala a otra.
Por supuesto, dentro de la variada riqueza de obras, que constituyen ese suculento manjar artístico, donde la vista se deja voluntariamente engañar por ‘esa mentira que nos ayuda a comprender la verdad’ –como afirmaba rotundamente, aquél embaucador amigo de Mefistófeles, que fue el genial Pablo Picasso, refiriéndose al Arte- hay iconos, piezas extraordinarias, que por algún motivo en particular actúan como percutoras de una pólvora, cuyas balas –quién sabe, si emulando las famosas flechas de Cupido- abren los candados de esa también metafórica Caja de Pandora, liberando unos arquetipos, cuyo magnetismo atrae la atención del público en general, con una intensidad tal, que parecen revestidas por un sortilegio sobrenatural, en detrimento de otras obras, quizás más refinadas, estilísticas y no menos relevantes. Pero en conjunto, unas y otras conforman un verdadero Tesoro, cuya búsqueda les animo a descubrir.
Quedan invitados, pues, y sin más preámbulos, a lo que espero sea una breve pero agradable aventura, que les permita –aunque sea por unos breves momentos- liberarse de la pesada concha de tortuga del tedio, para encender una vela de esperanza en pro de esa doncella dormida, que es una Musa muy especial, de nombre Imaginación.
Bienvenidos al Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid.
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