Al hermoso perro callejero, al perro mestizo CACRI, aunque lo desprecies.
Sus canes son una permanente vidriera de estatus social. Algunos perros llevan curiosos vestidos de boutique, las perras suelen llevar adornillos femeninos cuchis-fresas, acentuando sus idiocias estéticas. La gran mayoría llevan bolsitas plásticas y palitas de colores para recoger las vergonzosas cacas y así mostrarse al mundo como ciudadanos ejemplares, no porque lo sean, sino porque necesitan que los vean.
El paseo de los perros no se hace en pro de las mascotas, es una sutil pasarela para competir en poder entre vecinos.
En ese maremágnum de macotas encadenadas, nunca… pero nunca veremos en esos paseos, a un perro mestizo, a un hermoso perro callejero, a un maravilloso “cacri”, a un estupendo cuzco, chapi, vira lata, criollo, chucho, aguacateros, mil leches, realengos, sarnosos, pipecos o como se les llame en cada país y en cada territorio.
Pasear un perro criollo y callejero, sería una vergüenza de marca mayor, una exhibición de pobreza y mal gusto. Una señal evidente de alguien peligroso para la comunidad.
En el proceso socializador del estatus burgués, el “ser educado”, significa alejarnos de la “animalidad”, de lo “básico”, de lo “ordinario”, de lo “popular” y todo lo que no aleje del populacho, es sinónimo de “cultura” de “finura” y de “triunfo”.
El perro mestizo no cabe en las aceras de la gente de “categoría”, no cabe en los parques de los vecindarios de la gente “educada”, no entrará a las casas de la gente “culta”, no se le pondrá cadenas finas ni trapitos caros.
En realidad, en la gran mayoría de las casas de clase media y de las personas con pretensiones, el perro no es miembro de la familia, el perro es como un objeto de estatus, una joya en exposición. Una “cosa” que a veces, incluso se trata como si fuera un bebé.
El exagerado lenguaje edulcorado del “amo” hacia su mascota, pretende exhibir sus rasgos más profundos de filantropía, sus semblantes más mórbidos por el “amor hacia los animales” y esa necesidad imperiosa que tienen los “pantalleros” y los que ocultan su malignidad, para que se les reconozcan como personas buenas, muy cerca, cerquita, próximas a Dios.
Algunas veces veo paseando a perritos tan mínimos pero tan mínimos, que no estoy tan seguro que sean canes, son como moscas feas de cuatro patitas disfrazados de algo. Por alguna razón, los perros mientras más pequeños son, más chocantes y mala sangre se comportan. Aquí el tamaño, si importa.
Venezuela, mi tierra, es un país tropical y la gente, por una necesidad de estatus, prefiere criar perros nórdicos, perros peludos de Alaska, perros superpeludos antárticos, perros siberianos, para “lucírselas”, para darse “caché”, para “cagar más arriba del culo”. Les importa un pito que el can sufra los calorones caribeños, lo que se busca es la gratificación cuando exclaman: ¡qué perro tan bello! ¿Qué raza es…?
Se calculan que existen unas 400 razas de cánidos, pero la mayoría son de “fabricación casera”, perros de laboratorios, razas creadas artificialmente.
¿Desde cuándo los perros acompañan a los humanos?
Esta subespecie del lobo decidió acompañar a los humanos, algo más de 31 mil años, de acuerdo a los restos fósiles encontrados en la cueva Goyet de Bélgica de un perro doméstico.
El perro escogió a los humanos como su acompañante de vida. Antiguas manadas de una especie de lobo ya extinta, comenzaron a seguir los humanos porque dejaban restos de comida, estos a su vez, cuidaron a esos humanos con sus ladridos y fierezas, en contra de sus potenciales enemigos. El perro aprendió a comer cereales, tubérculos y otros desperdicios humanos, y de esa forma comenzaron a diferenciarse totalmente de sus ya primos, los lobos.
Los perros no siempre fueron adornos de hogares. Los perros trabajaban con los humanos en sus faenas diarias, en el pastoreo, en la vigilancia y el la caza. Pero a partir del siglo XIX, la clase media victoriana decidió convertirlo en objeto de estatus social.
Se crearon nuevas razas para mejorar su apariencia visual. Eso trajo graves consecuencias, los canes comenzaron a nacer con profundas malformaciones y enfermedades genéticas que disminuyeron sus esperanzas de vida. También se les sometieron a torturas como cortarles los rabos, las orejas y cambios ambientales que deterioraron el pelaje natural.
Los humanos, en su necedad de humanizar la naturaleza y los animales, inventaron concursos de belleza caninos, creando razas especiales para esos eventos. Sometieron a estas “nuevas razas” llamándolas puras y reproduciéndolos exclusivamente entre ellos. Eso agravó muchas enfermedades que los perros mestizos, no tuvieron.
Se creó un certificado de “pureza” llamado “pedigrí” que garantizada que “esas nuevas razas” tenían el visto bueno de los godos.
La endogamia (cruce de miembros de una misma raza) trajo efectos desastrosos en el sistema inmunológico de esos perros con pedigrí.
Sin embargo, fue el perro mestizo, el Cacri, el callejero… quien resultó ser el perro más sano y el perro que demostró ser mucho más afectivo y empático con los seres humanos.
Debido al mestizaje, el perro cacri, el criollito, es genéticamente superior al perro creado para presumir una aparente pureza.
Algunos argumentan que el perro callejero es bruto, que no aprende nada… Claro, ese perro no está para las necedades condicionadas de los perros del circo burgués, no está para dar la patita, para dar vueltas necias y hacer piruetas para el entretenimiento de sus amos.
El perro cacri se educa en la calle, sabe pasar los semáforos, selecciona el alimento en la vía pública, aprendió a curarse con plantas de la localidad, sabe cómo resguardase del clima y sobrevive años en condiciones infames. Es un perro astuto sumamente inteligente y adaptable. Es muy agradecido con lo humanos que los auxilian y son excelentes perros guardianes.
El perro callejero es el perro ideal como mascota en cualquier casa que aprecie realmente a un perro de alto nivel genético.
Yo tango mi perro Cacri, en mayúscula, se llama Obie, nombre rebuscado por su primer dueño, mi sobrino.
Yo le llamo simplemente “perro amarillo”, porque así lo llamaba mi madre después de sufrir el alzhéimer y olvidar todos los nombres.
“Amarillo” es un gran amigo, cuando hay luna llena, se para en dos patas y ladra toda la noche… es su forma ancestral de gritarle a la nada… ¡soy un lobo, sigo siendo un lobo!
Rubén Darío Gil
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Fuentes bibliográficas consultadas: