–Buenas noches. ¿Tienen reservas? –
–Si, llamó mi secretaria al mediodía y pidió una reserva para dos en un box a nombre de Matías Etcheverry. –
La bonita recepcionista, de elegante tailleur negro y pelo recogido, chequeó en su i-pad y confirmando la reserva los acompaño al interior del salón.
Por lo general los viernes la movida del After-Office optaba por otros lugares con más ruido y con un presupuesto mucho más accesible, más para el bolsillo juvenil del “dos por uno”. Este lugar parecía más un Club Privado, discreto, fino y elegante.
Ella había elegido ese lugar, quien sabe porque, pero había acertado en su elección porque Matías era un sibarita y se vanagloriaba por ser un gran conocedor de los mejores restaurantes y bares del mundo, y este no lo conocía. Era un lugar muy distinguido al que solo se podía acceder con corbata. Parecido a esos Pubs ingleses revestidos de madera oscura, pero con la calidez y privacidad que solo podían ofrecer esos boxes cuyos asientos de terciopelo bordó y respaldos altos le hacían acordar a los vagones del Orient-Express.
Magdalena eligió el tercer box y se sentó primero. Matías quedó mirando hacia la puerta.
Se relajó aflojándose la corbata y desabrochándose el primer botón de su camisa mientras miraba a los ojos a su hermosa secretaria.
–¿Que querés tomar? ¿Estás para un champagne? –
–Dale. Total es viernes. –
–Buenas noches– dijo el mozo.
–Buenas noches. Le pido un Veuve Clicquot Gran Dame y unos canapés surtidos para dos–.
–¿Copa flauta o María Antonieta? –
–Prefiero flauta. María Antonieta murió decapitada– dijo ella riéndose.
–Flauta será– dijo el mozo retirándose con una sonrisa.
Ambos celebraron la elección del lugar. Se oía a lo lejos un piano en vivo pero ninguno de los dos pudo adivinar la melodía.
–Deje el balde sobre la mesa nomás. Llévese el pie de la frapera, no hace falta– dijo Matías.
En un segundo viaje llegaron los canapés.
Magdalena no pudo resistir la tentación de sacarle foto a todo.
–Que linda presentación. Creo haber leído en la página que el chef de acá trabajó en el Buli de Adría Ferrá– dijo ella.
Matías miró hacia la puerta y vio que la estaban recepcionando a su mujer.
Se levantó como un resorte de la mesa.
–Magda, no lo vas a poder creer. Está por entrar mi mujer. Te lo juro. La que está con una boina blanca. No mires. Yo me voy al baño. Despues te cuento. Andate. Pedite un Uber. Despues hablamos–.
Matías se miró al espejo y estaba blanco. Se lavó dos veces la cara con agua fría, mientras se pegaba palmaditas para devolverle el color a sus mejillas.
¡Por Dios! ¿Como se habrá enterado? ¿O será una casualidad? Lo único bueno es que no la conoce a Magda, asique se pueden cruzar que no pasará nada. El tema es que me salvé raspando. Otra cosa hubiera sido si me enganchaba de trampa. Uffff… ¡Qué momento!
Matías intentó llamarla a Magda pero en el baño el celular no tenía señal. También intentó llamarla a su mujer pero tuvo la misma suerte. ¿Que le hubiese dicho su mujer si hubiese logrado contactarse con ella? ¿Le hubiese contado la verdad o le hubiese mentido? ¡Qué situación más incómoda!
Matías caminaba en círculos. Su box con dos copas flauta y un balde de champagne era una muestra inequívoca de una relación clandestina. No podía volver a sentarse allí.
Se abrió la puerta del baño y en un acto reflejo Matías se hizo un bollito como un niño al que lo estaban por regañar.
–Hola. ¿Todo bien amigo? – dijo un extraño aún sosteniendo la puerta.
–Si, si. Todo bien– respondió aliviado Matías.
Los dos encararon al mingitorio.
–Te asustaste cuando entré. Por tu reacción pensé que había entrado al baño de damas. Tuve que volver a mirar el cartel de la puerta–.
–No. Disculpame. Es que me encontré recién con una persona con la que estoy peleado a muerte y no la quiero volver a ver. Por eso me quedaré aquí el tiempo que sea hasta que me asegure que ya no está en el bar–.
–¿Necesitas algo de allá afuera? – le dijo amablemente.
–No. Bueno, si. Si podés traémelo al mozo acá–.
Matías se estaba secando con el soplador cuando entró el hombre con el mozo.
–Acá lo tenés–.
El hombre, antes de retirarse, introdujo dos monedas en el expendedor de profilácticos y sacó unos violetas con tachas. Luego se lavó las manos.
–Gracias. Te debo una– dijo Matías.
–Suerte amigo– y el hombre se retiró.
El mozo miraba sin entender.
–Mire… Me ha pasado algo increíble que no me permite volver a mi box.
Le pido me traiga la cuenta y me ayude a salir de aquí sin tener que pasar por el salón.
Y cuando yo me vaya, le ruego le acerque de mi parte al caballero que lo trajo hasta acá, la botella de champagne y los canapés que quedaron en mi mesa –.
Matías pagó su cuenta en el baño junto a una generosa propina. Logró salir por la oficina de gerencia que tenía una doble circulación y que daba a la cocina y de ahí al estacionamiento.
El mozo hizo exactamente lo que le había pedido.
Le llevó la frapera junto con los canapés de regalo a la mesa del caballero que lo había asistido en el baño y que estaba sentado junto a una hermosa dama de boina blanca, quien pidió cambiar las copas por unas María Antonieta.