EL MÉDICO DE LOS POBRES
El Dr José Gregorio Hernández era un miembro más de nuestra familia. Extrañamente, extrañamente porque somos orientales, La Virgen del Valle no era tan allegada a la casa, como sí lo fue este médico venezolano. En nuestro cuarto, cerca de nuestras camas literas, había un altar de aquel hombre de traje negro y sombrero. También, en la biblioteca familiar, había un libro donde se hablaba de su vida y su obra. No era raro, en nuestras oraciones y mejores deseos de salud, mencionar a tan insigne médico como si con solo nombrarlo obrara el milagro en nosotros y los otros.
En ese libro, José Gregorio Hernández: su vida y su obra, dice:
asistía a los necesitados de sus servicios sin tomar en cuenta las distancias que habría que recorrer (cosa que realizaba siempre a pie, a manera de sacrificio), o las horas en que su presencia era solicitada; tampoco tomaba en cuenta si el enfermo tenía los medios necesarios para remunerar sus servicios. Esta actitud de ejemplar dedicación, le ganó prontamente entre la población el sobrenombre de: El médico de los pobres”. (93)
Aquella idea fue regada y creció en nuestros corazones, de que si se le pedía con fe, y aunque estuviésemos lejos y fuésemos pobres, José Gregorio Hernández vendría a ayudarnos.
Según contaban mis padres, los dijes de oro eran por dos milagros. La primera vez que el venerable médico nos visitó fue cuando mi papá lo picó una culebra y se puso mal a causa del veneno. Fueron horas definitivas para él y mi madre, pero fue mi abuela quien con mucha fe le pidió y él vino a ayudarlo. Luego mi hermana mayor, que a causa de una enfermedad cuando era niña, fue recluida sin muchas posibilidades de vida. Hasta que supuestamente le pidieron a él, y él vino a sanarla. Casi textualmente, claro más largo, eran estas dos anécdotas familiares.
[Fuente: archivo personal]
La tercera vez, de esta sí puedo dar fe, fue cuando hace un tiempo mi papá entró a terapia intensiva con los más desalentadores pronósticos. Recuerdo que aquella noche todas sus hijas estábamos en la sala de la clínica, silenciosas y llorosas, esperando que alguien saliera a darnos información de papá cuando salió una enfermera y nos preguntó que quién había tocado la puerta y había entrado a la UCI. Todas negamos haber hecho tal cosa, pero en el fondo sabíamos que era José Gregorio el que había entrado porque habíamos pasado toda la tarde pidiéndole el milagro. Al día siguiente, mi padre amaneció tirándonos besos como siempre lo hacía por las mañanas. Después de eso, al altar que había en casa del médico santo le sobraron flores.
[Fuente: archivo personal]
Hace como tres años fui a Trujillo, específicamente porque quería ir a Isnotú a hablar con José Gregorio Hernández: quería decirle que mi papá en ese momento estaba muy mal. Pensé que aunque nos habían enseñado que él recorría grandes distancias para hacer los milagros, tal vez el recorrido por estas carreteras de Venezuela se le había hecho difícil y cansón. Evoco que cuando llegué a Isnotú, aquello me pareció un mercado persa, una caravana, una comparsa. Mi dolor lo metí en un bolsillito, me puse una armadura invisible y caminé las calles como cuando se busca una dirección. Cuando al fin llegué al templo de J. G. H., todo lo que estaba viviendo se me vino de golpe y comencé a llorar. Mi armadura era chimba y se rompía frente a todos.
Recuerdo que llegué a la imagen de José Gregorio que estaba en la entrada y me puse a hablar con él en silencio. Le recordé quién era mi padre, le dije lo mucho que lo necesitábamos en aquel momento. Mis manos buscaron entre las piedras de la entrada la muestra de cada uno de los milagros, uno que me sostuviera y me hiciera creer. Encontré muchos.
Después de leer casi todas las ofrendas y placas que había en el santuario me senté en una de las aceras a llorar. Me sentía agotada y perdida. Al final de aquel día, recuerdo, me enfermé. Mi alma no había resistido tanta tristeza y mi cuerpo me había pasado factura. Humanamente había hecho lo imposible, así como cuando vas lejos a buscar una medicina, así como hacía él para curar a los enfermos, para buscar el milagro y en mis manos solo llevaba de regreso un OJALÁ. Dentro de mí pedía: Ojalá ese OJALÁ sea hoy mismo.
[Fuente: archivo personal]
Luego de meses, ocurrió lo que ustedes ya saben: padre era vencido por su enfermedad y moría un octubre como mueren lo que han vivido: en silencio. Luego del pesar, pensaba que los milagros son como la lotería. Tú juegas porque sabes que hay posibilidades de ganar y lo deseas. De repente ganas y haces fiesta. De repente no y no por ello dejas de jugar. De aquel viaje traje estampitas para todas mis hermanas, las cuales permanecen en sus billeteras; también una imagen para mi padre, que aún está donde él dormía, y una pulserita que aún llevo en mi muñeca.
Hoy este relato lo quiero escribir sin punto final. En mí la fe, la esperanza de un milagro es algo que no concluye, que siempre espero, que tengo certeza que sucederá