Hace pocos días tuve el placer de recibir la visita de una querida prima, quien iba camino a Caracas desde su hogar en el recóndito paraje de El Paují, en la frontera de Venezuela con Brasil. Conversamos muchísimo rato, actualizando más de veinte años de vida, en menos de veinticuatro horas que permaneció en mi casa. La gente de El Paují lleva una vida autosustentable, sana y natural. Crían animales y siembran para su propio consumo e incluso para comerciar. Mi prima y su familia producen además miel y secan flores y frutos. Le hablé de nosotros, de la vida que llevamos aquí en Lechería y del trabajo que hago como directora de un colegio grande. ¡Habitantes de un mismo país, con tantas cosas en común y al mismo tiempo con vidas tan diferentes! Ciertamente no son ajenos los habitantes del gran Parque Nacional Gran Sabana, donde vive ella, a los problemas que aquejan a nuestra nación: la escasez de productos manufacturados que también consumen para complementar su alimentación son ahora traídos del vecino Brasil; la minería está haciendo estragos en el hermoso y frágil ecosistema que los rodea; su esposo, un experimentado guía de observación de aves, no recibe un turista extranjero desde hace meses. Aquí en la pequeña pero moderna ciudad donde habito, situada al Norte de Venezuela, en la orilla del mar, no somos ajenos a la situación cada vez más difícil que se vive en el día a día de quienes decidimos quedarnos y creer que es posible una Venezuela mejor y que sí hay esperanza. Mi país es selva, playas, montañas, frío y nieve, desierto que se mueve al son del viento. Un país de contrastes, donde lo hermoso convive con lo triste y con lo injusto.