Me he dejado crecer la barba. Me ha parecido que no se ve mal; transmite seriedad e inspira respeto...
Ayer llevé a mi esposa a la iglesia y, al bajarse, me tocó la barba y me dijo: —Aféitate...
Y yo contesté:
—¿Sí? ¿me veo muy feo? ¿no quieres que me quede a escuchar la predicación y te represente?
Vi que se le iluminó el rostro, así que me bajé del carro y entré a la iglesia.
Pocos me saludaron. Creo que no me reconocieron. Así sí me gusta: ser sólo un visitante que nadie nota.
Al día siguiente mi esposa encontró un argumento altamente persuasivo para que yo me quitara la barba. Resulta que en el conjunto residencial donde vivimos, ciertos vecinos se movieron para conseguir que nos tomaran en cuenta para la asignación de cajas del clap. Uno de los requisitos era que todos se anotaran. Yo me anoté para recibir una caja y también como colaborador para trasladar algunas en mi carro. Las cajas nos serían entregadas en La Casa del Abuelo.
Mi esposa me dijo:
—¿y tú vas a ir así con esa barba?
—¡Claro! Eso no tiene nada de malo—contesté.
—Por supuesto, nada de malo. Sólo que te pueden dejar preso en La Casa del Abuelo.
Me fui a afeitar.
Debo reconocer que ese argumento me dio un poquito de miedito...
Créditos del texto: Amaponian Visitor ()
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