“Arbeit Macht Frei” (El trabajo libera) son, hasta el día de hoy las palabras que coronan los portones de hierro del campo de concentración de Auschwitz, situado al sur de Polonia.
Sin embrago, para la mayoría de los que cruzaron estos portones entre 1940 y 1945 no deja de ser una ironía. Durante aquellos años, más de un millón de personas murieron en Auschwitz a manos de los nazis.
La gran mayoría de ellos fueron judíos. Sin embargo, no debemos olvidar los miles de prisioneros rusos, homosexuales, gitanos, presos políticos, republicanos españoles que también fueron asesinados a sangre fría durante aquellos oscuros años de la alemanía nazi.
No obstante, hubo un grupo cuyos miembros podrían haber obtenido la libertad en cualquier momento. Un grupo al cuál identificaban con un pequeño triangulo púrpura bordado en el uniforme.
Un grupo del cual la investigadora Teresa Wontor-Cichy, del museo estatal, escribió lo siguiente:
“Con su postura, este pequeño grupo influyó positivamente en otros prisioneros; la resistencia y determinación que demostraba cada uno de ellos a diario reforzó la convicción de otros presos de que, sin importar las condiciones que se afronten, es posible ser fiel a los principios en que uno cree”
A quienes nos referimos. A los Estudiantes de La Biblia (nombre por el cual se conocía a los Testigos de Jehová en esa época). ¿A qué precio podía obtener la libertad cualquiera de ellos? Bastaba con firmar una renuncia a su religión.
¿Qué decisión tomaron?
Un columnista del periódico luxemburgués Letzebuerger Journal, quien fue a Polonia para asistir a la celebración del quincuagésimo aniversario de la liberación de Auschwitz, escribió en su columna del 2 de febrero de 1995:
“Ni el campo de detención o concentración más severo, ni la amenaza de morir miserablemente de inanición en los barracones o de ser ejecutados por el hacha o la guillotina pudieron hacer que renunciaran a su fe”. Y añadió: “Incluso los brutales guardias de las SS se maravillaban por el valor con el que los testigos de Jehová se encaraban a la muerte”.
El columnista concluyó: “¡Si todo el mundo hubiera sido como los testigos de Jehová!”.
En tal caso, nunca se hubiese peleado la segunda guerra mundial. Nunca se hubieran construidos los campos de exterminio como los de Auschwitz, Chelmno ó Majdanek. Nunca hubieran muerto más de seis millones de personas inocentes.
Nunca hubiese existido el holocausto ni la ambición del hombre hubiera dejado una herida tan grande en los corazones de millones de personas que vivieron en carne propia los horrores de los campos de la muerte.
Fuente: Wacthtower Library 2016
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