Recuerda:
Me comentó un amigo que una mañana, tipo nueve y media, entró en la cocina en busca de un café, ya que el negocio que tenía en el frente de la casa estaba demasiado tranquilo debido a que había poco tránsito de gente. Es ahí que vio a su hijo más pequeño desayunando y jugando con su autito predilecto, mientras su esposa, de espalda, lavaba los utensilios que habían utilizado.
En eso, el pequeño hizo un movimiento no del todo controlado y sin querer le pegó con su codo a una copa de jugo de naranja que cayó al piso y se rompió en cientos de pedazos. A mí, en ese instante, me comentó, lo único que me salió fue un grito de su nombre, casi como para alertarlo que no se lastimara, y empecé a moverme hacia él. Mi esposa, con las manos húmedas, también decidió ir hacia el niño.
Él se asustó al vernos ir hacia donde todavía permanecía sentado y, sin titubear, nos narró lo sucedido para él, que era que mientras jugaba a las carreras con su super auto, la copa decidió suicidarse arrojándose al vacío ante sus ojos. De locos, ¿cómo a tan temprana edad nos cuesta hacernos cargo de nuestros errores?
Abrí un paréntesis y le comenté a mi amigo que, a mi parecer, la torpeza de movimientos y falta de la debida atención, más que nada para despejar la pista, eran normales debido a la escasa edad de la criatura. Y estuvimos en total acuerdo. Pero si esta actitud equivocada se afianza en nosotros y persiste, construiremos nuestras vidas sobre un terreno arenoso y, por consecuencia, veremos cómo todo se desmorona ante nuestros ojos.
Sería bueno tal vez darnos cuenta, que de nada sirve mentirnos a nosotros mismos y revisar si lo poco o mucho que poseemos está sobre bases sólidas.