Ella era una artista real, con alma. En la vorágine de la frivolidad y la fatuidad de los cantantes y músicos de moda Amy Winehouse se erigía como una personalidad artística genuina, original, una cualidad que en esta época es cada vez mas difícil de encontrar, por cuanto las estrellas mundiales parecieran haber sido creadas en un laboratorio de pos producción de Pro Tools, o en la sala de juntas de los altos ejecutivos de las compañías disqueras.
Recuerdo haberme sentido impactado cuando escuche por primera vez canciones como Just friens, Me & Mr Jones y Some unholy war, de su disco Back to Black, un álbum con un sonido excitante y poderoso, totalmente apartado de la tendencia musical del mercado por su concepto retro. El oído de Amy había sido formado escuchado Jazz y R&B, por lo cual su voz - sin parecerse a ninguna – evoca a figuras legendarias de estos géneros, que ella lograba amalgamar a través de su propio sonido. No obstante como un guiño a sus influencias musicales, se advierte en su propuesta cierta similitud con el grupo femenino The Shangri-Las.
Su muerte producto de los excesos de una vida llevada al limite y la fatídica coincidencia con Jimi Hendrix, Jin Morrison o Janis Joplin, quienes dejaron este mundo en circunstancias similares a los 27 años, la ha envuelto de cara al publico en un alo romántico, por aquello de que la tragedia, las drogas y las penas son parte de la vida de los ídolos. Sin embargo que absurdo resulta pensar que una persona pueda auto inflingirse tantos castigos o desear caer en desgracia solo por la idea de la inmortalidad y las ventas millonarias pos Morten. ¿Será posible que el talento pueda nutrirse de los vicios, la mala suerte, la soledad y el miedo? Creo que tanto Amy, como Felipe Pirela, Héctor Lavoe o La Lupe, habrían preferido llevar una existencia mas placida y menos acontecida a cambio de un poco de menos fama.