Hacía un frío de esos que te obligan a subirte el cuello del abrigo, pero ahí estábamos, empeñados en que el invierno no nos iba a quitar las ganas de un helado.
Habíamos pasado la tarde caminando por el centro comercial, de tienda en tienda, buscando regalos que probablemente terminaríamos devolviendo. Al salir, nos topamos con la plaza iluminada. El árbol de Navidad gigante estaba encendido y, aunque el cielo se veía gris y amenazaba con llover, el ambiente se sentía cálido.
—¿En serio quieren helado con este clima? —preguntó mi madre, ya ajustándose las gafas y abrigándose bien.
—Es tradición —respondió mi hermano con esa cara de medio sueño que pone siempre en las fotos.
Nos sentamos en una de las mesas de madera de la terraza. Yo elegí el de chocolate de siempre, mamá se fue por uno de nata y galleta, y mi hermano... bueno, él ya le había dado un mordisco al suyo antes de que termináramos de acomodarnos.
En ese momento, entre risas y tiritando un poco, saqué el móvil. "Miren aquí", les dije. Mamá sonrió con ganas, de esa forma en que lo hace cuando está realmente feliz de tenernos juntos. Mi hermano puso su pose de "ni me di cuenta", y yo simplemente traté de que saliéramos todos antes de que el helado se empezara a derretir (o nosotros a congelar).
Fue un momento sencillo, de esos que no planeas pero que, al final, son los que terminas guardando en el teléfono y en la memoria. No hubo grandes discursos, solo el sabor del chocolate frío y la suerte de estar los tres ahí, bajo las luces de diciembre.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.