Nota de la autora: El presente relato se ubica durante los capítulos 30 y 31 de Una terrícola en Titán, los cuales se publicaron en este mismo espacio en los pasados meses de octubre y noviembre.
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"¿A dónde vas?", fue lo primero que cuestionó Ik'r Zorg, capitán de la guardia imperial al ver a su amigo, el general Adelbarae Borg, empacar algo de ropa y armas.
"Me voy a Helospontos. Necesito ver unos asuntos personales", respondió el general con parquedad.
Zorg suspiró con pesadez. Conocía bien al general; ese viaje no era precisamente para atender "asuntos". Era para descargar frustraciones, rabia, furia, enojo... Sentimientos que el general de por sí sentía después del anuncio del emperador de que las campañas militares contra Plutón serán abandonadas, y que las de Júpiter, a donde Borg debía dirigirse en esos momentos, ya no serían necesarias.
Poco antes de quedarse en Titán, el marqués de Fertz había logrado negociar con los rebeldes; se habían pactado territorios, así como acuerdos comerciales. Y todo eso lo hizo ese hombre de apariencia enclenque sin necesidad de derramar una gota de sangre. Para el emperador y sus ministros, aquello fue una victoria diplomática y un ahorro de recursos; para el joven general Borg, fue un sueño frustrado.
"Adelbarae, ¿a dónde vas en verdad? Porque dudo mucho que vayas a Helospontos. No tienes nada que hacer ahí; ni siquiera tu familia tiene propiedades allá".
Borg se detuvo en seco. Con un suspiro, se volvió hacia su amigo y le dijo: "Solo quiero despejar mi mente un poco. Olvidarme de todo esto, del hecho de que la mujer a la que amé me vio como un payaso de circo que podía usar para los deslices de su hijo".
"Lo de Ecclesía era inevitable, Adelbarae. Ella te lo advirtió desde un principio: lo tuyo con ella era solo pasión. Nunca hubo amor".
Tirando con furia su camisa en su equipaje, Borg se acercó a Zorg y le dijo: "Eso es lo peor que me pudo haber pasado, Ik'r: creer que esa perra me amaba cuando en realidad se burló de mí". Apartándose de él, añadió: "Y pensar que la defendí a capa y espada en muchas ocasiones. Si Güzelay estuviera viva, me habrá dicho en mi cara que he sido un idiota".
"Bueno, Güzelay tenía buen juicio en cuanto a carácter. Y créeme, llamarte idiota sería demasiado generoso de su parte si hablamos de la opinión que tenía sobre ti y tu familia".
Borg bajó un momento la cabeza, mordiéndose el labio inferior. Recordaba bien las últimas palabras de su esposa antes de fallecer: lo llamó un abusivo cobarde que solo se envalentona cuando está en compañía de su familia, de la cual también tenía un pésimo concepto.
Lo peor era que no podía culparla de pensar así, mucho menos de que ella fingiera obediencia cuando en realidad estaba buscando su supervivencia y la manera de marcharse sin dar nada a cambio. Ella había intentado ganarse su respeto con la esperanza de ser liberada al final y no ser vendida al prostíbulo del conde de O; al ver que él y su familia no la respetaban, optó por la estrategia silenciosa de fingir sumisión al mismo tiempo que recababa información que podría ser útil.
Si lo pensaba con detenimiento, quizás esa fue la razón por la cual la fallecida duquesa de G y su familia la invitaban con frecuencia a sus reuniones sociales. Habían visto en ella a una mujer formidable con quien hacer alianzas, a alguien capaz de observar en silencio y desnudar el alma de la gente sin decir ninguna palabra.
Niloctetes, su padre, había notado eso en ella todas esas cualidades. Te di una esposa astuta e inteligente. Una mujer que observa en silencio, analiza y actúa con total discreción, le llegó a decir hace unas semanas cuando estaban en Titán. Las notó antes que nadie, y si bien en su momento consideró seguir la tradición de venderla luego de tres años de permanencia con ellos, el patriarca había decidido días después que deshacerse de ella sería un error imperdonable. De hecho, le comunicó a Ennio, su madre, que la terrícola tendría la libertad de marcharse con todo e hijo si ella quedaba embarazada, pues a su juicio se lo había ganado junto con el reconocimiento de que su matrimonio con el joven general fue injusto e incómodo, dando a entender que quizás ella podría volverse su más formidable enemiga si se lo proponía, pues gozaba del aprecio de varias familias que favorecían al príncipe.
"Ella nunca fue una mujer tonta", musitó mientras se acercaba a la ventana. "Solo buscaba sobrevivir en un mundo en donde no pidió estar, usando todas las habilidades que poseía y que yo, en mi propia arrogancia, me negué a reconocer. Ella fue el hijo y la hija que mi padre anhelaba y que ni Ralna ni yo jamás seremos".
Zorg no dijo nada. Él mismo estaba consciente de que su amigo tenía razón. La terrícola solo buscaba sobrevivir, y quizás la muerte fue ese último escalón que necesitó para liberarse completamente de una vida de horrores y sufrimientos.
"Al menos ella ahora está en un lugar mejor, Adelbarae. Lejos de esto...", replicó con honestidad mientras le colocaba una mano en el hombro de su amigo.
Borg bufó y exclamó: "¡Una muerte ordenada por la familia de la mujer que creí amar!"
Zorg le miró con estupefacción. Volviéndose hacia él, Borg le dijo: "Antes de quedarse en Titán, el marqués de Fertz fue a ver a mi padre y le dijo que los supuestos nativos que los atacaron eran hombres de Creonte; al parecer los Padernelis sabían de antemano que Ecclesía no estaba embarazada y que Güzelay era una amenaza para su influencia".
"¿Y qué piensa tu padre hacer al respecto?"
"Nada. Solo observar... Y en lo que él observa, yo voy a actuar".
