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Imagen editada con Canva. Fuente: Pexels
Abrí los ojos, agotada de tanto nadar toda la noche. El sol estaba en su cénit, victorioso e imponente.
Palpé algo sólido, arenoso, húmedo. Sonreí, incrédula. ¿Era esto un sueño?
Con dificultad me di la vuelta y levanté la mirada. Pronto me eché a reír de pura alegría al darme cuenta de que había tocado tierra. Una playa, creo yo. Me siento agradecida con Dios en este momento. Creo que Él escuchó mis súplicas, compadeciéndose de mí en esa noche tormentosa en medio del mar y la tormenta.
Miré hacia atrás. El agua tranquila, serena, como si nunca hubiera experimentado una tormenta. El mar es bello, pero terrible, solía decir mi abuelo las veces que toda la familia se iba a la playa. ¡Y cuánta razón tenía! Su calma te inspira paz, pero su inquietud salvaje te inspira miedo y respeto.
Como pude me levanté. Mientras empezaba a caminar sobre la arena, muchas dudas empezaron a rondar por mi cabeza. ¿Habrá alguna población cercana?, ¿sus habitantes me verán como una extranjera inofensiva o como una amenaza?, ¿permitirán que me quede con ellos hasta que alguien pase por el poblado?
¿Regresaré alguna vez a casa?
Me detuve de forma abrupta al contemplar el paisaje que se presentaba ante mí.
Un mar de arena me esperaba adelante. “Genial. Me escapo del agua y me voy metiendo en el desierto”, me dije mientras me sentaba un momento a contemplar mis posibilidades de supervivencia.
Una cosa era sobrevivir en la selva, donde podías aprender a identificar qué te puede ayudar y qué te puede matar. Y otra cosa muy distinta es intentar sobrevivir en el desierto; no sé cómo será en el desierto de esta luna saturnina, pero en los desiertos terrícolas rara vez puedes encontrar agua en medio de ese mar de arena, así como enfrentarte a un calor insoportable en el día y un frío aterrador por la noche. Incluso te puedes tropezar con animales ponzoñosos que te envíen con San Pedro con una sola picadura.
Me volteé hacia el mar. No recuerdo que hubiera peces bajo el agua. Y si los hubiera, podrían encontrarse en las profundidades. Si lo pienso con detenimiento, capturarlos sería una tarea titánica sin herramientas adecuadas. Por lo tanto, contemplé dos opciones. La primera sería adentrarse al desierto; la probabilidad de supervivencia es baja, tomando en consideración que el desierto de Titán podría tener condiciones similares a las de un desierto terrícola. Cuando mucho, en una semana estaría muerta.
La segunda opción sería caminar por la costa. Quizás en el recorrido me encuentre con un poblado en donde quedarme un tiempo mientras planeo cómo llegar al Convento de Las Nornas. Como en el desierto, me veré privada de agua y comida, y dudo que quiera aventurarme a buscar comida en el fondo del mar.
Tras un momento de reflexión, empecé a caminar por la costa. Por ratos me detenía para meterme al mar en busca de algún pez que pudiera capturar. Para mi mala suerte, no encontré más que algas. Fue frustrante, pero no me dejé llevar por el sentimiento de derrota; insistí en la búsqueda hasta el anochecer, cuando finalmente me senté a descansar.
Levanté la mirada hacia el cielo. La bóveda celestial estaba limpia, con Encélado, Miome y Jápeto brillando juntos como tres pequeños soles.
De repente empecé a preguntarme qué habría pasado si no hubiese asistido a la fiesta de Martina. Quizás aún estaría en busca de empleo; recuerdo que el lunes siguiente a la fiesta tenía una entrevista de trabajo en una empresa ubicada al norte de la ciudad. La vacante, si mal no recuerdo, era el de secretaria ejecutiva. El salario era atractivo, lo suficiente como para pagar mis consultas con la alergóloga.

Era el segundo día cuando la lluvia empezó a caer. Con las manos recogía el agua para beberla; su sabor me recordó al agua purificada en la Tierra, lo que para mí significó una bendición.
Tras beber un último sorbo de agua, miré al mar embravecido. Varias tsukanes de distintos colores y tamaños, entraban a las aguas. Sonreí quedamente. Era un espectáculo majestuoso, pero también sobrecogedor. Si aquellas magníficas criaturas continuaran habitando la Tierra, no faltaría quien decida cazarlas para vender su piel al mejor postor.
Pensándolo con detenimiento, quizás aquellas criaturas habían sido vistas en esta luna saturnina por los terrícolas desde hace siglos, o fueron traídas aquí por los primeros exterrícolas.
Tulia, la ursa o profesora del harén, señalaba a la Tierra como el Hogar Ancestral de los saturninos, los neptunianos, los jupiterianos, los plutonianos y los uranianos. Todos provenían de una civilización avanzada terrícola, los Alantes, quienes emigraron a Júpiter en algún punto, dejando atrás sus ciudades y templos. Mi conclusión fue que los Alantes no podrían ser otros que los míticos Atlantes, cuya ciudad perdida hasta la fecha de hoy sigue siendo tema de fascinación entre los aventureros y los arqueólogos.
Algo extraño llamó mi atención. El agua empezó a retroceder de forma inusual, dejando al descubierto el fondo marino.
“Oh, no…”, musité mientras me echaba para atrás. Me eché a correr hacia el desierto; detrás mío podía escuchar los rugidos de las tsukanes que aún continuaban entrando al mar. No me detuve ni siquiera para mirar. El sonido del mar era suficiente para saber que mi vida se encontraba en peligro una vez más.
La naturaleza es tan impredecible como el destino mismo, solía decir mi abuelo hace unos años. Si quiere que sobrevivas, te manda las señales; de lo contrario, la muerte hace acto de presencia antes de que te dieras cuenta.
