El mágico mundo de las imágenes gráficas llena hasta la obscenidad nuestro día a día. El poder de la palabra, con su fuerte presencia en la imagenología mental parece haber pasado a un segundo término, especialmente si la encontramos por escrito, ya que en esta forma pierde su fuerza acústica.
Me niego, no obstante, a aceptar la presunción de la disminución comunicante de la palabra. Si creo, en forma no objetable, que la palabra se amplía con el acompañamiento de informaciones que atacan a nuestras otras puertas perceptivas. Pero éstas (las otras informaciones) se integran a la palabra hinchándola de significados más allá de su adusta forma. Significados, que por carecer de la imagen gráfica, provienen más profundamente del YO experiencial de yo o de tú.
La flor de la parchita, gráficamente visualizada, remitirá al observador a la flor de la parchita, permitiéndole conocerla o reconocerla, sentir su perfume e incluso viajar por experiencias relativas a la imagen observada; mientras que la flor de la parchita expresada en palabras ofrecerá, en forma tal vez más lenta, un vacío de información si es un ente desconocido o una gama de distintas imágenes mentales en las cuales cada lector encontrará "su propia y especial flor de parchita", nutridas las imágenes con sensaciones experienciales que rodeen la vivencia de dicha flor.
Todo esto, si lo pensamos, si lo meditamos, demuestra la grandeza y variedades tanto expresivas como receptivas de las que estamos dotados, nosotros, los imperfectos y grandiosos seres humanos. Así como las diferencias que entre cada uno de nosotros existen en el arsenal tanto receptivo como expresivo que integra nuestro poder comunicacional único, a pesar e las similitudes que imponen la cultura, los estados emocionales y cualquier otra mundanidad.
La palabra nos conforma. La palabra tiene poder. La imagen gráfica tiene su propio poder.