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Cuando el hijo de la curandera descubrió las primeras plantas ya era demasiado tarde. El pueblo estaba lleno de ellas.
Estramonio salió antes de que amaneciera.
Recuerda no traer ninguna yerba que no haya floreado antes
Fue la despedida de la curandera mientras miraba alejarse la silueta de su hijo, cesta en mano.
A la gente del pueblo no le interesaba mucho el asunto de las plantas. Acudían a la curandera solo cuando no les alcanzaba el dinero para el médico. Por eso transcurrió más de un mes, desde que salió la primera de las plantas, sin que repararan en ellas.
Era temporada de lluvias.
Estramonio caminaba hacia las montañas del este cuando encontró al herrero, cabizbajo, cavando una tumba. Dejó a un lado la cesta, tomó una pala y se puso a ayudarle.
No entiendo qué sucedió, anoche estaba bien... hoy amaneció muerta
Fueron las únicas palabras del herrero mientras seguía cavando. El hoyo estaba bastante profundo y Estramonio miró a su alrededor buscando el cadáver de algún animal; a juzgar por el tamaño de la fosa debía ser, al menos, un caballo. Pero no encontró nada, solo hierba húmeda y sucia por la tierra removida. Ah, y un poco de esas plantas que nunca había visto. Dejó la pala y se acercó a ellas. Eran pequeñas, como si el calor nunca llegara a las hojas. Sus tallos lucían esforzados en alcanzar la necesaria luz, y las flores tenían ese aspecto de los animales que se niegan a comer. Sacó una tijera de la cesta, cortó algunas, otras las sacó de raíz, si es que podía llamarse raíz a aquella rara extensión del tallo, diferente solo por estar cubierta de tierra.
Estramonio decidió no subir a la montaña y regresar a mostrar las plantas a su madre.
Antes de llegar al centro del pueblo encontró a la hija del alcalde, a su esposo y al verdulero empeñados en cavar una fosa. A su alrededor multitud de las planticas descoloridas. Iba a dejar la cesta y, como era su costumbre, ayudarles en el trabajo, pero entonces lo recordó.
No sé cómo pude olvidarlo
Dijo con amargura a los otros, que le miraron ensombrecidos.
Estramonio tiró la cesta, apuró el paso.
Entró a un comercio y pidió al vendedor un par de palas. A través de una hendija, junto a la puerta, comenzaban a erguirse los pálidos tallos.