Luego de publicar mi entrada en la iniciativa de minicuentos La Forja Fractal por parte de en la comunidad #greenzone, decidí publicar la versión extendida de este minicuento —basado en la novela Alicia en el País de las Maravilas de Lewis Carroll— con motivo a mi gran pasión por la literatura, la creatividad y la narrativa. Debido a las reglas y requisitos para publicar una entrada válida para participar y aspirar por el podio en La Forja Fractal (menos de 200 palabras), paródicamente es como si te limitaran a interpretar una sola canción en un concierto, teniendo un repertorio muy numerable e interesante para compartir con el público.
Aquí te dejo mi entrada de este minicuento en la La Forja Fractal
@crypto.hoarder/alicia-en-el-pais-de
Mientras redactaba mi entraba en esta iniciativa, no paraba de pensar en publicar una versión extendida y completa de este minicuento, así que ahí les va.
Alicia en el País de las Maravillas Cubanas

Érase una vez, en una soleada tarde de La Habana, estaba una niña llamada Alicia que se aburría mortalmente bajo un flamboyán en el Malecón de La Habana. La brisa del mar le susurraba promesas de aventuras, pero el mundo a su alrededor parecía gris: colas eternas por un pan que nunca llegaba, apagones que devoraban las noches, y sueños que se evaporaban como humo de un viejo almendrón.
"¡Qué desgracia!", —exclamó Alicia, bostezando—. "Ojalá mi país fuera al revés: en lugar de escasez, un festín eterno; en vez de oscuridad y escombros, una ciudad moderna iluminada llena de oportunidades y recreación."
De pronto, un Conejo Blanco —o mejor dicho, un conejito de peluche raído que parecía salido de un carnaval olvidado— pasó corriendo a su lado, consultando un reloj de arena que goteaba arena dorada.
"¡Llego tarde! ¡Llego tarde al Banquete de la Libertad!", —chilló el conejo, con una vocecita que sonaba a bolero antiguo.
Alicia, intrigada, se levantó de un salto y lo siguió. El conejo se metió en un agujero diminuto junto a una alcantarilla, y ella, sin pensarlo dos veces, se lanzó detrás. El descenso fue un torbellino de colores: en lugar de caer en la oscuridad, Alicia rodaba por un túnel iluminado por guirnaldas de luces LED que brillaban como estrellas caribeñas. Frutas otoñales, sandwiches Club , y filetes de ternera flotaban a su alrededor, ofreciéndose como bocadillos.
"¡Esto es lo opuesto a todo!", —pensó ella, mordiendo una manzana que sabía a libertad.
Al final del túnel, aterrizó con un suave plof en un extenso prado verde como el Valle de Viñales, donde el sol besaba campos de cañas de azúcar que crecían sin fin, y el aroma del café recién molido llenaba el aire. Allí estaba el Conejo Blanco, ahora erguido y elegante, con un chaleco bordado de palmas reales.
"¡Por fin llegas, Alicia! El Banquete de la Libertad no espera a nadie, pero todos son bienvenidos". —exclamó el conejo mientras conducía a Alicia a una mesa interminable bajo un flamboyán gigante, donde el Sombrerero Loco, un tipo con sombrero de guayabera y ojos chispeantes como ron añejo, presidía una fiesta loca.
"¡Una taza de café para la niña!", —gritó el Sombrerero, y de inmediato, teteras mágicas vertieron espresso humeante, negro como la medianoche y dulce como un sueño cumplido.
No había racionamiento aquí: pasteles de tres leches se multiplicaban solos, y langostas al mojo volaban del plato al tenedor como pájaros juguetones.
"¿Pero qué es este lugar?", —preguntó Alicia, con la boca llena de yuca frita crujiente.
El Sombrerero se rió, golpeando la mesa con una cuchara de madera de caoba.
"¡Bienvenida al País de las Maravillas Cubanas, donde todo es al revés! Aquí, las protestas son bailes de carnaval, no silencios reprimidos. Los apagones son fiestas de luces urbanas que duran hasta el amanecer, y las colas... ¡ja! Las colas son para elegir qué sabor de helado quieres, no para mendigar lo básico"
La Liebre de Marzo, una mulata con trenzas de colores y un vestido de batik, añadió:
"Y el tiempo no corre hacia atrás; ¡avanza de una manera peculiar! Mañana es hoy, y ayer fue un recuerdo feliz, no una carga"
De repente, un escuadrón de billetes de CUP vivientes irrumpió en la escena, que en lugar de gritar "¡Abajo el bloqueo!", entonaban "¡Abracemos la abundancia!". Al frente iba la Reina de los Corazones, una dama imponente con corona de flores de mariposa y un cetro que era en realidad un micrófono.
"¡Alicia, querida! Únete al Juego de los Alimentos. En este juego nadie pasa hambre ni se acuesta sin comer. En cambio, todos se alimentan hasta llenar bien sus estómagos"
Pero la aventura no terminó allí. Alicia siguió al Conejo hasta un bosque de palmas que susurraban secretos: árboles que daban WiFi gratis como frutos, ríos de Ron Máximo Extra Añejo que fluían caudalosamente, y castillos de arena que se convertían en casas modernas con paneles solares que brillaban como el sol de Varadero. Entre tantas otras sorpresas, Alicia encontró al Gato de Cheshire, un felino perezoso con sonrisa de son y bigotes que se desvanecía en humo de tabaco habano.
"Todo es ilusión, Alicia", —ronroneó el gato, apareciendo y desapareciendo entre las hojas—. "En tu mundo arriba, la ilusión es la escasez; aquí, la ilusión es la abundancia."
Alicia bailó con los billetes hasta que el sol se tiñó de naranja oscuro, y probó el pastel que crecía en los arbustos: uno que la hacía gigante para ver la isla entera, limpia de basura y escombros, y bien iluminada —desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí, todo conectado por trenes bala que corrían sobre rieles de esperanza—, y un sorbo de café Cubita que la encogía para entrar por los agujeros de las alcantarillas, apreciando cómo fluían las aguas albañales sin desbordarse. Al caer la noche, el Conejo la llevó de vuelta al agujero, y le dijo:
"Recuerda, Alicia: este país no es un sueño lejano. Es lo opuesto a lo que vives arriba, pero se construye con un salto de fe."
Ella despertó bajo el flamboyán, con un iPhone 17 en la mano y el sabor del café espresso en el paladar. El Malecón seguía allí, pero ahora Alicia sonreía.
"Tal vez el País de las Maravillas no esté tan lejos", —murmuró. Y desde ese día, entre las colas y los apagones, ella soñaba con el revés: una Cuba donde la maravilla no es ficción, sino el mañana que todos merecemos.