El sol de Quintana Roo en México, caía a plomo sobre las calles polvorientas, pegándose a la piel como una segunda sombra. Yamilet, la cubana, caminaba rápido, evitando las miradas de los vendedores que ya la conocían, que sabían de sus idas y venidas, de sus preguntas siempre iguales.
Llevaba meses así, desde que decidió enviar el tanque. 1,100 litros. Un número que ahora le sonaba a burla, a espejismo.
En La Habana, Doña Marta arrastraba los pies hacia el pozo, el balde vacío golpeándole la pierna con cada paso. El calor allá era distinto, más húmedo, más pesado, como si el aire mismo sudara. Pero lo peor no era el calor, sino la espera. Siete meses. Siete meses desde que Yamilet le dijera, por el teléfono: "Mamá, ya va. Aguanta un poco más."
La agencia de envíos era un local pequeño, con un ventilador que giraba sin fuerza, moviendo el aire caliente de un lado a otro. Detrás del mostrador, un hombre de camisa arrugada repetía la misma frase, como un disco rayado: "Está en revisión, señorita. Estos trámites toman tiempo."
Yamilet apretó los puños. El dinero no le había sobrado, lo había juntado centavo a centavo, dejando de comer lo suficiente, durmiendo en un cuarto que más bien era un horno. Y ahora, el tanque—su tanque, el de su madre—estaba perdido en algún lugar entre papeles sellados y firmas invisibles.
"¿Revisión?" —escupió—. "Siete meses de revisión. ¿O es que el agua se evaporó en el camino?" El hombre ni siquiera levantó la vista.
Fue entonces que Yamilet sacó el teléfono, escribió rápido, con los dedos temblorosos. Publicó todo: los recibos, las promesas, los siete meses de silencio. "¿Dónde está el tanque de mi madre?" Las respuestas llegaron como un alud.
Cubanos de todas partes, contando lo mismo: medicinas que nunca llegaron, ropa que se quedó varada en alguna aduana fantasmal, cartas que se las tragó el mar antes de tocar tierra.
El tanque ya no era solo un tanque—era un símbolo. Al tercer día, la agencia llamó. "Señorita Yamilet, su caso ha sido resuelto. El envío será liberado." Ella no sonrió. "¿Cuándo?" "Pronto." Pronto. Esa palabra le quemó los oídos. Pronto en Cuba podía ser mañana, podía ser nunca.
Mientras tanto, Doña Marta seguía yendo al pozo. A veces, cuando el cielo se ponía gris, miraba arriba, como si las nubes le debieran algo. La lluvia caía, se filtraba entre los techos rotos, se perdía en la tierra sedienta. ¿De qué servía el agua del cielo si no podías guardarla?
Yamilet, desde Quintana Roo, mandaba dinero cuando podía. Dinero para comprar baldes, para pagarle al tipo que traía el agua en su camioneta destartalada. Pero el tanque—el maldito tanque—seguía en el limbo, atrapado entre sellos y firmas, como tantas otras cosas.
Doña Marta ya no contaba los días. Los meses se habían vuelto una neblina espesa, un tiempo estirado como un chicle. Por las mañanas, al levantarse, sus huesos crujían más fuerte que antes, pero el ritual era el mismo: el balde, la cuerda, el pozo.
A veces, cuando el dolor le mordía la espalda, maldecía en voz baja, no al gobierno, no a la burocracia, sino al tanque. ¿Dónde estaba ese maldito tanque?
En Quintana Roo, Yamilet recibió un correo. Oficial, con membrete. "Estimada cliente, su envío ha sido liberado y está en camino a su destino final." No había fecha, no había nombre de quien lo firmaba, solo esas palabras huecas, como las tantas que había escuchado antes. Lo guardó en un cajón, sin decirle a su madre. ¿Para qué dar esperanzas que se deshacen como azúcar en la lluvia?
En La Habana, los rumores corrían más rápido que el agua. "Vinieron los de Aduana", "Hay un camión atascado en Santiago", "Dicen que viene cargado de tanques". Doña Marta escuchaba, pero ya no preguntaba. Había aprendido que en Cuba, las noticias buenas eran como los apagones: llegaban cuando menos las esperabas y se iban cuando más las necesitabas.
Una tarde, un vecino gritó desde la calle: "¡Doña Marta, ahí viene el camión!" El corazón le dio un vuelco, pero cuando salió, solo vio polvo y sol. Nada más. El viento se llevó incluso el eco de la voz del hombre. Esa noche, soñó con el tanque. Lo veía brillar bajo la luna, lleno hasta el borde, pero cuando intentaba tocarlo, sus manos pasaban a través, como si fuera un fantasma.
—Mamá, si no llega en un mes, voy a Cuba —dijo Yamilet una noche.
Doña Marta no respondió de inmediato. Sabía lo que eso significaban gastos, la posibilidad de que no la dejarán salir. Pero también sabía que su hija tenía ese fuego dentro, esa terquedad que heredó de ella.
—No —dijo al fin—. El tanque no vale tu vida.
La agencia de envíos cambió de número. El local estaba cerrado con un candado oxidado. Yamilet, frente a la puerta, sintió que algo se quebraba dentro de ella. No era rabia, no era tristeza. Era algo más profundo: la certeza de que el sistema estaba diseñado para robar no solo mercancías, sino también la dignidad.
Pasó un año. Doña Marta seguía yendo al pozo. Yamilet seguía enviando dinero. El tanque seguía perdido. Pero una tarde, mientras Doña Marta sacaba el balde del pozo, notó algo: el agua estaba más turbia que antes, con un sabor a tierra y sal.
Como si el país entero se estuviera secando por dentro. Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, lloró. No por el tanque. Por todo.
GRACIAS POR VISITAR ESTA PUBLICACIÓN
🟥 Texto de mi Autoría sin IA
🟥 Imagen del banco gratuito en Pixabay. Editada en mi teléfono Samsung
PARA CONSULTAR OTRAS DE MIS PUBLICACIONES
@marabuzal/el-escritor-que-vende-tomates
@marabuzal/se-busca-una-asesina-or
@marabuzal/ctrl-alt-desire-token-killer
@marabuzal/mariposita-de-primavera-or-monologo
@marabuzal/juan-madrid-arquitecto-del-noir