Era el 1 de marzo cuando noté a Lucas en su cuarto, otra vez alineando sus lápices. Cronometré: nueve minutos y catorce segundos. Tres rojos, dos azules, uno negro, uno amarillo gastado. Los ordenaba por longitud, luego por color, revisándolos como si el mundo dependiera de su perfección. No dibujaba hasta terminar. Mamá lo observó desde la puerta y susurró: «Es tan raro.» No sé si quería que la oyera. Papá, en el sofá, miraba su celular con esa cara de no saber qué decir. En la cena, intenté hablar con Lucas. «¿Cómo estás?» pregunté, porque eso se supone que dices. Respondió: «¿Sabías que la luz viaja a 299.792.458 metros por segundo en el vacío?» No pregunté eso. Sus manos se movían rápido, como tejiendo algo en el aire. Intenté que hablara como los demás, que dijera «bien» o algo normal. No funcionó.
El 10 de marzo, desde la ventana, vi a Lucas caminando con la cabeza gacha, contando pasos: uno, dos, tres, pausa, cuatro. Como si el suelo fuera un mapa solo para él. Mamá decía que no lo obligáramos, pero yo quería que fuera como los otros chicos, que no lo miraran raro. Lo llevé al parque, pensando que jugar fútbol lo ayudaría a encajar. Error. Se sentó bajo un árbol, sacó su cuaderno y dibujó un tren con líneas perfectas, como si usara una regla invisible. Un chico de camiseta roja se acercó y dijo: «Tu hermano está loco, ¿no?» Quise empujarlo, pero solo apreté los puños. Lucas no levantó la vista, solo siguió dibujando, su mano moviéndose como si el lápiz fuera parte de él. Los chicos se rieron, y él no lo notó. O tal vez sí, pero no le importó.
El 20 de abril fue el cumpleaños de Clara. Creí que, si Lucas iba, tal vez hablaría con alguien. Lo convencí con pastel de chocolate, que le gusta. Pero no funcionó. Se quedó en una esquina, contando globos: «Cuarenta y siete. No es simétrico. Deberían estar a 30 centímetros de distancia, con un patrón alternado.» Nadie más notó los globos. Nadie le habló. Al volver, mamá me abrazó y dijo: «No lo obligues. Él es así.» Pero yo no quería que fuera «así». Quería que riera, que tuviera amigos, que no lo vieran como un rompecabezas roto.
El 5 de mayo probé algo nuevo. Puse música pop en su cuarto, la que todos escuchan en la escuela, pensando que tal vez cantaría o movería la cabeza. Error. Lucas tapó sus oídos y gritó: «¡Es un asalto a las frecuencias auditivas!» Su cara se puso roja, sus manos temblaban, como si el sonido le doliera. Apagué el parlante y me sentí estúpida. Me quedé y le pregunté: «¿Por qué no te gusta la música?» Dijo: «No es la música. Es el ruido. El mundo es demasiado ruidoso.» Sus manos dejaron de temblar, y sus ojos miraron la pared, pero no vacíos, sino como si vieran algo que yo no podía.
El 15 de mayo hice algo diferente. Encontré sus auriculares, esos grandes que usa cuando el mundo se pone «ruidoso». Me los puse y subí el volumen del televisor. Al principio, fue solo molesto: risas de un programa, un claxon afuera, el perro del vecino. Pero luego todo se mezcló, como agujas clavándose en mi cabeza. Sentí el pecho apretado, como si no pudiera respirar. Me quité los auriculares y miré a Lucas, que alineaba sus lápices, tranquilo, como si el mundo no lo tocara. Me senté en el suelo, mareada. ¿Así se siente para él? ¿Todo el tiempo? No dije nada. Él tampoco. Por primera vez, no quise arreglarlo. Solo quise entender.
El 2 de junio hojeé su cuaderno cuando no estaba. No debería, pero necesitaba saber qué había en su cabeza. Encontré una página inesperada. No solo había dibujos de trenes con medidas exactas (300 metros de largo, 3,7 metros de ancho, velocidad máxima 431 km/h), sino también palabras en su letra apretada: «El mundo es un engranaje. Todo encaja si lo miras lo suficiente. La luz tarda 8 minutos y 20 segundos en llegar del sol. Sofía tarda 3 segundos en sonreír cuando le hablo de trenes. El engranaje de Sofía es el mejor.» No sabía que notaba mis sonrisas. No sabía que le importaban.
El 7 de junio me senté en su cuarto, en silencio, mientras dibujaba un motor de combustión con líneas perfectas y números pequeños al lado de cada engranaje. No hablé. Él tampoco. Entonces me miró, no a través de mí, sino a mí. «Sofía, ¿sabías que los trenes Maglev flotan por magnetismo? No tocan el suelo. Son libres.» Su voz era suave, no como cuando recita datos. Me mostró su cuaderno: un tren y un dibujo de mí, con mi coleta torcida, mis ojos grandes, una sonrisa que no recordaba haberle mostrado. Mi pecho se sintió raro, como si algo se rompiera, pero no dolía. Era algo nuevo.
El 8 de junio decidí dejar de intentar cambiarlo. Todo este tiempo pensé que Lucas estaba roto, como un juguete que necesita un tornillo. Mamá dice que es Asperger. Papá dice que es un genio. Los vecinos dicen que es raro. Yo solo quería arreglarlo. Pero hoy, mientras alineaba sus lápices, me dijo: «El orden me ayuda a no perderme en el ruido del mundo.» Y sonreía. No estaba roto. Lucas no es una máquina.
Es mi hermano. Y es perfecto.
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