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Prólogo
Uno
Dos
Tres
Imagen modificada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Circunstancias turbias… Esas palabras me dieron escalofríos cuando Koahtli, la amiga de Gülbahar, me contó que la corte saturnina era literalmente un nido de serpientes en donde el juego del poder consiste en alianzas, traiciones, y hasta la muerte. La emperatriz Ilya era hija del rey de Neptuno. Una mujer bella, inteligente y astuta, con grandes habilidades políticas; era una gran benefactora de las artes y los orfanatos, así como una gran impulsora de leyes. Cuando falleció, estaba promoviendo dos iniciativas de ley: la ley de divorcio y la abolición del matrimonio servil, así como el cierre de los conventos prisiones donde se encontraban las mujeres que abandonaban a su marido.
El emperador Ergane, así como las poderosas casas aristocráticas y militares, nunca apoyaron ambas iniciativas. De las familias poderosas se entendía la razón de que no podrían practicar el asesinato de la esposa esclava, considerado un derecho legal; el emperador quizás consideraba aquellas leyes como una especie de señal de debilidad. Paradójicamente, Meleke, Aquilla, y el pueblo apoyaban de forma abierta a Ilya, pues aquellas iniciativas garantizaban la protección de las mujeres del imperio, en especial las que se encontraban en los estratos bajos de la sociedad y del propio harén.
“¿Y qué fue lo que pasó?”, pregunté, temerosa e intrigada, mientras me llevaba una fruta a la boca.
Koahtli miró para varios lados. Inclinándose hacia mí, me dijo: “Murió apuñalada a manos de Creonte, el hermano de Ecclesía, la Alta Concubina del emperador, como resultado de una conspiración en su contra”.
“¡¿Qué?!”, exclamé en voz alta.
Fennah llevó un dedo a sus labios, indicándome que bajara la voz mientras que Gülbahar, con resentimiento, añadió en voz baja: “Esa víbora fue la instigadora principal de su muerte. Muchas de nosotras creemos que la emperatriz le descubrió cosas demasiado turbias a la familia de Ecclesía, los Padernekis. Se ignora qué fue lo que descubrió, pero sin duda le costó la vida”.
“¿Y el emperador no hizo nada?”
Negando con la cabeza, Gülbahar me respondió: “Por el contrario, le dio carpetazo al asunto; a Creonte lo perdonó y hasta le concedió títulos. Le convenía tenerla muerta porque de ese modo las iniciativas de ley serían olvidadas”.
“Santo Dios… ¿Y qué hay de la Gran Concubina?, ¿por qué no continuó ella o Aquilla con esas propuestas?”
“Por desgracia, ninguna de las dos posee la suficiente influencia política para promoverlas. De hecho, se dice que la Gran Concubina fue amenazada por su propio hermano y Aquilla no quiere arriesgar la vida. Tienen las manos atadas”.
Miré de reojo a las mencionadas. El amargo conocimiento de que ambas mujeres no podían hacer nada por cambiar el estatus quo de esta sociedad que parece condenar a las mujeres a ser nada más incubadoras para los nobles impulsó más mi deseo de escapar de este maldito lugar como sea, sin importar el tiempo que me tomara.
Escapar sola o en compañía de otras personas; escapar del palacio, del imperio mismo.
Se dice fácil, pero no imposible. Para escapar, necesitaría aliados dentro de la corte, y para elegir a esos aliados, debo ser cuidadosa, astuta, inteligente. Debo conocer bien mi entorno, identificar a aquellos que podrían ayudarme y aquellos que podrían ser enemigos potenciales en mi camino hacia la libertad.
Con esa idea en mente, les pedí que me hablaran con honestidad sobre Ecclesía, la Alta Concubina. Fennah y Koahtli me miraron con seriedad mientras que Gülbahar, con una mezcla de precaución y resentimiento, me dijo: “Ecclesía es alguien con quien es preferible no cruzarse en el camino, Güzelay. Es una mujer muy poderosa y peligrosa. Una víbora capaz de inyectarte su veneno y dejarte morir”.
“Aquí en el harén la llamamos “La Amante de la Corte”; muchos hombres de la corte son sus amantes con el consentimiento del emperador”, comentó Koahtli. “Los usa como marionetas para cualquier propósito. Si alguna vez, ¡que la Madre de Luz, Madre de Sombra no lo quiera!, llegas a convertirte en la esposa esclava de alguien que es amante suyo, mejor dejarlo ser y continuar sobreviviendo en la corte”.
“¿Y no ha habido alguien que intentara arrebatarle el puesto?”
“¡Que la diosa te escuche si eso llega a suceder alguna vez!”, exclamó Gülbahar con una mezcla de esperanza y paciencia.
“Por desgracia, muchas lo han intentado y fallaron de forma miserable. Unas fueron enviadas a los conventos, otras a los burdeles de los nobles, otras más a las minas… Y las que se resistieron a esos destinos encontraron la muerte a manos de Creonte o de cualquiera de sus amantes”, señaló Fennah.
Me mordí el labio inferior. Había identificado a la primera persona con la que no sería bueno ni enemistarme ni hacerme su aliada. Una mujer con poder absoluto dentro del palacio, con el emperador comiendo de su mano y con suficientes aliados para hacerte desaparecer si le caes mal o le estorbas en su camino. No me extrañaría que escondiera cosas turbias y que haya manipulado hasta a su propio hermano para cometer actos atroces. Mi buen Dios, ayúdame a evadir a esa mujer, recé para mis adentros mientras bebía un sorbo de vino. “Entonces de ella debo cubrirme las espaldas”, dije. “No quiero terminar muerta, en un convento o en un burdel. Solo… Solo quiero regresar a casa con mi familia”.
“Todas queremos regresar a nuestras familias, Güzelay. Por desgracia, una vez que te traen aquí, ya no es posible regresar”, dijo Fennah. “No hay modo de regresar a la Tierra desde Saturno sin que el imperio te persiga. Lo único que te queda por hacer ahora es quedarte aquí y rezarle a Dios con que no te conviertas en esposa esclava o en ser la favorita de alguno de los hijos del emperador. Tener a Ecclesía de suegra es una pesadilla”.
“Chinga… Supongo que el emperador la ama como Soleimán El Magnífico amó a la Roxelana”.
Fennah se echó a reír mientras Gülbahar y Koahtli me preguntaban quiénes eran esas personas. Mi nueva amiga turca les explicó con detalle la historia de amor de estas dos figuras prominentes de la historia otomana.
De repente, las puertas del harén se abrieron de forma abrupta. Un eunuco entró de forma presurosa y se acercó hacia donde se encontraban Aquilla y Meleke. Con una reverencia nerviosa, el eunuco se acercó a la Gran Concubina y le susurró unas palabras al oído. Todas contuvimos el aliento conforme el rostro sereno de Meleke se deformaba de rabia e impotencia. Dirigí mi mirada hacia sus manos, empuñadas y temblorosas por la creciente ira que seguramente sintió ante lo que sea que le haya dicho el eunuco.
Levantándose de forma violenta, miró al eunuco y le dijo: “Dile al emperador que le entregaré a la concubina que me solicitó una vez que haya completado su educación. Si se la doy antes de tiempo, ella no sabrá ni qué hacer en la corte. Y dile de paso a ese maldito de Niloctetes Borg que si no puede esperar, que elija a alguien del pueblo llano o le pida al débil de mi hermano que le regale a su favorita, a esa por quien su hijo es capaz de sacrificar hasta el honor, ¿me has entendido?”
“S-sí, Gran Concubina. ¡Lo…! ¡Lo comunicaré de inmediato a Su Majestad!”, dijo el eunuco mientras se echaba para atrás, con la cabeza baja en señal de sumisión.
Una vez que el eunuco se hubo retirado, Meleke se volvió hacia Aquilla y le dijo: “Que las nuevas empiecen mañana con su educación… En especial Güzelay, a quien ese maldito de Borg pidió como esposa esclava para su hijo”.
Miré a la Gran Concubina con horror mientras las demás mujeres del harén me miraban con estupefacción y preocupación. Meleke, por su parte, se me acercó sin apartar su vista de mí. De un impulso me levanté para estar a su altura, con el miedo y los nervios a flor de piel.
La Gran Concubina se volvió hacia Aquilla. Ésta, comprendiendo de inmediato la solicitud de Meleke, le susurró al jefe de eunucos unas palabras. El hombre de inmediato se acercó hacia las puertas, les puso llave y colocó un dispositivo. Con un asentamiento de cabeza, anunció que ya era seguro hablar.
Fue entonces que la Gran Concubina, colocando una mano en mi hombro, me dijo: “Escucha con atención mi primer y último consejo, Güzelay de la Tierra, y grábatelo bien en la cabeza porque sé que te salvará la vida algún día: vas a enfrentarte a mucho dolor y sufrimiento con los Borg. Como cualquier familia aristocrática de la corte saturnina, ven a las mujeres del harén como máquinas para hacer hijos; quizás finjan afecto por ti, quizás de forma abierta te vean como un estorbo y una mancha en su cacareado honor familiar”.
Contuve la respiración mientras que Meleke, con ojos llenos de compasión, añadía: “Te dejarán en la oscuridad de sus asuntos, mi niña; te aislarán de ellos mismos. Te despreciarán como nunca han despreciado a un campesino saturnino. Serás una nota al pie para ellos, en especial para Adelbarae, general del ejército e hijo mayor de esa familia. No esperes ni te esfuerces en ganarte su afecto, porque ellos no te prodigarán ni siquiera la compasión. No esperes del general Borg cariño, afecto, mucho menos respeto; todo eso se lo tiene reservado en exclusiva para esa serpiente de Ecclesía, quien es su amante desde hace siete años”.
Asentí con la cabeza, tratando de absorber toda información posible. Meleke miró a las demás antes de volverse hacia mí. “Los Borg exigirán de ti dos cosas: lealtad y un hijo. Finge darles lo primero; finge obedecerlos, pero rebélate en tu corazón y en tu mente... Pero jamás les des lo segundo. Intenta alargar tu vida lo más que puedas; bebe algún abortivo o un esterilizante temporal. Gánate aliados entre los sirvientes, no entre los nobles; gánate aliados entre el pueblo, porque ellos podrán ayudarte a escapar del imperio”.
“Me dijeron que marcharse del imperio no es posible. Que me perseguirían”, repliqué, confundida.
Meleke me acarició el rostro y, con voz trémula, me respondió: “Si dejas cabos sueltos, mi niña, lo harán. Si finges tu muerte de forma cuidadosa, no; hasta se olvidarían de ti en menos de una semana si “mueres” al año o dos de matrimonio, que es el tiempo promedio de duración de una esposa esclava. Por lo tanto, observa, analiza a los Borg como tus enemigos jurados; evalúa a cada uno de ellos con mucho cuidado. Descubre sus debilidades, sus fortalezas; utiliza tu timidez como escudo para hacerlo. Finge que eres demasiado inocente, que eres manipulable, pero siempre con un paso adelante”.
Tragué en seco mientras asentía con la cabeza, dándole a entender que su consejo era recibido con la mayor consideración posible. Meleke, devolviéndome el gesto, se dirigió a las demás y les dijo: “Este mismo consejo que han escuchado guárdenlo en sus corazones, hijas mías; cualquier familia que las “adopte” o cualquier hijo del emperador que las tome como sus favoritas les hará lo mismo. Para ellos, ustedes tienen un rol: ser incubadoras. Ni más ni menos. Quizás la diosa se compadezca de algunas de ustedes y terminen siendo liberadas, aunque eso es un escenario raro. ¡Ojalá la diosa o cualquier deidad a la que ustedes recen escuchen sus oraciones y estén de su lado para evitar tan triste destino! Pero la realidad es esta, y hay que enfrentarla con honor y valentía”.
“¿Y qué hay de las iniciativas de ley de la emperatriz Ilya?”, cuestionó una de las mujeres. “¿Por qué usted o la matrona no continúan con su obra?”
“Aunque quisiéramos hacerlo, tenemos las manos atadas”, respondió Aquilla. “Los enemigos son poderosos y con mucha influencia en el senado. Sus intereses son grandes y turbios”.
“¿Y por qué el pueblo no se rebela contra el emperador?”, me atreví a preguntar.
Meleke me miró, como si entendiera el trasfondo de la pregunta. Quizás ella también lo pensó en su momento, sea por temor o por empatía hacia el prójimo.
Con un acopio de valor, miré a mis compañeras y dije: “Si hay algo que un gobierno le teme más que a cualquier cosa es a un pueblo cansado de sus excesos. Un pueblo hambriento y furioso contra un gobernante que no les procura nada, ni siquiera bienestar y justicia, se levantaría en armas. Las que son de la Tierra saben bien que hay un pueblo en particular, los franceses, que hicieron eso siglos atrás. Ustedes mismas saben cómo terminó ese asunto y en qué se convirtió Francia después del evento”.
Algunas compañeras terrícolas asintieron de inmediato. ¿Quién no recordaba la Revolución Francesa, la explosión del hartazgo de un pueblo contra su rey, quien se creía un elegido de Dios para gobernar? Ellos eran el máximo ejemplo de esa rebelión; con el valor imbuido por el hastío de tanta injusticia decidieron que el rey y su corte debían caer, que su nación se transformaría, que su gobierno sería de otro estilo. Por supuesto, se reconoce que la Revolución también cometió actos barbáricos tras la detención de los reyes y la muerte de éstos en la guillotina, pero el motivo principal era acabar con la tiranía de un pequeño grupo de personas que ostentaban todo el poder.
“Puede que el pueblo explote como bien dices, Güzelay”, reconoció Aquilla. “Pero para llegar a eso se requiere de algo más que hartazgo. Se requiere de organización, de voluntad férrea, valentía y, ante todo, de secretismo. El emperador tiene ojos y oídos en toda la capital y sus provincias”.
“Como cualquier tirano”.
“¿Así le llaman a sus gobernantes en la Tierra?”
“Así les llamamos a aquellos que no quieren soltar el poder”, respondió una compañera terrícola, quien se puso a mi lado. “En nuestro planeta hay quienes no quieren soltar el poder, quienes hunden a sus naciones en la miseria, quienes los tienen vigilados de mil formas… Y sin embargo, el pueblo siempre encontrará una forma de rebelarse. Si nosotros los terrícolas podemos, ¿por qué los saturninos no?”
“Esa es una buena pregunta cuya respuesta quizás nunca sepamos”, dijo Meleke con una mezcla de nostalgia y tristeza. “Pero por ahora, nuestra lucha como mujeres, como miembros de este harén, como futuras esposas esclavas, es nuestro presente. De nosotras dependerá nuestra propia supervivencia… O nuestra muerte”.