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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
“Muchos me preguntaron en dónde estabas durante la cena imperial”.
Me sobresalté al escuchar la voz de Niloctetes desde la oscuridad de mi tienda. Al encender la vela de éter que Aghar había dejado lista encima del baúl, descubrí al viejo general sentado en mi lecho.
Procurando que los nervios no me ganasen, le repliqué: “Estuve un rato meditando cerca de la pira funeraria. Como bien sabrás, Niloctetes, Gülbahar era mi amiga. La única que tenía en toda la maldita corte y en quien tenía puesta toda mi confianza”.
“¿Y Adelbarae estuvo contigo?”
“¿Qué te hace pensar que a tu hijo le interesan mis sentimientos? Es obvio que está con Ecclesía hasta ahora”.
La mirada impasible de Niloctetes pronto se oscureció. Teniendo en cuenta lo que me había dicho Orhan, suspiré antes de decirle que ya me había acostumbrado a su ausencia y que no me preocupaba a esas alturas en dónde o con quién podría estar. Mi respuesta hizo que Niloctetes reaccionara de forma brusca al levantarse de mi camastro y empezara a caminar por la tienda.
“El idiota de mi hijo siempre ha cometido errores, pero este sin duda es el peor de todos”, dijo mientras se volvía hacia mí. “No solo ha fallado en sus deberes como heredero de la casa Borg, sino que incluso ha tenido el descaro de engendrar un bastardo”.
Me quedé callada mientras Niloctetes me ponía al tanto de la situación. Según el viejo, la extinción de su linaje era uno de sus peores temores; un bastardo con la amante del emperador tenía serias implicaciones políticas que podría poner en la línea de fuego las vidas de todos los miembros de la familia. Para mí, las implicaciones políticas eran lo de menos; a modo personal, tenía dudas sobre qué tan viable era el plan de que un hijo bastardo de la favorita imperial pueda causar problemas a los Borg.
De hecho, conociendo bien las historias que rodean a Ecclesía, me atrevería a jugar con la probabilidad de que la concubina tendría ya un plan trazado para este tipo de asuntos.
Miré a Niloctetes con seriedad y, sin ningún temor a represalia, dije: “No creo que Ecclesía sea tan tonta como para continuar ese embarazo. De hecho, no le conviene que ese niño viva, no cuando está de por medio el potencial ascenso de D’leh al trono si logra convencer al emperador de que lo nombre su heredero en lugar de su hijo legítimo”.
Niloctetes se cruzó de brazos, observándome con interés.
Decidí continuar: “He oído historias sobre las intrigas urdidas por ella, y me atrevo a decir que ella no da un paso sin un plan. Para ella, un hijo suyo con un amante de turno puede ser un peligro para D’leh en un futuro lejano, sobre todo si la familia huésped lo cría como heredero propio de la casa y llega a enterarse de sus orígenes”.
Acercándome a mi suegro, añadí: “Ten por seguro que ese embarazo jamás llegará a término. Lo abortará, Niloctetes. Lo hará en colusión con el emperador, ¿y sabes por qué? Porque verán en ustedes a la familia huésped perfecta para encubrir otro desliz”.
“¿A qué te refieres?”
“D’leh. Hace cinco meses, la duquesa de G me dijo que una de sus criadas fue violada por él. Ignoro dónde pudiera estar, pero la duquesa le aconsejó que tuviera a ese niño lejos de los ojos de la corte”.
El viejo general me miró con estupefacción. Aprovechando su confusión, agregué: “Además, tengo muchas dudas sobre la existencia del supuesto bebé de Ecclesía, si me permites la opinión. Solo analízalo, Niloctetes. Ella tiene 40 años; a esa edad, un embarazo es riesgoso dado que el producto podría nacer con una condición especial. Tomando en cuenta su naturaleza perfeccionista y obsesiva, si realmente estuviera embarazada de Adelbarae o de otro, ella misma sabría que el infante nacería con muchos riesgos de salud. ¿Pero y si no lo está, Niloctetes? ¿Y si el bebé a recibir por parte de ella no es un bastardo Borg, sino un bastardo imperial?”
Un silencio tenso surgió entre nosotros. El patriarca Borg me miraba con una mezcla de sorpresa y recelo, como si estuviera considerando si soy una aliada o una enemiga. A mí me importa un carajo lo que pensara; si ellos iban a abandonarme en Titán, al menos dejaré en ellos una suerte de duda sobre las intenciones reales de Ecclesía detrás de este supuesto embarazo.
Acariciándose la barbilla, Niloctetes musitó: “No lo había pensado así… En verdad que no”.
Me encogí de hombros. “Son solo conjeturas mías, Niloctetes”.
El viejo general se echó a reír quedamente. “Quisiera pensar en que son conjeturas, pero tienes razón en un punto: esa maldita vio en mi hijo a su payaso a quien adjudicarle un hijo que no es ni siquiera suyo. Descansa, Güzelay. Mañana será un día particularmente largo”.
Me limité a asentir con fingida solemnidad mientras mi suegro se retiraba.

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