Hace un par de años hubo una etapa de mi vida en la que me sentía completamente estancada. No es algo tan lejano, pero hoy lo veo con otros ojos. En ese momento vivía frustrada, cansada y con una negatividad que no sabía cómo quitarme de encima. Miraba mi vida y pensaba: ¿por qué todo me pasa a mí?, ¿por qué a otras personas les va mejor si ni siquiera se esfuerzan tanto?
Yo sentía que hacía todo bien. Me esforzaba, ponía empeño, trataba de ser responsable, de dar lo mejor de mí. Aun así, nada parecía avanzar. Mis días se llenaban de tristeza, de un cansancio que no era solo físico, sino también mental. Mientras más me exigía, peor me sentía. Y eso me hacía sentir aún más frustrada.
En ese tiempo leía mucho contenido motivacional. Me levantaba cada mañana decidida a ser positiva, repetía frases bonitas, intentaba convencerme de que todo iba a mejorar. Pero llegaba la noche y mi realidad seguía siendo la misma. Eso dolía, porque sentía que estaba haciendo un gran esfuerzo y aun así nada cambiaba.
Recuerdo una noche en particular. Estaba llorando, agotada, y me repetía que no merecía vivir así. Que yo era una buena persona, que no quería seguir cargando con tanto. Y ahí, en medio del llanto, algo se me hizo claro: gran parte de lo que me estaba pasando tenía que ver conmigo.
No porque fuera la culpable de todo, sino porque llevaba años cargando más de lo que me correspondía. Siempre estaba pendiente de los problemas de los demás y dejaba los míos para después. Yo era la que escuchaba, la que aconsejaba, la que ayudaba a resolver. Hasta que no encontraba una solución para otros, no descansaba. Pero cuando era yo la que necesitaba, casi nadie tenía tiempo. Y lo único que escuchaba era: “la vida es así”.
Esa noche decidí empezar a soltar. No fue de golpe ni fácil. Empecé por darme mi lugar. Por preguntarme qué quería yo, qué necesitaba, qué me hacía bien. Comencé a hablarme mejor, a mirarme al espejo con menos dureza. Aunque suene simple, hubo un tiempo en el que me costaba verme bonita o sentirme segura.
Empecé el gimnasio, me enfoqué más en mí, en mis metas. Dejé de estar siempre disponible para todo el mundo. Y sí, perdí personas. Algunas que creía cercanas se fueron cuando dejé de ser su apoyo constante. Dolió, pero entendí que no estaban por mí, sino por lo que yo daba.
Hoy mis amigos son pocos. Los puedo contar con una mano. Pero son los que están de verdad. Con mi familia pasó algo parecido: con algunos me alejé y con otros el vínculo se hizo más fuerte. Y mi pareja… esa relación terminó. Hoy entiendo que no era una buena elección. Era alguien que me frenaba, que minimizaba mis sueños y me llenaba de miedos.
Mi vida cambió mucho desde entonces. No porque todo sea perfecto, sino porque yo soy distinta. Emocionalmente he crecido, me siento más segura, más clara. Eso también me ha ayudado a avanzar en otros aspectos de mi vida, incluso en lo económico.
No estoy donde quiero estar todavía, pero ya no me siento perdida. Voy paso a paso, con tropiezos, con dudas, pero con la certeza de que puedo lograr lo que me proponga.
Cambiar de mentalidad no fue magia.
Fue cansancio, fue dolor, fue decir basta.
Pero también fue el inicio de una vida más consciente y más mía.