La esperanza entre las manos
Lucian dejó el libro a un lado y se quedó inmóvil, con la vista clavada en los árboles del fondo, que se mecían suavemente con la brisa.
Estaba sentado en el suelo, algo que se le estaba haciendo costumbre. Abandonarse en ese rincón a leer, o a pensar.
Katarina se detuvo en el umbral de la puerta a contemplar el mutismo de su hijo. Pensó que quedarse parada de ese modo delataría su presencia, pero Lucian seguía sin notarla. Finalmente, decidió acercarse.
La madera crujió a su paso, pero ni aún así Lucian se volvió a mirarla.
—Hola —dijo. Miró el título del libro, pensando que de ese modo parecería un acercamiento casual y no algo que venía planificando desde hacía días.
—Hola —respondió Lucian.
—Qué extraño que hoy también estés en casa, no estás castigado ¿sabes? Puedes salir siempre y cuando sigas las normas.
La mirada que le dirigió Lucian la dejó pasmada. Tenía el ceño fruncido y los puños apretados, pero pronto volvió a dirigirla a los árboles que se mecían. Respiró profundo.
—Bien.
Katarina retorció las manos, pero en vez de marcharse, se sentó en la hamaca que colgaba de las vigas.
—¿Qué sucede? Cada día estás más... lejano. ¿Es por la ausencia constante de Miquel? Tu padre no ha podido compartir tanto su tiempo con nosotros, sé que te hace falta pero tenemos que comprender la exigencia de su trabajo.
—Ja —dijo Lucian, sonriendo irónicamente. No podía creer lo que escuchaba. El gesto hizo enojar a Katarina.
—Mírame —pidió, y como sabía que no podría librarse de ella, Lucian lo hizo—. Quizá yo... no soy suficiente para ti, quizá necesites también a Miquel, pero no hay nada que se le pueda hacer. Estoy intentando... ser buena para ti, pero...
—Basta —exclamó Lucian—. ¿Por qué asumes que estoy así por papá? ¿Acaso tengo tres años para necesitar tiempo con él? ¿Por qué estás tan ciega? Y ya que estamos en esto, ¿Lo haces a propósito o de verdad no eres capaz de ver...?
Katarina se levantó de la hamaca hecha una furia, pero en último momento bajó la mano.
—Hazlo. Si te hace sentir mejor pegarme, hazlo.
Eso hizo que Katarina se desplomara. Se quedó en cuclillas, sosteniendolo por los hombros y llorando. Aunque se sintió fatal, Lucian no pudo estirar la mano para consolarla. No pudo disculparse por cómo la había tratado y hecho sentir. No porque esto no se trataba de ella, ni siquiera se trataba de él mismo.
Simplemente no podía perdonar que las personas a su alrededor estuviesen tan ciegas, que evitaran mirar hacia un lado determinado, como si de ese modo pudieran suprimir los acontecimientos en la vida de una persona. Si no miras hacia allá, nunca existió.
—Si no tienes tres años entonces demuéstramelo, porque te estás comportando como un crío. Me estás haciendo sentir mal con tu actitud, pero eres incapaz de detenerte.
Katarina se levantó y se fue, dejándolo solo. Al instante, Lucian se levantó. Cuando un adulto de los que él conocía no podía hacer cambiar la situación a su favor, entonces empezaban a lanzar golpes bajos sin importar qué tan profundo calaran sus palabras.
Otra vez la manipulación, la culpa. Lo peor era que funcionaba. Se sentía tan mal que una extraña sensación se instaló en sus entrañas, y comenzó a absorberlo de tal modo que no sabía cómo canalizarla.
Miró el suelo dónde reposaba el libro y se agachó velozmente. Lo tomó, en un arrebato de ira, y después de estrujarlo y romper las hojas tiró lo que quedaba al patio.
Se dirigió allí y empezó a golpear la pared de tal modo que sus nudillos quedaron en carne viva al instante. Se sentía molesto, impotente, triste, y sabía que cuando pasara el arrebato de furia se sentiría fatal y toda esa subida de energía bajaría.
Se dirigió a su cuarto y se tiró en la cama, chequeó el teléfono móvil pero no tenía ningún mensaje nuevo. Decidió escribir uno, nuevamente. Decía lo siguiente:
Respóndeme, por favor. Por favor.
Dudaba mucho de recibir una respuesta, pero lo intentó de todos modos. Lo intentó de todos modos, siempre con la esperanza entre las manos.