En este 2025 el gimnasio dejó de ser solo un complemento y se convirtió en una parte esencial de mi rutina diaria, casi tan natural como respirar o atarme los zapatos para salir a correr. Entrenar en las mañanas se volvió mi espacio sagrado: ese momento en el que invierto en mí, en mi salud y en mi bienestar a largo plazo. No ha sido solo levantar pesas, ha sido construir constancia, disciplina y una versión más fuerte de mí misma.
Gracias al trabajo de fuerza he logrado mejorar de manera notable mi masa muscular, algo fundamental a mis 45 años. Entendí que, a medida que envejecemos, mantener y fortalecer el músculo no es una opción estética, sino una necesidad de salud. El gimnasio me ha dado estabilidad, prevención de lesiones y una sensación de control sobre mi cuerpo que antes no tenía.
Como corredora, los beneficios han sido aún más evidentes. Me siento más potente, más eficiente y con una mejor capacidad de recuperación. Mis piernas responden mejor, mi core está más firme y mi rendimiento en cada kilómetro refleja el trabajo silencioso que hago entre máquinas, barras y repeticiones.
Hoy el gimnasio es parte de mi estilo de vida. No lo veo como una obligación, sino como un acto de amor propio. Es mi base, mi soporte y mi aliado para seguir corriendo, creciendo y demostrando que la edad no limita, sino que motiva a entrenar con más conciencia y propósito.
La felicidad no necesita filtro