Siempre he tenido una debilidad por la comida china. Cada viernes, después del trabajo, paso por el restaurante de la esquina y pido lo mismo: arroz frito, pollo agridulce y unos rollitos primavera.
Una noche, el dueño, el señor Lin, notó que iba todas las semanas y me invitó a la cocina. Me enseñó su secreto para el pollo crujiente: ¡doble fritura! Desde ese día, me animé a preparar mi propia versión en casa, pero, la verdad, nunca sabe igual que la suya. Por eso sigo regresando, porque nada supera “el original”.