Puedes leer el comienzo de esta historia aquí: (Primera parte)
Lo miré intensamente tratando de entender la razón de su molestia. Era evidente que había sufrido mucho los últimos años. Mudarse a estas olvidadas montañas no había cambiado la conducta de este hombre, ese cambio ocurrió mucho antes de venir aquí.
—¡Le dije que se largara de mi casa! —indicó Tanaka apretando los puños.
—No me iré sin conocer la historia del Ashika —señalé con serenidad.
—Usted es como los otros, un simple oportunista que no sabe en lo que se está metiendo. ¡No sabe de lo que soy capaz! —aseguró el japonés.
—No tengo idea de a cuáles otros se refiere. Yo solo quiero información.
—¡De mí no obtendrá absolutamente nada! —gritó sacando una especie de puñal del interior de su bota.
Mantuve la compostura procurando no mostrar miedo. No sabía si las intenciones del hombre era herirme realmente o solo asustarme para que me fuera. Lo cierto es que yo también tenía mi propia arma, una carta bajo la maga para cambiar el juego a mi favor.
—Quiero saber sobre Kirena — dije con convicción.
Aquel hombre enfurecido, mudó su actitud de inmediato al escuchar ese nombre. Bajó lentamente el puñal, y también su mirada. Parecía que una gran vergüenza se colgaba en su espalda. Se sentó de nuevo a la mesa con la mirada perdida, y luego de unos instantes me dijo con la voz afectada:
—En este mundo, solo un hombre a parte de mí conoce el origen de ese nombre.
—Fue él quien me dijo cómo encontrarlo.
—¿Cómo está él? ¿Aún vive?
—Cuénteme sobre el Ashika y yo le contaré sobre su amigo.
—Realmente usted no es como los otros señor Keller —me dijo con resignación.
—Le aseguro que solo quiero conocer la historia señor Tanaka, no tengo ningún otro interés —dije con franqueza, tomando mi cuaderno de apuntes y mi lápiz.
Tanaka asintió con la cabeza, y accedió a contarme su versión de los hechos. Lo que yo no sabía, es que estaba a punto de escuchar uno de los relatos más fantásticos que hubiera narrado en mis crónicas desde que empecé a coleccionar historias.
—Yo era un hombre joven, podría decirse que era apenas un muchacho —comenzó a narrar Tanaka—. En ese tiempo crecíamos escuchando los heroicos relatos de los marineros que pescaban en el mar de Japón. Los peces más grandes y agresivos parecían habitar en aquellas heladas aguas, y cada joven incrédulo quería convertirse en leyenda al capturar un monstruo del mar. Naturalmente yo también quería capturar uno, por eso me uní a la tripulación del Ashika. Nuestro capitán era un hombre rudo y fuerte, era un marinero experimentado, además la paga era buena.
Tanaka hizo señas a su esposa, y esta le trajo un viejo maletín del que sacó algunas fotografías suyas posando frente al barco pesquero.
—Zarpamos una tarde de Mayo. El clima era gentil, el oleaje no era fuerte y me ordenaron trapear la cubierta. No estaba solo, había otro joven, un sobrino del capitán que supuestamente heredaría el mando con el tiempo, pero que primero tenía que demostrar que era apto para el puesto. Allí estábamos los dos, trapeando mientras los demás cenaban antes de la faena nocturna.
—Ese joven era su amigo Hiro ¿Cierto?
—Su nombre era Hiro Yagami —respondió sonriendo— hablaba más de la cuenta, pero era muy gracioso. Su tío no le daba trato preferencial dentro del barco, para él era un tripulante común y corriente. Yo no sabía mucho sobre navegar en el océano, pero Hiro sabía menos aún. Aceptó aprender el oficio de su tío solo porque le gustaba la vida marina; me refiero a los peces que habitaban el mar.
—¿A dónde se dirigían esa noche? ¿Cuál era la ruta de pesca?
—Hacia el noreste, al menos eso creíamos todos.
—¿Por qué lo dice?
—Podía ver las estrellas esa noche, sabía que en algún punto dejamos de ir al noreste y comenzamos a viajar rumbo al sur. En ese momento no pensé que fuera importante, hasta que, cerca de la media noche, el viento se hizo intenso y nubes de tormentas cubrieron completamente el cielo; pero no era una tormenta cualquiera.
—¿Qué tenía esta de diferente? —pregunté intrigado.
—Las olas no se movían, el mar parecía haberse convertido en porcelana, una porcelana oscura. En la cubierta del barco todo era azotado por la tempestad, pero el mar se mantenía inmóvil. Hiro y yo tuvimos que limpiar la cocina mientras los demás trataban de sujetar las jaulas de pesca por causa del fuerte viento. Los ayudantes del cocinero hablaban en voz baja entre sí sobre lo que ocurría afuera del barco.
—¿Qué decían los ayudantes?
—Rumoraban que no nos dirigíamos a la ruta de pesca acostumbrada, que el capitán realmente nos llevaba a un extraño conjunto de islas con las que estaba obsesionado. Islas que no aparecen en ningún mapa, de las que otros capitanes se negaban a hablar, y donde ocurrían cosas fuera de lo común. Las jaulas en cubierta no eran para capturar peces ordinarios.
Lo miré confundido ante el extraño giro de su relato y pregunté sin vacilar:
—¿Y qué esperaban capturar en las jaulas?
Tanaka me miró con seriedad, y golpeando la mesa con su puño dijo:
—El qué buscaba capturar el capitán no era lo importante, el por qué quería capturarlo señor Keller… eso sí lo era.