Nota de la autora: El presente relato es, digamos, la secuela de Anécdota de un viaje en autobús, publicado el 29 de octubre de 2022 en este mismo espacio. Está basada en una experiencia que tuve ayer.
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Tenía hambre; había salido tarde de un evento al que asistí en compañía de un amigo mío, quien me pidió que le ayudara con la fotografía. El aire estaba fresco, indicando que el mal tiempo era causado por un frente frío que entró apenas el día anterior a la Península. Abrí entonces el paquete en donde contenía los dos panes y me comí uno, guardándole el otro a mi hermano, quien se encontraba en casa.
El autobús llegó; todos los que estábamos presentes alcanzamos a subirnos. Parecía que iba a ser un recorrido tranquilo, sin tanta gente, debido al mal estado del clima.
Me equivoqué.
Una vez más me sentí como guajolote enjaulado. El camionero estaba empeñado en subir a todo aquel que se encontrara en cualquier paradero; la gente empezó a protestar cuando el señor dijo que se corrieran hacia atrás. Varios alegaron que ya no había lugar, lo cual era verdad porque no había más espacio en donde ponerse.
Para colmo, la lluvia empezó a arreciar; la gente que estaba esperando en los distintos puntos de la ciudad estaba guareciéndose bajo la endeble protección del mísero techo del paradero.
Cuando pasamos por un módulo de la secretaría de transporte, observé con horror a la gente haciendo cola para adquirir la nueva tarjeta electrónica con el que los niños van a empezar a viajar en los autobuses. El gobierno de turno está empeñado en actualizar el sistema de transporte, y esperan que todos cuenten con la dichosa tarjeta a finales de año.
El camino continúa; algunos bajaban al mismo tiempo que otros trepaban. Parecía que me iba a tocar bajarme en el paradero, mas el caprichoso destino decidió que me bajara en Santa Lucía, aprovechando la oportunidad que brindó un par de personas ya desesperadas por bajarse de aquél panal a punto de reventarse y que no les importó que estuviera lloviendo un poco fuerte.
Bajé y corrí a protegerme en el primer techo que me encontré. Desde ahí pedí un taxi; la tarifa era cara, pero no tenía de otra. Quería llegar a casa y cambiarme de ropa antes de que me ataque alguna gripe.
