Aire: arquetipo y constelación de imágenes
Hemos considerado el carácter central que adquiere el aire como imagen en la poesía de la escritora venezolana Enriqueta Arvelo Larriva (ver posts anteriores 1 y 2). Ante el señalamiento de Gaston Bachelard, según el cual “una imagen poética puede ser el germen de un mundo, el germen de un universo imaginado ante las ensoñaciones de un poeta”, aquella cualidad cobra mayor dimensión. No estamos frente a una imagen poética cualquiera; parece, más bien, que asistimos a la presencia de una imagen arquetípica, a una imagen que hunde su ser en el arquetipo del aliento vital y creador, tan propio de muchas cosmogonías primordiales. Zolla refiere que para Jung la aproximación de un arquetipo crea movimientos sincrónicos, y que el vórtice psíquico que forma actúa como un eje, “un eje de simetría entre la realidad exterior y la experiencia interior”. Este eje será fuerza generadora de apertura y de unidad, rasgos que caracterizan el dinamismo imaginante.
La supremacía del aire como elemento fundamental y eje de lo imaginario generará una constelación de imágenes que fundarán nexos de alianza o contraste con otras inscritas en la órbita de elementos diferentes, en especial con la tierra, que ocupa un lugar relevante dentro de la fisonomía imaginaria de la poesía de Enriqueta.
La corporeidad del aire se expresará en la imagen del cielo, que se pone de manifiesto especialmente en el poema homónimo, con su referencia directa al color que lo representa:
Cielo,
liberta mis miradas,
sálvalas de visiones pequeñas.
Súbelas.
Paséalas por tu anchura.
Colma de tu sabia armonía
mi curiosa ignorancia.
( )
Mas si estoy prendida a la tierra,
corta, cielo, mi afán de subir a alcanzarte.
Desgájate y baja.
Da a mi frente que se alborota de pensamientos
honda almohada de tu azul.
El cielo, presente en varios poemas de la obra de Enriqueta Arvelo, es el espacio abierto, libre y liberador, figuración de una amplitud que se acerca a lo infinito, de una ascensión y de una sabiduría y serenidad aspiradas. Rasgos de lo aéreo que se refuerzan con la inclusión de esos objetos etéreos que son los pensamientos, para producir el contraste con la quietud, la hondura y la vastedad del cielo. Estamos, en suma, ante una expresión privilegiada de la experiencia poética de la inmensidad, categoría filosófica del ensueño para Bachelard. Inmensidad contemplada desde la evocación, desde el ensueño, y como tal, rebasamiento del mundo observado. El cielo, como inmensidad que está en nosotros, “liberta” las miradas, las hace anchas, las salva de “visiones pequeñas”. Con ello se nos coloca en el juego dialéctico de lo pequeño y lo grande: el pequeño individuo anhela la vastedad del cielo, y por su evocación deseante realiza la inmensidad en su interior: inmensidad íntima. Al anhelar lo inmenso aspira también la lentitud y la quietud, lo cual estaría expresado en los dos últimos versos del poema. Con razón afirma Bachelard: “La inmensidad es uno de los caracteres dinámicos del ensueño tranquilo”.
La relación entre cielo y pensamiento está enmarcada por el sentido de libertad: “El cielo no embridaba nuestras cumplidas sienes”; igualmente se reiterará la presencia del cielo por el azul, rasgo absolutizado y sustantivado como esencia de lo aéreo, fondo de lo ilimitado, profundidad imaginada. Lo hallamos igualmente en otros poemas: “El azul borró los pajonales y los árboles”; “Mira techo celeste y caño garzo: / el alto azul perdido que le tienta / y el azul hondo que lo coge intacto”.
Hay en este “llamamiento íntimo de la inmensidad” una respiración del cielo, del aire, de la palabra. Con lo que volvemos a la consideración de la dialéctica espacio del mundo - espacio de la interioridad: por la imagen aérea, dinámica, del cielo, el afuera y el adentro se funden en la configuración verbal imaginante. La intimidad “prendida a la tierra” se transfigura en “cielo protector”, inmensidad de aire.
Dentro de ese ilimitado espacio inaugurado por la imagen del cielo, se reúne otro conjunto de imágenes menores, derivadas o consustanciadas, que refuerzan la materialidad pasajera del aire. Entre esas imágenes encontramos las nubes: “Éramos los felices en dientes de sequía / agarrados a nubes del gris más incorpóreo”; la bruma: “llevarás el aroma / del adiós suave y grave / que supo clarear en la bruma”; el humo: “Si me aspiraste en el íntimo humo de la tarde”. Estas imágenes tienen en común lo efímero y lo ligero, pero también son materias inasibles que impregnan los espacios con su existencia aérea. Su movilidad e incorporeidad transparentan un estado de alma vibrante en la materia que la ensoñación poética crea.
En el corazón del elemento predominante, y requerido por la imagen nuclear del cielo, identificamos el vuelo: “Mi soledad en vuelo se conmueve y se sacia”. El vuelo es una expresión de lo que Bachelard llama “ensoñación cósmica”, y en ésta las imágenes pertenecen “al alma solitaria, al alma principio de toda soledad”, pues se sitúan en un mundo fuera del tiempo, un estado de reposo. El vuelo se despliega complejamente en diversas imágenes y significados, tales como viaje, huida, altura, ascenso, recuerdo, sueño, etc.; además, implicación colateral con las imágenes del abismo y la hondura: “(...) te salpicará de vida / el viaje efectivo del recuerdo”; “Huir, sobrellevando el desgajado impulso”; “Yo estaré en lo más alto (...)”; “Anhelo andar entre todos / como un sueño”; “Yo tejo tus abismos: / el cielo, precipicios y mil mares (...)”. Todas estas imágenes menores son formas verbales que comparten los rasgos que trazan la vida del vuelo, es decir, movilidad, levedad y espacialidad vertical.
Continúa…
Referencias bibliográficas
Arvelo Larriva, Enriqueta (1976). Antología poética. Venezuela: Monte Ávila Editores.
Bachelard, Gaston (1982). El aire y los sueños. México: Fondo de Cultura Económica.
Bachelard, Gaston (1986). La poética del espacio. México: F.C.E.
Zolla, Elémire (1983). Los arquetipos. Venezuela: Monte Ávila Editores.