Amigos lectores, con esta entrega finalizo mi trabajo sobre –el no tan conocido, pero muy importante– poeta venezolano Rodolfo Moleiro (ver 1, 2 y 3), con más comentarios acerca de su obra. Ilustro sólo con obras del pintor venezolano, maestro de la luz, Armando Reverón.
Todo es mirar
Me atrevería a decir que la gran síntesis de la poesía de Moleiro está en la mirada. Contemplación del mundo y del sí mismo en el mundo; no es sólo operación óptica, sino también el ejercicio de la imaginación y el pensamiento (Al respecto habría que advertir que la palabra ‘idea’ presenta, en su etimología griega y latina, una curiosa identidad con el ver y con la imagen). ¿Acaso ver el mundo no es pensarlo, imaginarlo y reconstruirlo en la memoria?
Así, en su poema “Pórtico” hallo la síntesis enunciada: “Se quedan las miradas / en la luz mansa de las frutas. / Todo es mirar”. Y más adelante: “El mundo de afuera / es un recuerdo de sonidos. / Mirar profundo / es entrar y entrar”. Mirar es, entonces, experiencia primigenia y única del mundo: puerta por la que penetramos en la realidad y por la que ésta ingresa en nosotros. La mirada no consiste en el registro plano e inerte de las cosas; implica un acto de atención en profundidad, de participación y comunión por el cual la realidad nos ofrece su misterio, se revelan sus correspondencias, se atisban sus claros y sus sombras, se experimenta su movimiento, se construyen sus imágenes. Por eso mirada y realidad se confunden: el mirar es, a la par, testimonio y fundación: “Son tus ojos el centro / de la desmesura que anda”, “Tu mirar hacia el cielo, / bajo esas nubes grises, / es quien forma lo oscuro”.
La mirada en Moleiro recuerda e imagina. La realidad primaria se transforma en realidad evocada; el paisaje natural en íntimo y soñado. Sobre ello escribe Juan Calzadilla al ensayar sobre la obra de este autor: “(…) un paisaje invariablemente sublimado al espacio del recuerdo, (…), sugerido de modo que en su impresión se combinan tanto lo visual como lo psicológico”. Son numerosos los ejemplos que pueden ilustrar esta conjunción de mirada, memoria e imaginación en la poesía de Moleiro: “Albas vives / en el árbol que sueñas: su frente allá en los brillos, / su cuerpo en la penumbra. // Lo miras donde estuvo / y aquel pulso recobras”. O en el poema “Dones”:
Y yo, tenso en la sombra,
frente al desnudo campo,
sólo te doy en pensamiento
aquella flor ardida
que abre entre las rocas.O el rojizo brote
tierno sobre lo áspero
que trae del olvido
el más anciano ceibo.
En el fragmento IV del poema “Volver es un instante”, el paisaje alcanza una dimensión alta en la evocación y la imaginación, siendo aparentemente negado en la reflexión poética del final. Cito varias estrofas del poema para ilustrar extensamente:
Un desbordado suelo
por remotos azules
entre la duración y el silencio.Su magia de luz libre
ensaya en él albergues ilusorios,
hace y deshace límites.
(…)
Desde lúcidos gallos,
a través de la huella de los días,
¿cuáles brillos de un patio?Es trance cada sitio,
memoria que susurra una voz queda,
hallazgo de ti mismo.
(…)
Miras todo a la mano,
no piensas, no dibujas, no imaginas:
amas, estás amando.
La mirada de la poesía de Moleiro se cumple como acto amoroso, que funda y recobra el paisaje desde la transparencia, que “deshace límites”; en esa diafanidad, como en la visión de Armando Reverón, la mirada lo traspasa todo, y mirar es mirarse también mirando. Los planos de la realidad, yuxtapuestos, se hacen uno en la mirada, y ya no es concebible la separación: “Todo es mirar”.
Lo vivo, lo pintado, lo dicho
Calzadilla, en el trabajo mencionado, intenta sintetizar la poética de Moleiro en este enunciado: “sustituir la emoción o la imagen real por la sugestión que del hecho mismo de sentirla o percibirla nos procura la palabra”. ¿No es ésta, en definitiva, la poética de la pintura impresionista? Realidad interpretada e imaginada, no reproducida. Lo vivo, lo real estarán, pues, en la poesía de Moleiro como pueden existir en la pintura: transfigurados, en este caso, en y por la palabra.
La pintura de fuente impresionista se hará presente en la obra de Moleiro no sólo como fórmula temática o de contenido (varios poemas la abordan y lo evidencian en sus títulos: “Paisaje”, “Tela”, “Calle de un cuadro”, “Paisaje con invocación”, “En la Galería”, etc.), sino, lo que es más relevante, como concepción y forma de la escritura, me arriesgo a decir. Tanto Sánchez Peláez como Calzadilla coinciden en que Moleiro nos entrega una visión despojada y transparente de la realidad. Hay en su palabra, dice Sánchez Peláez, “una carga emocional que retiene en vilo la frase”. Además, Calzadilla destaca la parquedad y el rigor de su construcción poética. Agregaría a esos rasgos que ya hablan de una particular condición plástica de la palabra en Moleiro, ese carácter de fragmentación y yuxtaposición que exhibe la construcción de la realidad del poema, los contrastes y matices presentes para lograr una impresión unitaria, aunque muchas veces inacabada. Cabe decir de la escritura poética de Moleiro: “Dejó el sosiego, el orden, / el auge del espíritu en la letra”.
Un país
Moleiro, como los pintores del Círculo de Bellas Artes, lo que hizo con la palabra fue re-crear, evocar e imaginar un país, al re-crearse a sí mismo. Una mirada de una realidad que es lar y heredad, que trasciende en su luz, en su naturaleza de gallos y acacias, en su suelo de abrojos y cruces olvidadas en el ocaso. Su paisaje es una geografía íntima pero compartida en nuestra imaginación; el sueño de un país pintado y trascendido, con palabras esenciales, desde la mirada y la memoria afectivas: “Y al nivel de esta cima, / sobre sólidas bases de nubes, / levantaremos un país / con piedras y láminas de aurora / para los pájaros y para nosotros”.
Referencias bibliográficas
Moleiro, Rodolfo (1984). Obra poética (incluye los ensayos de Calzadilla y Sánchez Peláez). Caracas: Monte Ávila Editores.