Se cumplen hoy –30 de enero— 90 años del nacimiento de uno de los poetas españoles de importancia en la renovación contemporánea de la poesía hispana. Me refiero a Claudio Rodríguez, quien falleció relativamente joven (65 años), en 1999. Esperamos que en su pueblo (Zamora) y en su país se le estén rindiendo los homenajes que se merece.
A él y a su poesía dediqué un post por aquí, que si quieren leer pueden abrir el siguiente enlace.
Como indiqué en el texto referido, la poesía de Claudio Rodríguez está hecha de una materia esencial que es el vivir, que se reflexiona en sus poemas (de allí lo de "poesía del conocimiento", catalogación que algunos críticos le asignan); aunque también podría hablarse de "poesía de la experiencia", de la que toda poesía verdadera debería ser expresión, como lo dijera muchos años antes el gran poeta Rainer Maria Rilke.
El acercamiento o inmersión en la experiencia se configura cual contemplación, pues los sentidos y la conciencia del poeta nos entregan una visión serena e íntima de lo experimentado o imaginado, de las cosas que le habitan o rodean en el vivir, lo que, en general, manifiesta con sencillas pero esplendentes imágenes.
Lo he leído con suma atención y empatía (en gran medida, me he sentido identificado con su poesía) desde que lo descubrí a finales del siglo XX. Y luego lo propuse como poeta a leer a mis alumnos de Literatura Española Contemporánea en mi universidad.
Les dejo seguidamente tres poemas suyos, diferentes a los publicados en el post anterior, de los que haré un breve comentario.
Don de la ebriedad
Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?Y, sin embargo —esto es un don—, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.
(De Don de la ebriedad, 1953)
Poema por excelencia de la visión de Claudio Rodríguez, que nombra a su primer poemario, y que mantendrá, en lo fundamental, a lo largo de su poesía, aunque de breve extensión.
La vida es un don, y la claridad, que es luz pero más, nos lo reafirma cada día. La ebriedad es la inspiración que este hecho natural y trascendente nos produce en la mirada y en el alma; pues la claridad, como lo afirma la voz poética, sobrepasa lo material, y viene a ser una revelación por consumarse (espera). Y ese sereno deslumbramiento es bendición.
Espuma
Miro la espuma, su delicadeza
que es tan distinta a la de la ceniza.
Como quien mira una sonrisa, aquella
por la que da su vida y le es fatiga
y amparo, miro ahora la modesta
espuma. Es el momento bronco y bello
del uso, el roce, el acto de la entrega
creándola. El dolor encarcelado
del mar, se salva en fibra tan ligera;
bajo la quilla, frente al dique, donde
existe amor surcado, como en tierra
la flor nace la espuma. Y es en ella
donde rompe la muerte, en su madeja
donde el mar cobra ser, como en la cima
de su pasión el hombre es hombre, fuera
de otros negocios: en su leche viva.
A este pretil, brocal de la materia
que es manantial, no desembocadura,
me asomo ahora, cuando la marea
sube, y allí naufrago, allí me ahogo
muy silenciosamente, con entera
aceptación, ileso, renovado
en las espumas imperecederas.
(De Alianza y condena, 1965)
De una suma liricidad, sin duda, este poema nos concede reavivar en nosotros la maravilla de la espuma, esa fugaz existencia de la materia de las aguas, sobre todo, las del mar. Instantánea, pero recurrente, vuelve a ser para morir, como la existencia misma. En ella nos vemos ser y desaparecer, presentes por instantes y siempre siendo.
Un viento
Dejad que el viento me traspase el cuerpo
y lo ilumine. Viento sur, salino,
muy soleado y muy recién lavado
de intimidad y redención, y de
impaciencia. Entra, entra en mi lumbre,
ábreme ese camino
nunca sabido: el de la claridad.
Suena con sed de espacio,
viento de junio, tan intenso y libre
que la respiración, que ahora es deseo
me salve. Ven
conocimiento mío, a través de
tanta materia deslumbrada por tu honda
gracia.
Cuán a fondo me asaltas y me enseñas
a vivir, a olvidar,
tú, con tu clara música.
Y cómo alzas mi vida
muy silenciosamente
muy de mañana y amorosamente
con esa puerta luminosa y cierta
que se me abre serena
porque contigo no me importa nunca
que algo me nuble el alma.
Una manifestación de esa eternidad que nos constituye —el aire, el viento— es cantada por el poeta con la gracia que la vida nos dona. Sí, pues el aire es quizás el don por excelencia. Nos anima cada vez que lo sentimos en nuestra piel, casi atravesándonos —como diría el poeta Rilke—, para despertar en nosotros la claridad que entra y sale, limpiándonos y haciendo alma, leve y dúctil como él.
Referencias:
La promoción poética de los 50 (2000). España: Editorial Espasa Calpe.
https://es.wikipedia.org/wiki/Claudio_Rodr%C3%ADguez
http://amediavoz.com/rodriguez.htm
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