Continúo con este post la publicación hecha ayer de mi breve estudio de la modernidad en la novela Don Quijote de la Mancha de Cervantes, a propósito del Día de la Lengua Española y del Libro. Puedes ver aquí la primera parte.
Autor / Narrador / Lector o el laberinto de la mirada
La configuración paradójica del Don Quijote lo ha acompañado desde su aparición. Pareciera que dicha obra ha convocado, por su misma naturaleza, al desconcierto. Esto se ha evidenciado en el asunto de la autoría de la novela, cuestión que ya aparecerá como problema en la segunda parte con el Quijote apócrifo de Avellaneda. Así también, refiere Lisa Block, que después de publicada la traducción inglesa, a poco tiempo de su aparición en España, la gente atribuyó su redacción a Francis Bacon. Siglos después, Unamuno en Vida de Don Quijote y Sancho atribuirá a Don Quijote mismo (el personaje) la creación de la novela que lleva su nombre, en un juego típicamente unamuniano. O Borges, posteriormente, en un agudo ensayo narrativo de su libro Ficciones: “Pierre Menard, autor de El Quijote”, verá —borgeanamente— la creación de la novela realizada por un lector.
Si bien este rasgo de la autoría está plenamente clarificado en la historia literaria, el surgimiento de tan disímiles acontecimientos perceptivos acerca del autor de Don Quijote está condicionado por el modo como tal asunto es introducido en la obra.
Efectivamente, la cuestión del autor forma uno de los nudos capitales del estatuto del Quijote. No me refiero al autor empírico o físico, que todos sabemos es Cervantes, sino a la manifestación de este aspecto en la novela, que es uno de los modos de presentarse el carácter moderno del Quijote. Al respeto el crítico Marthe Robert expone:
(…) la ‘modernidad’ que ha sido proclamada con razón como el mayor mérito de Cervantes no se debe en primer lugar al realismo de su novela, si con eso se comprende solamente la descripción cruda de las costumbres de la época, sino a la presencia disfrazada del autor en su propia obra, quien, por primera vez, afirma y desarrolla un desdoblamiento significativo, imagen del conflicto propio de la conciencia moderna del arte.
La cuestión del autor introduce un todo de opacidad y especularidad con las dimensiones de narrador y lector. Con ellas se amplifica y complejiza, generando un juego de identidades interpenetradas y desplazamientos.
Del cap. I al VIII de la primera parte del Quijote asistimos como lectores empíricos a la lectura de una historia presentada por un narrador que no se identifica. Creemos leer la ‘voz’ primera y única del narrador. Pero al final del cap. VIII la historia se detendrá, y entonces sabemos que la voz que nos hablaba es una segunda voz, que a ella preexiste una primera voz: la del primer autor:
(…) en este punto y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas de Don Quijote, de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor de esta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviera entregada a las leyes del olvido (…)
De modo que nos encontramos aquí con un primer nivel de la complejidad estructural de la novela. Nuestro narrador resulta ser un lector de textos anteriores, donde estaría contenida la historia documentada por el verdadero autor. Confrontamos un primer desdoblamiento, un primer simulacro: un autor implícito de primer grado, constituido por la ‘voz’ que se inscribe en el texto (el sujeto de la enunciación, le dicen en la teoría) y un autor implícito de segundo grado, del cual sabemos por el registro del primero.
Su condición de lector quedará explícita al comienzo del cap. IX:
(…) y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que nos diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que de ella faltaba. Causome esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan poco se volvía en disgusto de pensar el mal camino que se ofrecía para hallar lo mucho que a mi parecer faltaba de tan sabroso cuento. (El subrayado es mío)
Se puede decir que estamos ante una realidad narrativa tricéfala o trifronte: un narrador que es autor (implícito) y lector (implícito), es decir, lector de la historia “original”, narrador en cuanto que su voz regula la información y autor —autollamado así— porque reescribe la historia recibida o encontrada.
Además, es un “lector leído”. Este lector / narrador / autor es leído por nosotros. Su instancia es intratextual, puesto que aparece inscrito en el relato o texto, pero, a su vez, aparece fuera del universo espacio-temporal de la historia.
Continuará
Referencias:
Block de Behar, Lisa (1984). Una retórica del silencio. México: Siglo XXI Editores.
Cervantes, Miguel de. (1952). El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. España: Ediciones Castilla.
Robert, Marthe (1975). Lo viejo y lo nuevo. Caracas: Monte Ávila Editores.
Gracias por su lectura.