Son nada más y nada menos que 445 años del nacimiento de uno de los más grandes cultivadores de la poesía en lengua española: Francisco de Quevedo. He publicado antes posts para recordarlo: 1 y 2. Ahora, uno más, para ese excepcional poeta y pensador que fue Quevedo.
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Quizás estos son los versos de Quevedo que más se conozcan, y no es para menos. Es uno de sus sonetos más repetidos: "Amor constante más allá de la muerte".
¿Qué nos atrae de esos versos? Siendo un poema amoroso, la visión de la muerte que nos presenta es lo más atrayente, por decirlo de algún modo.
El cuerpo quedará, más allá de su “cuidado”, es decir, de su esmero o permanencia. Como todos sabemos, ocurre en los momentos de desahucio y acabamiento. Cuerpo corrompido.
En el verso siguiente se sugiere un límite. Es la muerte ya consumada, que se expresa en el arquetipo de la ceniza. Pero esta, lejos de ser solo materia deleznable, conserva un significado, el que será condensado en el verso siguiente que cierra del soneto.
Este es el verso por excelencia de ese soneto, que se ha convertido en referencia obligada al hablar de Quevedo, pero también del sentido vital de la muerte (aun siendo paradójico): “Polvo serán, mas polvo enamorado”. Incluso, de presencia intertextual posterior muy conocida, como en sonetos de Sor Juana de la Cruz.
Articulado con la imagen antecedente, la significación de esta doble imagen se crece. Sabemos que la ceniza es polvo, en lo que subyace la relación antigua del Génesis (“polvo eres, y en polvo te convertirás”), si bien la ceniza no era el referente del texto bíblico, sino el barro. Pero, precisamente aquí, está la fuerza de la imagen de Quevedo: la ceniza, que es lo último del cuerpo acabado, consumido, se erige en la manifestación del amor no olvidado. El amor permanece aún en la muerte.
