Hace varios años accedí a conocer a un poeta —y parte de su obra— que era completamente desconocido para mí. Se trata del francés Tristan Corbière, nacido hace 180 años, el 18 de julio de 1845. A él llegué en mis estudios acerca de los orígenes de la modernidad poética, asunto de mi investigación de maestría, por la mención que hacen a él Hugo Friedrich en La estructura de la lírica moderna y Octavio Paz en Los hijos del limo.
Tristan Corbière, como Jules Laforgue (otro desconocido, de quien publiqué un post), tiene un papel de gran importancia en lo que será la poesía moderna, por su uso particular del verso (lo que es difícil percibir en traducción en español), pero, sobre todo, por su estilo que trabaja la ironía, llegando al sarcasmo, cierto absurdo, cercano al humor caústico, y un transcurso, aparentemente arbitrario, de su composición.
Como dirá Paz, "El yo despojado de todos sus accidentes empíricos reinará en la poesía moderna, desde los románticos hasta el siglo XX. Esta línea de pensamiento genera la propuesta de las personalidades múltiples, de las personae, es decir, las máscaras, que encontraremos con sus lógicas particularidades, entre muchos otros, en Corbière, Laforgue (...)".
De su poesía, recojo estos versos:
-Duerme: se calmó la Bestia,
Teje hasta el final tu sueño…
¡Querido!… el humo lo es todo,
–Si es cierto que todo es humo…
También:
Ya que mi patria está en la tierra
mis huesos allí se irán solos…
Seguidamente, tres poemas suyos, que he escogido entre los más breves.
Entonces llegarás, imbécil papagayo…
Entonces llegarás, imbécil papagayo,
Buscando el parpadeo de este espejo al que cubre
Un brillo de oro, resto del astro rubio extinto.
Y verás una joya en el brillo de estaño.Llegarás a este hombre, a su débil reflejo
Sin calor… Pero, el día en que irradiaba fiebre,
Nada sentiste, tú que —en el atardecer–
Caes sobre ese rayo caído que ha dejado.A ti no te conoce, a ti, la consabida
Sombra que recostó en su cielo desnuda
¡Cuando era un Dios!… Todo eso —se acabó.-Cree —Pero él no tiene la mirada que atrae.
Llora —Pero él no tiene esa cuerda que llora.
Sus cantos… —Eran de otro; él no los ha leído.
Pobre muchacho
Él, que altivo silbaba su tonada en falsete,
Se humillaba ante mí: lo veía buscar…
No encontrar… me gustaba percibir la torpeza
De este héroe que no supo descubrir que me amaba.Sobre su corazón tempestuoso alcé
Cabrillas. Él miraba… ¿Eso lo consumía?
¡Qué instrumento tan reacio a dejarse pulsar,
Un poeta!… Y pulsé. Yo pulsé y me gustaba.¿Ha muerto?… Era un muchacho, por lo demás curioso.
¿Tomó excesivamente en serio su papel?
Sin decírmelo… al menos. —Porque ha muerto, ¿de qué?…¿Acaso se dejó vaciar de poesía?…
¿Moriría de tisis, de beber o de chic?
O quizás, finalmente: de nada…
O bien de Mí.
Ocaso
¡Qué grato era aquel Joven y qué lleno de savia!
¡Tan ávido de vida!… Y tan dulce en su sueño.
¡La cabeza qué altiva o inclinada con gracia!
¡Husmeando el amor!… que tristemente pasa.
¡Era un don Nadie!… —Pero de pronto ha visto cómo
Le sonríe a la vuelta sin rencor la Fortuna;
Ya no sonreirá como otras veces; sabe
Cuánto cuesta todo eso y cómo se consigue.
Su corazón ha echado panza y saluda en prosa.
Se cotiza muy caro… es alguien este Dios;
Ya no va con las manos, sin nada, en los bolsillos...
En su gloria que lleva como un abrigo fúnebre,
Lo reconoceréis banal, vacío, célebre…
