Episodio anterior: đ aquĂđ
âHoras antes del incendio.
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âLos Ășltimos destellos de luz del atardecer daban paso a las primeras sombras de la noche. Me alistaba para pasar la noche en la casa de los padres de Junior, por eso decidĂ cenar temprano para subir y dormir antes de lo que tenĂa por costumbre.
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âMientras escogĂa la ropa que me pondrĂa a la mañana siguiente, aparte de lo que ya llevaba para dormir, Abraham me recordĂł que ya no quedaba diesel.
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â-Hay algo de lo que no te has dado cuenta...- afirmĂł intrigante- Ya se estĂĄ haciendo de noche ... ÂżCĂłmo hago yo para alumbrar aquĂ adentro ahora?-
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â"ÂĄEs cierto!", pensĂ©.
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âUsĂĄbamos diesel (gasoil) para mantener las lĂĄmparas encendidas. Las hacĂamos con frascos de vidrio con tapa de metal a la que se le perforaba una ranura a travĂ©s de la que se colocaba una tira de tela gruesa a modo de "mecha".
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âUno de los campesinos que vivĂa en el asentamiento vendĂa el combustible por litro y frecuentemente le compraba para permanecer abastecido. Era una necesidad. Pero por alguna curiosa razĂłn, esa semana olvidĂ© reponerlo y se nos agotĂł la reserva por completo sin darme cuenta.
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âPensĂ© rĂĄpido. No me daba tiempo para ir a buscarlo, era muy tarde. El campesino vivĂa lejos. Entonces se me ocurriĂł una idea tan atrevida como peligrosa; la misma idea que harĂa posible que yo y solamente yo fuese el Ășnico responsable de que todo terminara en cenizas.
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El lugar donde mi hermano y yo hicimos la casa -antes de que se nos ocurriera construirla- llevaba muchos años que no era tocado por nadie. Era un rastrojo de gamelote y zarzas espinosas que le quitaban las ganas de entrarle a quien sea. En sitios asĂ, la ausencia total de la mano humana permitĂa que no solo la vegetaciĂłn silvestre se apropiara del espacio sino tambiĂ©n toda clase de bichos y alimañas: hormigas, grillos, saltamontes, gusanos espinosos, serpientes, babosas... pero especialmente bachacos.
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âEn realidad, todos los demĂĄs bichos no me molestaban en lo absoluto. Pero Ă©stos Ășltimos de verdad que eran una autĂ©ntica tortura. Con las serpientes, el secreto era permanecer alerta y al mĂnimo movimiento cortarles la cabeza de un golpe. De hecho, en dos oportunidades tuve la visita de serpientes venenosas dentro de la casa. Pero solo fue cuestiĂłn de actuar y ya. Hasta ahĂ.
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âCon los grillos llega un momento en el que de tanto chillar y chillar uno como que se acostumbra. Al menos eso hice yo. Las hormigas, por su parte, se la pasaban buscando insectos muertos o moribundos a los que descuartizar y llevĂĄrselos; o en todo caso, buscando algo dulce. Pero yo no se las ponĂa fĂĄcil de modo que me las arreglaba para convivir con ellas sin molestias mutuas. Y asĂ con el resto de alimañas.
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âPero los bachacos... ÂĄUy, Dios! Eso sĂ era una plaga de fuerza mayor.
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âAndaban por todas partes. Y sabĂan disimular muy bien sus cavernas. Algunas eran fĂĄciles de encontrar porque se delataban con el inconfundible montoncito de tierra en forma de volcancito que indica por dĂłnde entran. Esas fueron las mĂĄs faciles de eliminar.
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âTodo se resumĂa en cavar hasta encontrar el hongo blanco que ellos mantienen en el corazĂłn de sus cuevas y de donde se alimentan a sĂ mismos y a sus crĂas. Una vez que encontraba estos hongos, los desbarataba y listo. DesaparecĂan. Simplemente se iban. Pero es que eran tantos (ÂĄpero tantos!) que a veces me daba la impresiĂłn de que toda aquella montaña escondĂa en su interior una enorme e infinita colonia de bachacos.
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âLa agonĂa era mĂĄs sentida cuando salĂan las plĂĄntulas de leguminosas. Los granos son parte de la dieta necesaria en el campo y por lo tanto, una de las cosas que mĂĄs se siembra, junto con el maĂz y las verduras. Pero aquellos bachacos parecĂa que tenĂan un radar para ubicar las siembras de granos justo cuando acababan de germinar.
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En Venezuela, ésto es un bachaco
FotografĂa de Matheus Bertelli en Pexels
Bachacos (Atta Laevigata) trasladando trocitos de hojas frescas. Con esas hojas alimentan al hongo del cual a su vez, ellos se alimentan
FotografĂa de Kirsten C. Staring en Pexels
âSe abalanzaban sobre las plantitas reciĂ©n salidas de la tierra y el acabĂłse era tal que no dejaban hojita que se salvara. Tal vez alguien piense: "Solo es cuestiĂłn de seguirlos en la fila y dar con la cueva". Se dice fĂĄcil, pero es que aquellos bichos eran inteligentes: salĂan Ășnicamente de noche.
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âUn trĂĄgico dĂa, desahogando mi impotencia con un finquero, me diĂł la soluciĂłn definitiva para mĂ problema. DespuĂ©s de contarle todos los pormenores de mi desgracia, me dijo con la serenidad del que ha ganado todas sus batallas contra la plaga de bachacos:
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â-Hay una soluciĂłn que nunca falla: gasolina.-
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âNo entendĂ. Por un instante me imaginĂ© que tendrĂa que ir rociando gasolina bachaco por bachaco. No aguantĂ© la risa.
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â-ÂżGasolina?- le preguntĂ© incrĂ©dulo y burlĂłn.
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â-ÂĄClaro!- me respondiĂł con mucha seguridad y convicciĂłn- Te quedas despierto en la noche, y con una linterna, cuando ellos lleguen a comerse la siembra, tĂș solo ubicas uno que lleve una hojita en el pico... lo sigues, y ese mismo te va a llevar junto con los demĂĄs hasta donde sea que se esconden. Y asĂ vas a encontrar todas las cuevas que tengan- afirmĂł con un gesto de triunfo.
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â-Y... ÂżquĂ© tiene que ver la gasolina en todo eso?- volvĂ a preguntarle confundido.
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âMe mirĂł con una mueca de fastidio; como si dentro de su cabeza me gritara: "ÂĄMuchacho estĂșpido!". Entonces me explicĂł:
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â-Pues tĂș vas a echar la gasolina en el hueco por donde entren- pero me lo dijo con ese tono que denotaba aspereza por mi falta de astucia y velocidad.
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âY agregĂł:
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â-Como la gasolina es inflamable y eso desprende gases que asfixian, despuĂ©s que eches suficiente, tĂș vas a golpear con el talĂłn la entrada de la cueva asegurĂĄndote de que no puedan volver a abrirla y todos los bachacos que estĂ©n adentro se ahogan, y los que queden afuera, no entran... se desorientan y se pierden.-
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âInmediatamente mi mente se iluminĂł. Me sentĂ todopoderoso. "AsĂ me tome el tiempo que me tome..." -pensĂ©- "...por fin voy a acabar con esa plaga".
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âEso creĂ.
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âSin demora, esa tarde fui donde otro finquero que estaba dispuesto a venderme cuatro litros. Con la satisfacciĂłn que me brotaba por todos los poros lleguĂ© a la casa cargando dos pimpinas llenas con dos litros de gasolina cada una.
âPensĂ© dĂłnde ponerlas que no representaran un peligro pero que tampoco estorbaran. AsĂ que optĂ© por colocarlas con cuidado debajo de la mesa en la sala de la casa y empecĂ© a calcular cĂłmo acabar aquella pesadilla esa misma noche.
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âPero un giro inesperado lo cambiĂł todo. Al cabo de unas horas los padres de Junior me avisaban que al dĂa siguiente irĂan al pueblo y querĂan saber si yo tenĂa pensado salir tambiĂ©n para que aprovechara el viaje con ellos. Por coincidencias del destino tenĂa ahorrado un dinero para comprarme un par de zapatos.
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âEntonces dejĂ© para verles la cara a los bachacos despuĂ©s.
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âEra una idea descabellada, yo lo sabĂa; pero era lo Ășnico que se me ocurrĂa. Aunque sĂłlo por esa noche, pues el sentido comĂșn me indicaba que por mĂĄs tiempo serĂa negligencia.
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â-PrĂ©stame atenciĂłn Abraham, por favor- le dije a mi hermano mĂĄs serio y urgente que de costumbre- Voy a colocar gasolina en una lĂĄmpara y te voy a decir cĂłmo la vas a usar. Hazlo exactamente como te digo.-
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âEl percibiĂł el riesgo, abriĂł los ojos sorprendido y asintiĂł en silencio.
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â-Al fin y al cabo tĂș no eres un niño- agreguĂ©.
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âY era verdad. Abraham tenĂa 20 años. Era un chico listo y muy inteligente. A veces cometĂa imprudencias... pero, Âżquien no?
âAdemĂĄs, un mechero de gasolina (mechero, mechuzo, lĂĄmpara, Âżque mĂĄs da? Es lo mismo) no era nada de otro mundo. No para Ă©l.
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âDejĂ© caer un poco de gasolina en el frasco de vidrio mientras le daba instrucciones con voz gutural.
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â-Antes de que lo vayas a encender... primero lo sacas de la casa, lo colocas sobre la piedra grande esa que estĂĄ allĂĄ afuera, y lo enciendes con el yesquero allĂ. Cuando estĂ© encendido lo traes adentro con mucho cuidado y lo colocas sobre la mesa... haces lo que vayas a hacer mientras necesites luz y no mĂĄs termines, inmediatamente lo llevas afuera sobre la piedra y ÂĄcon cuidado...! Lo apagas y lo dejas afuera. AsĂ ya sabes dĂłnde estĂĄ y si lo necesitas otra vez vuelves a hacer lo mismo.-
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Para tener una idea, asĂ es un mechero de gasoil. El que nosotros usĂĄbamos que provocĂł el incendio era un frasco de vidrio con una tapa metĂĄlica. En el centro de esa tapa se perforaba una ranura donde se insertaba la mecha.
FotografĂa de Alfo Medeiros en Pexels
âAbraham no necesitaba que le explicaran las cosas dos veces.
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â-Bueno -respirĂ© hondo al tiempo que cerraba el frasco y guardaba la pimpina nuevamente debajo de la mesa-, eso es todo. Por favor, ten cuidado. Nos vemos mañana.-
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âY me fui.
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âYendo por la calle de tierra, al pasar a la altura de la casa de nuestro vecino, VĂctor; pude distinguir a Junior que estaba hablando con Ă©l. HabĂa oscurecido un poco mĂĄs y la luz de la luna me ayudaba a ubicarme. AsĂ que continuĂ© mi camino.
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âComo a las nueve de la noche, sentados todos en torno al televisor de la casa de Cheo y MarĂa, veĂamos una novela cuando de pronto apareciĂł Junior. NotĂ© que tenĂa los ojos rojos como si hubiese estado llorando momentos antes. Andaba como errĂĄtico. TomĂł agua y pidiĂł a sus padres salir un momento afuera.
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âSupuse que algo le habrĂa pasado, pero como yo no soy de los que ande pendiente de lo mĂĄs mĂnimo ni averiguando la vida ajena, volvĂ a concentrarme en la novela. AsumĂ que querĂa contarles algo que no era de mi incumbencia. Poco despuĂ©s volvieron a entrar como si nada. Aquello quedĂł allĂ. No era asunto mĂo. O eso creĂ.
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âA las cuatro de la mañana, al sonido de la alarma, nos levantamos y nos preparamos segĂșn lo acordado. HacĂa un frĂo siberiano. Mientras me cambiaba la ropa caĂ en cuenta... ÂĄhabĂa olvidado el cinturĂłn! AsĂ no podĂa irme, el pantalĂłn me bailaba. SalĂ de la habitaciĂłn y escuchĂ© que murmuraban entre ellos... Cosa que no me extrañó en lo absoluto. Junior habĂa estado muy raro desde que llegĂł la noche anterior.
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â-Voy a tener que bajar a la casa rĂĄpidamente- los interrumpĂ - Se me olvidĂł traerme el cinturĂłn.-
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âTodos se vieron las caras con expresiĂłn de espanto. Junior se puso pĂĄlido. Cheo se apoyĂł de costado en la pared con una taza de cafĂ© bien cargado para espantar el sueño, como si del susto no quisiera caerse.
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â-Espera- me dijo Junior- Tengo algo que decirte.-
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âY despuĂ©s de varios minutos y una tensiĂłn enorme, tras darle vueltas y vueltas consiguiĂł confesarme:
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â-Tu casa se quemĂł-
ââSerĂan casi las 5 de la mañana. Con la linterna en la mano, continuaba contemplando el desastre. A mĂ lado, Abraham atropellaba las palabras tratando de contarme lo que habĂa sucedido.
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â-DespuĂ©s que tĂș te fuiste yo decidĂ acostarme temprano. ÂżQuĂ© iba a hacer despierto, solo y a oscuras?- la voz le temblaba y luchaba por mantener la calma-. Me iba a bañar pero necesitaba encontrar el jabĂłn. Entonces saquĂ© el mechero afuera y lo prendĂ tal cual como tĂș me dijiste: lo hice todo exactamente igual.-
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â<<Resulta que cuando lo traje adentro y lo puse sobre la mesa, encontrĂ© el jabĂłn entero y pensĂ©: 'solo necesito un pedazo, yo no me voy a bañar con ese jabĂłn completo'. Entonces lo coloquĂ© tambiĂ©n sobre la mesa, cerca del mechero para ver lo que estaba haciendo, y con un cuchillo presionĂ© el jabĂłn para cortarlo.>>
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â<<Pero no sĂ© cĂłmo, el cuchillo resbalĂł de costado tropezando el mechero, que cayĂł derramando toda la gasolina y encendiĂ©ndose inmediatamente. Parte de esa gasolina encendida se colĂł por entre las ranuras de las tablas de la mesa y cayĂł sobre las pimpinas que estaban abajo y eso no demorĂł nada en derretir el plĂĄstico, prendiendo tambiĂ©n la gasolina que estaba allĂ.>>
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âLa combustiĂłn fue veloz. Me contĂł que las llamas pronto alcanzaron el techo de acerolit y el asfalto que Ă©ste tenĂa como recubrimiento sucumbiĂł al calor. IntentĂł sacar lo que alcanzara salvar pero el asfalto se derretĂa rĂĄpidamente provocando dentro de la casa una lluvia infernal de petrĂłleo lĂquido como gotas de fuego.
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âSolo rescatĂł una cobija de lana gruesa que le habĂa regalado mi mamĂĄ y con la que se arropaba. No pudo exponerse mĂĄs.
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Un jovencito contempla algĂșn sitio en llamas
FotografĂa de Isaac Taylor en Pexels
âFuera de la casa, nervioso y desesperado, buscĂł un balde plĂĄstico y abriĂł la manguera pero me dijo que el agua llegaba como si estuviera cansada: un miserable chorrito sin fuerzas. CorriĂł a casa de VĂctor pidiendo auxilio y como Junior aĂșn estaba con Ă©l, salieron en veloz carrera para tratar de sofocar las llamas pero era demasiado tarde. Cuando llegaron ya no habĂa nada que salvar.
âEl fuego rugĂa como el infierno con furia y las llamas que salĂan por las ventanas de un lado y del otro de la casa alcanzaban una altura donde se tocaban las puntas. Junior me contaba luego que Abraham gemĂa y lloraba diciendo: "ÂĄDios mĂo, cuando mi hermano se entere!".
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Varios jĂłvenes observan un lugar ardiendo
FotografĂa de Marco Allasio en Pexels
âVĂctor le ofreciĂł su casa a Abraham para que pasara la noche y esperar al otro dĂa a ver quĂ© se podĂa resolver. Ninguno pudo conciliar el sueño. Minutos despuĂ©s llegaba Junior a casa de sus padres -mientras todos veĂamos la novela- con los ojos rojos y llorosos por el calor de las llamas. Los llamĂł afuera para contarles y, como Abraham estaba a salvo, acordaron no decirme nada hasta el otro dĂa para que no me perdiera el viaje y yo pudiera comprarme mis zapatos. Me lo dirĂan cuando hubiese regresado.
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âPero se me habĂa olvidado el cinturĂłn y les cambiĂ© los planes.
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âCon todo lo que sucediĂł, no dejĂ© la salida para despuĂ©s. Supongo que necesitaba distraerme. FuĂ al pueblo, comprĂ© mis zapatos y regresĂ©. De pie nuevamente al frente de lo que alguna vez fue mi casa, con la luz del sol alcancĂ© a ver la verdadera magnitud del espantoso desastre ocurrido la noche anterior.
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âA partir de ese momento comenzĂł una lucha tenaz por recuperarnos. Por lo pronto habĂa que reconstruir nuestro hogar. Eso era un hecho.
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âPero, ÂżcĂłmo llegamos aquĂ? ÂżQuĂ© nos trajo a Ă©ste lugar? ÂżPor quĂ© no vivĂamos con nuestros padres?
Para comprender el contexto, necesariamente debo retroceder desde Ă©ste punto de mi historia -algĂșn dĂa del año 2019-, hasta un 5 de marzo de 2013: la fecha a partir de la cual se acelerarĂa -a un ritmo lento pero seguro- el infierno en el que se transformarĂa la vida (o la supervivencia) en nuestro paĂs.
Seis años atrås.
ContinĂșa en el prĂłximo capĂtulo...
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Publicado con PeakD
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