Mi madre era la casa
Aquella fue la primera vez, pero luego vinieron otras veces que me dieron la certeza de lo que pensaba: la casa era una ramificación, una parte, de mi madre. Si mi madre era feliz, la casa permanecía luminosa, llena de olores a flores y a especies. Su risa era una música que se escuchaba como cuando hay fiesta y bailes. En cada rincón, el murmullo de la felicidad hacía su nido.
Pero cuando mamá lloraba todo era diferente: parecía que hubiésemos vivido un cataclismo. Los grifos se rompían, las luces de los bombillos parpadeaban y hasta la comida salía del horno quemada. El pan era salado, el arroz estaba amargo y la leche se ponía ácida; en fin, también la comida era muy triste. Hasta los artefactos eléctricos dejaban de funcionar y había un olor a humedad en toda la casa, como si una larga lluvia hubiera empapado las paredes.
La comprobación de mi teoría la tuve aquella noche de septiembre cuando, luego de que mi padre llegara del trabajo, las paredes comenzaron a tambalearse: mamá peleaba y lloraba a la vez, mientras susurraba cosas que yo no lograba escuchar. Cuando mi padre se fue con sus cosas, todas las paredes cayeron al piso, como un derrumbe y el ruido que hizo, me hizo suponer que aquel ruido era la de un corazón que se acaba de romper. Yo me quedé al lado de mi madre viendo como éramos parte de esos escombros, de esas ruinas: como isla llena de recuerdos.
Pero luego, con los meses, un día me desperté y las ventanas estaban abiertas y una luz luminosa entraba creando un espacio tan limpio y hermoso, que no tuve dudas de lo que ocurría. Me levanté y me dirigí a la cocina y allí estaba mi madre sonriendo, y aunque parezca absurdo, difícil de entender, la casa también sonreía.