La otra
Emilia, encima de soportar el dolor de la muerte repentina de Jaime, también tenía que soportar el dolor de la traición, ya que justamente el día del fallecimiento de su pareja por más de diez, se enteró que Jaime tenía otra mujer. Con la tristeza todavía en el corazón, tuvo que escuchar de boca de Pedro, el gran amigo de Jaime, que había otra. La tristeza desapareció y un nuevo sentimiento parecido a la rabia y a los celos convirtió a Emilia en una fiera herida.
Vestida completamente de negro, Emilia se dirigió a la funeraria. Mientras iba en el camino, repasaba su vida al lado de Jaime. Con razón sus constantes viajes, sus largas ausencias, si era que el hombre tenía una amante. Para Emilia ahora todo encajaba, todo tenía sentido. Se sintió engañada, humillada y estúpida. Pero Jaime había muerto y contra él no podía hacer nada, pero contra la otra sí: ella sabría que había roto un hogar.
Cuando llegó a la funeraria, se dirigió al féretro. Allí, entre flores frescas, estaba el cuerpo de Jaime. Pedro le había dicho que se encargaría de todo. Si le había servido de confidente y de cómplice a Jaime, por supuesto que serviría para hacer todos los trámites fúnebres, pensó Emilia con amargura. Hasta en la muerte, Jaime tenía cara de inocente, como si no hubiese roto un plato, pensó Emilia con ganas de llorar, pero no pudo. Allí, parada al lado del ataúd, miró Emilia alrededor buscando a la otra.
¿¡Se trevería a venir la otra!? -pensó indignada para sus adentros. Sería el colmo de la desfachatez, resopló ferozmente. En eso, una mujer entró al recinto y todos los ojos voltearon a verla. La mujer completamente vestida de negro se acercó al cuerpo de Jaime y lloró desconsolada. Cuando Emilia, indignada, le iba reclamar su desvergüenza, le miró el anillo matrimonial en la mano, miró cómo todos los amigos de Jaime corrían a consolarla. Entonces un frío helado le palideció la cara. En ese justo intante le quedó claro a Emilia que aquella mujer era la esposa y que era ella, por diez años, la que había sido la otra.
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Vestida completamente de negro, Emilia se dirigió a la funeraria. Mientras iba en el camino, repasaba su vida al lado de Jaime. Con razón sus constantes viajes, sus largas ausencias, si era que el hombre tenía una amante. Para Emilia ahora todo encajaba, todo tenía sentido. Se sintió engañada, humillada y estúpida. Pero Jaime había muerto y contra él no podía hacer nada, pero contra la otra sí: ella sabría que había roto un hogar.
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Cuando llegó a la funeraria, se dirigió al féretro. Allí, entre flores frescas, estaba el cuerpo de Jaime. Pedro le había dicho que se encargaría de todo. Si le había servido de confidente y de cómplice a Jaime, por supuesto que serviría para hacer todos los trámites fúnebres, pensó Emilia con amargura. Hasta en la muerte, Jaime tenía cara de inocente, como si no hubiese roto un plato, pensó Emilia con ganas de llorar, pero no pudo. Allí, parada al lado del ataúd, miró Emilia alrededor buscando a la otra.
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¿¡Se trevería a venir la otra!? -pensó indignada para sus adentros. Sería el colmo de la desfachatez, resopló ferozmente. En eso, una mujer entró al recinto y todos los ojos voltearon a verla. La mujer completamente vestida de negro se acercó al cuerpo de Jaime y lloró desconsolada. Cuando Emilia, indignada, le iba reclamar su desvergüenza, le miró el anillo matrimonial en la mano, miró cómo todos los amigos de Jaime corrían a consolarla. Entonces un frío helado le palideció la cara. En ese justo intante le quedó claro a Emilia que aquella mujer era la esposa y que era ella, por diez años, la que había sido la otra.