II.Christian
Ya era entrada la mañana cuando Christian despertó, sentía frío y un fuerte dolor de cabeza. El parque empezaba a ser transitado por algunas personas que comenzaban el día y otros que salían a esa hora de sus trabajos. Algunos lo observaban como si sospecharan que pasó la noche en ese sitio.
Esta vez fue demasiado lejos –piensa–. La gente sale con sus cruces a la calle, se llevan sus problemas al trabajo, cargan con ellos para sus hogares, los acumulan como la basura; los problemas crecen como el musgo en la superficie de un muro deteriorado. Christian lo sabe, y aún con los sentidos confusos por el alcohol, prefirió llevarse el musgo de esa noche al parque, a un sitio donde expulsarlo.
El hambre le obliga a revisarse los bolsillos, todavía queda algo de dinero para improvisarse un desayuno, algo frío para resistir el camino a casa, «es la marcha de la vergüenza» –sonríe cuando piensa en una de esas series que tanto le gusta– Cuando llegue a casa lo primero será un baño, después habrá que reflexionar mucho, Chris, ya son veintisiete, Chris… no puedes seguir jugando al noctámbulo, Chris… no puedes seguir jugándote el corazón al azar.
Este es el segundo bus que llega y se va repleto, hay mucha gente en la parada y es casi imposible alcanzar alguno. Se acerca otro y todo el mundo se pone en posición de arrancada, entre tirones, Christian logra alcanzar la puerta y sube, pero no consigue tomar asiento, le toca ir de pie junto a unos tipos que escuchan Trap a todo (trap)o… es realmente una tortura y para peor suerte Sabina está sin baterías guardado en un bolsillo.
Christian ya iba a cerrar los ojos en una cabeceada cuando al principio del bus percibe la figura de una muchacha. Ella ahí sentada, a salvo de toda aquella muchedumbre, parece un sueño, una visión angelical, tan hermosa que ni si quiera se siente ridículo pensando todo aquello, puede permitirse ser el más cursi y tópico de los hombres de la tierra, porque no encontraría palabras humanas que pudieran describirla. Tiene el pelo castaño claro y con iluminaciones casi grises, una cinta lo sostiene fundiéndose con el color del cabello, su piel es de un blanco tan delicado que parece de un material más aterciopelado.
Ella ni siquiera lo sospecha, pero en los ojos de Christian a pesar de tener el aspecto apagado de la trasnoche, crece una llama cálida que va inundándole todo el cuerpo.
La muchacha está absorta en la música que escucha con sus auriculares, tiene la mirada perdida en la ventanilla. Él daría la vida porque ella lo percibiera, pero sería demasiado raro ponerse a hacer señales, como si fuera un náufrago que lleva mucho tiempo tirado en una isla y a punto de morir de inanición. Tiene que resignarse y esperar a que la ley de la atracción actúe sobre ella.
Dicen que cuando alguien te observa fijamente, puedes percibir ese magnetismo y vuelves la mirada instintivamente. Christian está a punto de perder toda su fe en la ciencia o cualquier
poder divino que sostenga esta teoría cuando el rostro de la muchacha comienza a elevar la mirada. Son agujas lo que le penetran en la piel, millares de diminutas fibras dándole una sensación de hormigueo, ella está ahí mirándole a los ojos, lo observa con compasión, pero no hay un ápice de lástima, es ternura, es como si quisiera sanarle y de hecho lo hace.
Hay un momento en el que las miradas se sostienen y notas como las pupilas de la otra persona van de un lado a otro, temerosas pero firmes, en ese momento lo único que albergan es el rostro del otro ser y todo alrededor desaparece.
Mas la vida real también juega sus cartas y es cuando llega el fatídico momento de la despedida, no se han dicho nada pero no hace falta, basta con mirar ambos rostros para saber cuánto les quema adentro. Como si no bastara tanta ternura, ella le sonríe. Christian no sabe qué hacer cuando la observa bajar los escalones del bus, solo comprende que no debería ir tras de ella, algo así no desaparecerá tan deprisa, está seguro de eso.
Christian, alejándose, sostiene su corazón con una mano, la otra, sudada se marca en el cristal, sus ojos intentan no perderla…
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Este es el capítulo 2.1 de mi novela #QueSeLlamaSoledad, Luna y Christian, sus personajes principales son dos jóvenes cubanos que tienen en común varios desmanes en el amor. Sin embargo el universo se ha empeñado en demostrarles que también hay una oportunidad para ellos.
¡Así que también la hay para ti!
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