—¡Amor mío! ¡¿Dónde estás?! ¡Me duele! ¡¿Por qué no me contestas?! —los alaridos de Matilde se escuchaban por toda la casa.
Imagen original de: Pexels | Karolina Grabowska
Raúl los escuchaba, simplemente no le prestaba atención. Para ese punto la culpa y desesperación le ahogaban. Llevaba tres noches sin dormir, y no sabía cuántas sin comer, se sentía nervioso, cansado. Desde que habló con el brujo ya no era el mismo, al igual que Matilde. A ella el hechizo le consumió la carne, mientras que a él el alma.
—¡Me duele la piel! ¡Me duele por dentro! —repetía la mujer.
—Maldición —masculló Raúl con los dientes apretados y lágrimas corriéndole por las mejillas —. Necesito callarla, ella no se merece esto —«Ni yo tampoco» pensó, aunque no tuvo el valor de hablar, o quizá el cargo de conciencia no le permitió decirlo en voz alta.
Pronto una gota de lamento cayó hasta el cañón del revolver. Raúl soltó otra grosería al viento, mientras recordó el día que su mujer falleció, y luego cuando aquel hechicero maldito le convenció de que podría tenerla por siempre. «No, no me convenció —dijo una voz, su voz, en su cabeza —. Más bien, yo lo convencí a él».
—Podrás recuperarla —afirmó el hechicero aquella vez —, pero tienes que entender que la vida y la muerte son como la corriente de un río. Un canal interminable cuyo curso nadie puede detener.
No lo entendió. El dolor le nubló el juicio, pensó que no podría soportar una vida de sufrimiento sin Matilde en su cama, sin verla por las mañanas ni escuchar su voz. «Ahora ella sufre por mi culpa» admitió; y, convencido de lo que tenía que hacer, apretó el arma con fuerza entre sus dedos y salió de la habitación.
«Raúl, Raúúúúúl» insistía en llamarlo Matilde, en lo que sonaba más como un aullido que como palabras. Él respiró hondo antes de entrar al cuarto, que alguna vez compartió con su esposa, y empujó lentamente la puerta.
—Aquí estoy, amor mío.
—¿Dónde? ¡No puedo verte! —replicó ella —. Oh, Raúl. Esto me duele demasiado —aseguró, en un tono de voz tan bajo que fue casi inaudible para él.
—Lo sé, mi amor, lo sé —respondió mientras se acercó a la cama y se sentó a su lado —. Todo esto es mi culpa —aseguró, acariciándole con su mano el frío y tieso rostro.
Su rostro, que alguna vez fue tan suave, cuando fueron felices en el pasado. Nada de eso quedaba ya. De Matilde, lo que alguna vez fue, solo conservaban dolor y recuerdos; tanto él como ella.
Todo fue felicidad cuando, de entre los muertos, el hechicero la trajo de vuelta. Parecía un cuento, una de esas situaciones que son únicas en la vida y que por fortuna, creyó Raúl, le sucedía a ellos. No obstante los días pasaron y los cambios en Matilde comenzaron a hacerse cada vez más notables.
Primero se secó la piel y luego comenzó a caerse el cabello, pronto la carne se pegó a los huesos, dejando a estos últimos visibles en algunas zonas. La nariz se cayó y los huesos de piernas y brazos terminaron por quebrarse como dos palitos de madera. Por último los ojos se secaron, y con ellos la vista se apagó, pero el dolor nunca, hasta ese punto, cesó. Solo entonces las palabras del hechicero cobraron más sentido que nunca en Raúl: «Nadie puede detener el curso de la muerte».
Le besó la frente, sabía que dentro de aquel cadáver descompuesto aún estaba la mujer que alguna vez amó, y, con la voz entrecortaba, le susurró al oído: «Lo siento». Después del primer disparo el dolor terminó y, tras el segundo, solo hubo silencio.
XXX
Juan Pavón Antúnez
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