—Apresúrate, pequeño niño —dijo el payaso. Su tono de voz era sumamente calmado, aunque parecía estar molesto—. No tengo todo el día; ven, ven—insistió.
—¿Me prometes que no es un truco? —preguntó Jonás, un infante que a diario transitaba frente a ese edificio abandonado, cuyo interior resultó más oscuro de lo que aparentaba ser por fuera, pero por alguna razón, nunca antes había visto al payaso.
La sórdida sonrisa en el rostro pintado de aquel no terminaba de convencerle.
—¡Lo prometo! —exclamó repentinamente y se llevó la mano derecha al corazón.
Con la izquierda le alcanzó un tazón lleno de caramelos, Jonás no se percató de dónde los había sacado.
—¿Eso fue magia? —preguntó, intrigado, mientras comprobó que los dulces eran reales al degustarlos.
—No —sentenció este, de forma tajante.
«¿Entonces qué es?» se interrogó en sus adentros y, antes de que pudiera preguntar otra cosa, el payaso respondió:
—Es solo una muestra de todo lo que puedo enseñarte —y repitió—: Ahora ven, ven. Tengo más —haciendo ademanes con las manos le invitó a acercarse.
El niño, un poco asustado, avanzó. Ambos se adentraron en la edificación, entre la penumbra, hasta que la oscuridad envolvió por completo su visión.
XXX
Este relato corresponde a mi participación en el mes de concursos de microrrelatos de terror | Segunda semana - Payasos de . Les invito a que se animen a participar.

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