Mi madre... de cuya resiliente vida conencé a hablar en el post 1 de esta serie. Nació en "cuna de plata" en una hacienda cacao en Caucagua, Barlovento, estado Miranda, Venezuela., de la cuál era administrador su padre, Don José Isabel Tovar, español oriundo de las Islas Canarias.
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Cómo dato curioso, esta población de Caucagua fue fundada ¡Dos veces! Primero, en 1690 con el nombre de Valle de Aragua, fue refundada en 1752 con el nombre que aún conserva: Caucagua.
Mi mamá nació en 1917, por lo que mi relato está ubicado en la primera década de los años 20, los "años locos".
Para esa época en Venezuela aún no se imprimían billetes ni se acuñaban monedas pero circulaba una moneda estadounidense de una onza de oro
que era llamada "morocota" debido a que cuando el general José Tadeo Monagas, por primera vez recibió dicha moneda en Caracas, supuestamente dijo por el parecido de la moneda al pez de rio morocoto o cachama blanca que es casi redondo.
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Cada cierto tiempo abrían los baúles y colocaban las morocotas en el suelo, una al lado de la otra, y un patio grande se encontraba lleno de morocotas recibiendo sol para que no se enmohecieran.
Así, rodeada de morocotas y otras cosas transcurrió la infancia de mi madre, entre lujos - como cuando necesitaban comprar zapatos a las niñas de la "Hacienda de Las Niñas". Entonces no se bajaba al pueblo. Una llamada telefónica bastaba para que al poco tiempo llegara el empleado de la zapatería a probar a las niñas los zapatos hasta que encontrarán el par de su preferencia.
Pero en ese mundo de oro asoleado para que no se enmohecieran y empleados de zapatería haciendo delivery cuando faltaban más de 50 años para que la palabra se usará en Venezuela... también aparecerían sinsabores.
Cómo la vez que mi mamá entró en la cocina a una de esas sesiones en que después de una paliza la cocinera le aplicaba manteca y sal en las heridas y tropezó justamente con la señora que cocinaba y la olla de agua hirviendo que llevaba en las manos le cayó casi íntegra encima.
Quedó muy mal... tan mal tan mal que su mamá le daba de mamar - a ella, ya con seis años - a la par que a su hermanito recién nacido - Lo normal es que hubiera siempre un hermanito recién nacido -.
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El médico de cabecera dió pocas esperanzas de vida.
La mandaron a tomar consomé de pichón de paloma y leche de burra negra.
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Contra todo pronóstico la vida de mi madre no se apagó a raíz de ese incidente, aunque muchos años después sentía picazón ocasionalmente en la cicatriz.
No fue esa su única escaramuza médica, ya que en otro momento de pérdida de salud - del cual nunca me dió detalles - los médicos - estos sí fueron varios - afirmaron que no soportaría el desarrollo.
Sin embargo, el desarrollo sí vino, con las incomodidades naturales - menos la de adquirir toallas sanitarias, pues las damitas utilizaban pañitos que debían luego lavar - por supuesto que a mano, no existían lavadoras, mi madre nació en 1917 cuando apenas comenzaba a dar sus primeros pasos el siglo XX.
Pues sí, el "desarrollo" vino y no solo la dejó con vida sino que le permitió ver - antes de cambiar de plano - cinco hijos y ocho nietos.
Espero que esté segundo compartir acerca de las vivencias de mi madre haya sido de vuestro agrado.
Nos seguimos leyendo
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