Nota de la autora: El siguiente relato está inspirado en la canción Anma ed Préia de A Tergo Lupi, el cual puedes escucharlo aquí. Así mismo, es secuela del relato "Una revelación inesperada" y transcurre después del capítulo 33 del relato Una terrícola en Titán, publicado hace poco en este mismo espacio.
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La boda. Eso fue lo primero que vino a la mente del general Adelbarae Borg mientras caminaba por el puerto espacial de Helospontos, capital de Neptuno.
¿Por qué se le cruzó por la mente ese momento? ¿Por qué de repente se le venía al recuerdo la mirada de Güzelay, su difunta esposa? No. No era difunta... O quizás sí lo era. Ya ni sabía. Las palabras de la Santa Vidente Ilyame de Neptuno aún estaban frescas en su mente; la ambigüedad de sus últimas palabras habían despertado en él toda clase de duda.
Si estaba viva, podría estar escondida en Titán. O quizás Creonte...
Negó con la cabeza. No... Ella no se rebajaría a semejante cosa; ella habría optado por la muerte antes que ser objeto de más humillaciones, pensó mientras se sentaba en un banco, frente al mar de Hilios.
De nuevo recordó la boda. Recordó el bello vestido verde con dorado que tenía puesto. Los adornos de oro y plata que llevaba en su cabeza. Sus ojos castaños expresivos, los cuales parecían aceptar con cierta resistencia su destino. Como si planeara toda clase de estrategias para zafarse de aquel matrimonio.
Recordó el momento en que le colocó el anillo de cobre. Su mano suave y tersa sobre la suya, callosa y dura. El gesto de ella, contenido. Seco. Como si desde ese entonces planeara cómo marcharse de ahí por todos los medios.
Recordó que intentó ganarse el respeto de su familia y de él mismo por un año; se esforzó por encajar, por tolerar las groserías de su hermana Ralna, de sus padres Niloctetes y Ennio. Pero de forma paulatina disminuyó sus atenciones, como si cambiara de objetivo, como si se concentrara en ganarse el favor de aquellas familias que veían a los Borg con auténtico desprecio, como los Von y Getz. De familias que estaban enemistadas con Ecclesía.
Su padre consideró esa red como algo imprescindible en un lugar como el palacio imperial. De hecho, consideró los esfuerzos de Güzelay como los más fructíferos que se haya visto en la historia de la familia. Por eso es que el patriarca veía a la joven terrícola como la hija astuta que siempre quiso y que Ralna no sería jamás. El hijo prudente que él, con todo y sus victorias, jamás sería si no fuera por su eterno enamoramiento por la Serpiente de Nibiru. Por eso su padre le había dicho que le había elegido una esposa astuta e inteligente; una mujer que pudiera ver las cosas más allá de sus narices.
