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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Iba a preguntarle sobre qué pistas hablaba, pero la shaman no quiso decirme. “Eso, hija mía, lo descubrirás en este viaje”.
Mientras me dejaba un momento a solas, empecé a reflexionar sobre varios detalles que no consideré importantes en su momento. El primero era todo lo relacionado con Hanis y Ceren Bey. La gente de la corte solía compararme con Ceren, y hasta asumían que estaba emparentada con ellos. Creí que estaban exagerando, que quizás solo les recordaba a Ceren nada más debido a mi carácter. Pronto caí en cuenta de que jamás se me pasó por la cabeza buscar un retrato de Hanis y Ceren para saber cómo fueron en lo físico.
Luego pensé en mi abuelo. Recuerdo que en los días previos a su muerte había regresado a casa con una herida profunda, según hecha por unos malhechores a la salida de la terminal de Autobuses de Oriente. La herida se había ennegrecido, y a partir de ella unas raíces empezaban a expandirse. En dos días pereció en medio de una agonía silenciosa, con su mente en las puertas de Riothar.
¿Qué relación tenían ambos casos? Sospecho que tendría mucho que ver.
Los Meeka era una de las etnias más numerosas de Titán. Sus actividades económicas principales eran el comercio y la agricultura, así como el intercambio de bienes. Icsos, su capital, no era más que una villa circular protegida con murallas de piedra. Los guardias se encontraban apostados tanto en la parte superior de las murallas como en los lados de cada una de las cuatro entradas de la villa.
Su sistema político era una diarquía, un gobierno de dos representado por el jefe máximo y el shaman mayor; en el jefe máximo recaían las decisiones políticas en relación con alianzas y tratados comerciales, así como mantener el orden público. Por su parte, el shaman mayor se encargaba de los asuntos religiosos; él determinaba cuándo se celebraría las próximas celebraciones anuales a través del estudio de las estrellas en su observatorio, así como aconsejar al jefe máximo en tiempos de guerra. Mientras que el jefe máximo era electo cada diez años, el shaman mayor permanecía en el puesto hasta su jubilación o hasta la muerte.
Menerptah era la shaman mayor, hija de madre terrícola y padre meeka; tenía 89 años. Estaba casada con un pariente de Romulius, el actual jefe máximo de los Meeka. Tenía tres hijos; la mayor, quien llevaba su mismo nombre, era aprendiz de shaman. El mediano, Gustus, servía como diplomático en el Consejo Tribal. El menor, Orestios, era uno de los cinco señores de la guerra, un puesto de gran importancia en el estado, pues se encargaba de la protección de la ciudad y las regiones colindantes.
Menerptah tenía un nieto más o menos de mi edad, hijo de Orestios. Se llamaba Yongqi, nombre asignado por su madre, una terrícola de Corea del Sur, antes de fallecer durante el parto. Yongqi era guerrero también, aunque era soldado raso; su padre lo crió bajo la máxima de que los logros se obtenían mediante el trabajo duro y honrado. Tenía sus propias aspiraciones, aunque muy diferentes de lo que se podría esperar del hijo de un señor de la guerra.
“Quiero viajar. Conocer otros planetas, incluso el de mi madre”, me comentaba mientras comía un plato de sopa de thur, un animal parecido a un pato terrestre, con sus verduras. “¿Es cierto que se parece mucho a Neptuno?”
“Si te refieres al agua, pues sí. Tenemos agua en abundancia en los mares, aunque ya no hay mucha en los lagos, ríos y lagunas”, le expliqué con honestidad. “La ambición de unos pocos se ha encargado de secarlos”.
“¿Y hay serpientes de lluvia como aquí?”
“Bueno, no precisamente, pero se narran historias de ellas en algunas comunidades de la región en donde vivía. En Yucatán, México. Los campesinos la llamaban Tsukán; la relacionaban con las grutas. De hecho, dicen que es su guardián eterno. En los últimos días de la temporada de lluvias sale de las grutas, vuela por los cielos y se adentra en el mar”.
“¿Y esos campesinos la han llegado a ver?”
“Bueno, no estoy segura. La describen tal y como las de aquí. Escamas y crines. A modo personal, nunca me imaginé toparme con una. La creía un mito”.
“¿Un mito? ¿Algo así como un relato sagrado?”
“Pongámoslo así. Los terrícolas somos demasiado incrédulos en algunos asuntos, aunque habemos algunos que decidimos no meternos en ellos por pura salud mental”.
Dejando de lado el plato, me levanté y le dije: “¿Hay algún modo de salir de la villa y dirigirme hacia las puertas de Riothar?”
“Puedes salir de la villa, pero no sin escolta. Mi abuela me dijo que últimamente se ha visto a las serpientes rondando la zona”.
“¿Hay serpientes aquí?”
“Sí. Pero no es de esas serpientes de quienes deberías preocuparte”.
Le miré, dubitativa. Yongqi añadió: “Hombres vinculados a la corte imperial. Y quien los lidera es el hermano de la Gran Serpiente de Nibiru”.
Sentí que los colores se me iban. La Gran Serpiente de Nibiru es el apodo con el que se le conoce a Ecclesía. Y el hermano de quien Yongqi hablaba era Creonte. Menerptah me advirtió esta mañana que él tenía estrecha relación con los traficantes que me trajeron a Saturno hace dos años, por lo que es posible que esté en la zona con el propósito de cazar nuevas presas para el harén.
O esté buscándome.
“No. No creo que me busquen”, murmuré mientras me paseaba por la habitación. “Para ellos estoy muerta”.
Las puertas se abrieron. Dos criadas de Menerptah entraron, cargando con un traje ceremonial, consistente en pieles de kamcha, un animal parecido al bisonte, excepto que tiene tres ojos. Los collares que le acompañan eran de vistosos colores. Pregunté cuál era la ocasión; una de las sirvientas, con timidez, me explicó que esa noche llegará una comitiva de los V’adh, rivales históricos de los Meeka y con quienes estaban en medio de pláticas de paz.
“Los V’adh… Bueno, estuve en su territorio. Casi me matan como sacrificio a una cosa de cabeza larga, baja y angosta como un reptil; tiene dientes cónicos y rectos, y en su espalda tenía espinas…”
Las sirvientas se quedaron boquiabiertas. “¿Te topaste con el trestios?”, me preguntó la otra.
“¿Trestios?, ¿así le llaman al espinosaurio? Bueno, sí. A él me iban a sacrificar los señores hasta que llegó un escorpión de lava, o scordipiox como le llaman”.
El silencio que siguió se podía interpretar como una mezcla de shock y asombro. “Creo que los dioses estuvieron de tu parte”, comentó la criada tímida. “Pocos sobreviven a un encuentro con esos dos”.
Me limité a asentir.
