¡Saludos, comunidad de Spooky Zone!
Soy . Hace unos días les compartí "Dos días sin sombra" y hoy traigo la segunda parte. Espero les guste.
Aquí el enlace a la Primera parte, por si quieren refrescar la memoria o leerla por primera vez.
(La historia continúa...)
Raúl fue encontrado en el parqueo del edificio el domingo 15 de febrero en la madrugada.
Tirado boca arriba junto a su auto, con los ojos abiertos mirando el techo de cemento y una botella de whisky vacía a su lado.
Un vecino lo vio desde la ventana y llamó a emergencias.
Ya en el hospital, el dictamen inicial fue coma etílico, por lo que quedó ingresado en la habitación 312.
Tres días después, el miércoles 18 de febrero al mediodía, Raúl abrió los ojos. Vivo. Fuera de coma.
Pero algo en su mirada no regresó.
No reconocía a nadie. No sabía qué día era. Solo repetía una y otra vez, en voz baja, como si temiera que alguien más lo oyera:
La sombra… ella escribió la nota… ella me tiene desde adentro…
Los médicos movieron la cabeza.
“Psicosis alcohólica. Delirium. Ya verán, con reposo se le pasa.”
Pero la enfermera que lo atendía desde la primera noche, Yadira, había sentido algo mucho antes.
Durante el coma, mientras le cambiaba el suero, la cortina de la habitación se movía.
No era el aire acondicionado. Era un movimiento lento, deliberado. Como si una silueta se proyectara desde la cama y se deslizara por la tela blanca, alargándose hacia la pared opuesta.
Yadira lo vio varias veces: la sombra de Raúl se separaba un poco del cuerpo inmóvil y se quedaba allí, quieta, observándola.
Cuando ella se acercaba con la linterna para revisar los signos vitales, la sombra retrocedía despacio, volviendo a su lugar. Como si supiera que la habían descubierto.
Yadira no dijo nada. Se convenció de que era el cansancio de los turnos dobles, el sueño acumulado, la luz fluorescente que juega malas pasadas.
Pero cada vez que entraba en la habitación 312, sentía esa presencia fría desde la cortina. No era viento. Era mirada.
Cuando Raúl despertó y empezó a delirar con la sombra y la nota que no había escrito, Yadira ya no pudo seguir negándolo.
Escuchó cada palabra entrecortada: el séptimo piso, los pasos que imitaban su caminata, el roce debajo de la cama, el mensaje que juraba no haber tocado.
—Tiene que haber algo —le dijo a su compañero Marcos en la sala de descanso, con la voz baja—. Yo vi esa sombra moverse sola en la cortina mientras él estaba en coma. No era reflejo. Se movía.
Marcos levantó una ceja, con el café en la mano.
—Yadira, llevas tres turnos seguidos. Duerme un poco.
Pero ella no pudo dormir.
Insistió. Llamó a la policía.
Llegó un detective. Rivas, quien en quince años de oficio lo había visto todo.
Escuchó a Raúl cinco minutos, leyó el informe médico y sonrió con incredulidad, esa sonrisa cansada de quien ha oído versiones peores.
—Señorita, esto es clásico delirium tremens. Alcoholismo crónico. El paciente se inventa historias para justificar lo que no recuerda. Caso cerrado.
Se encogió de hombros y se fue sin más drama.
Yadira no se rindió.
Consiguió la dirección de Raúl en los archivos del hospital.
Un séptimo piso, apartamento 7B, en un edificio viejo, con vista a la plaza.
Con toda la información acumulada, decidida a desentrañar la incógnita que la hacía dudar de su propia cordura y dispuesta a terminar con esa paranoia que empezaba a sentirse como una grieta en su mente, Yadira salió del hospital ese jueves 19 de febrero por la tarde, cuando terminaba su turno.
Llegó al viejo edificio.
La puerta del apartamento estaba entreabierta.
Un dedo de espacio.
Entró.
Olía a cerrado, a ceniza fría, a whisky derramado hacía días. Botellas vacías por todas partes. Vasos rotos.
Y en la mesa del living, una laptop abierta.
Yadira se acercó despacio. La pantalla aún tenía luz. Un archivo de notas abierto.
Leyó:
"No fue el whisky.
Ella me ve desde adentro ahora.
Y a ti, que estás leyendo esto a oscuras… también te mira."
Algo frío le rozó la nuca.
Yadira giró.
La puerta del apartamento se había cerrado sola.
Un dedo de espacio.
Y en la pared del living, su propia sombra la esperaba. Quieta.
Cuando Yadira levantó la mano para tocar la pared, su sombra no se movió.
Pero cuando ella bajó la mano, temblando, su sombra levantó la suya.
Y le sonrió…
A la mañana siguiente, Marcos llegó al hospital y preguntó por Yadira. No había llegado.
Llamaron a su casa y nada.
Dos días después, la encontraron en el parqueo del edificio de Raúl,
justo como Raúl, tirada boca arriba con los ojos abiertos mirando el techo de cemento.
Coma etílico, dictaminó el parte médico.
Nadie preguntó cómo una enfermera que nunca bebía terminó borracha en un parqueo en horas de la madrugada.
Nadie fue al séptimo piso.
Nadie abrió la laptop.
Pero debajo de uno de los autos cercanos —un sedán gris con el parachoques abollado—, el teléfono de Yadira había rodado y quedado perdido en la oscuridad.
Nadie lo vio. Nadie lo buscó.
A las 4:17 AM, la pantalla se encendió sola. Un brillo débil y azul que iluminó el asfalto húmedo por unos segundos.
El mensaje apareció:
"No fue el whisky.
Ella me ve desde adentro ahora.
Y a ti,... también te mira."
El teléfono vibró una vez, muy suave, como un susurro.
La pantalla se apagó.
Pero la puerta del apartamento 7B sigue ahí.
Siempre entreabierta.
Un dedo de espacio.
Esperando…
A veces las sombras no se van cuando apagas la luz.
Solo esperan que abras la puerta equivocada.
¿Qué opinas?
– ¡Nos leemos en la próxima entrega!