Saludos, amigos de Zona de Escalofríos. En esta ocasión, me sumo a la iniciativa del mes para responder a las preguntas que nos han servido sobre la mesa. Me gustaría empezar agradeciendo a mis amigas ,
y
por invitarme a participar. Disfruté sus publicaciones. Aprovecho también para invitar a
y
, quienes seguramente tienen mucho que aportar a este tema.
Antes de iniciar con la ronda de preguntas y respuestas, quiero acotar que este fue un ejercicio de memoria bastante grato en el que tuve que desempolvar viejos recuerdos. Como me extendí más de lo que esperaba, conté las anécdotas en forma de relato para no cansarlos.
Agradezco la lectura y el tiempo dedicado a esta publicación. Un gusto, como siempre, participar en las iniciativas de esta comunidad.
¿Qué es un espíritu para ti?
Depende del contexto en el que estemos hablando, mi respuesta a esta pregunta varia. En este caso, atendiendo a la temática de la iniciativa, para mí un espíritu es el alma de una persona que ha muerto. Puede que haya quedado penando por alguna razón u otra. O puede que no, pues hay espíritus que son convocados mediante rituales.
Podríamos decir entonces que el espíritu es nuestra esencia; otra forma de nombrar el alma humana.
Aunque dicho tema siempre me genera conflicto porque también está la parte racional que aboga por la explicación científica, cuya proposición es que no tenemos un alma, sino una mente consciente, producto de la actividad cerebral. En base a esto, podemos decir que los espíritus no existen y que al morir nos ocurre lo mismo que le pasa al televisor o al ordenador cuando desconectamos el cable de corriente.
¿Crees en fantasmas?
Sí, creo en ellos. No me gusta admitirlo, pero soy supersticioso. Además, he vivido experiencias a las que no encuentro explicación lógica.
Por ejemplo, hace unos veinte años, mis padres y mis hermanos vivimos un tiempo en casa de mis abuelos maternos. Por aquel entonces yo tenía entre siete y ocho años. La casa era enorme (aún lo es), así que había varios cuartos y espacios en donde pasar el rato.
Recuerdo que me llamaba la atención que mi abuelo tuviera, en uno de los rincones de su cuarto, un vaso con agua al que le ponía una vela encendida todas las noches.
—¿Para qué es eso, abuelo? —le pregunté una vez.
—Para el ánima sola —respondió—. Si no le enciendo una vela se molesta.
Tiempo después entendí a lo que se refería.
A veces, durante las reuniones familiares, mientras todos estaban bebiendo y compartiendo en el patio, entraba para la casa a buscar café o beber agua y, cuando estaba en la cocina, escuchaba y veía como se abrían y cerraban las puertas de los cuartos súbitamente, con tanta violencia que salía corriendo para el patio con el corazón a mil por hora.
Les contaba a mis padres o a mis tíos lo sucedido y las respuestas siempre eran las mismas:
—Esa es el ánima sola.
¿Tuviste una experiencia sensorial o visual con ellos?
He tenido varias experiencias sensoriales con ellos, por eso creo que existen, aunque a veces lo ponga en duda.
En abril del 2021, me mudé para Tocuyito, Carabobo, con mi hermana que es un año menor que yo. Ella tenía tiempo viviendo sola en esa casa, perteneciente a uno de mis tíos que emigraron del país. La pandemia había causado estragos en la economía y los trabajos eran escasos. La idea era empezar de nuevo y salir a buscar trabajo por la zona para mejorar mis finanzas.
Durante los ocho meses que estuve allí, sucedieron cosas extrañas. En las noches, cuando estaba solo porque mi hermana había ido a pasar el fin de semana en casa de nuestra madre, si tenía la puerta de mi cuarto cerrada cuando intentaba dormir, alguien golpeaba una y otra vez la madera, como si quisiera entrar.
Las primeras tres veces que esto pasó, estaba asustado, tanto que no abrí la puerta. La cuarta vez me cansé de aquel juego, me levanté de la cama, abrí la puerta y dije:
—¡Ya! ¡Deja el fastidio! ¡Si quieres pasar, pasa! ¡Pero déjame dormir tranquilo!
Luego de eso el ruido no volvió a repetirse y dejé de cerrar la puerta cuando iba a dormir.
En cuanto a experiencias visuales, solo he vivido una que va más allá de ver el celaje de una sombra o tener la sensación de que alguien te pasó caminando por un lado.
Ocurrió hace unos doce años, cuando tenía dieciséis y la vida era mucho más sencilla. Me encontraba en casa de un amigo al que llamaremos C. junto con otro al que le diremos H. Estábamos haciendo ejercicios para sacar músculos e impresionar a las muchachas. Teníamos varias pesas rudimentarias, hechas por nosotros. Nos reuníamos todos los días en aquella casa, a partir de las 6:00 p. m. Terminábamos de ejercitarnos una hora después.
Una noche, luego de terminar nuestra rutina, C. entró a buscar agua porque H. y yo teníamos sed. Sin embargo, C. se desvió para su cuarto a buscar otra cosa. Como demoraba más de lo normal, H. y yo entramos a ver qué ocurría.
En el camino, nos encontramos en la sala con él. Acababa de salir de su cuarto.
—Chamo, ¿qué pasó con el agua? —le preguntó H.
—Ahí está la nevera y adentro en la puerta están los vasos —dijo C., antes de señalar la nevera que estaba en la zona de la cocina, justo al frente de nosotros—. Si quieren… —empezó a decir, pero se quedó mudo al ver lo que nosotros ahora también veíamos.
Afuera, en la ventana de la cocina, había un sujeto observándonos. Vestía una camisa de rayas y usaba una gorra calada hasta la frente que impedía ver sus ojos y oscurecía su rostro. Los tres nos quedamos de una sola pieza. El sujeto se movió con total lentitud y siguió su camino, terminando así de pasar frente a la ventana. Reaccionamos medio minuto después y salimos a ver quién era. Pensamos que podía ser un ladrón, pero nos llevamos una gran sorpresa.
Era imposible estar o caminar por donde había aparecido. Se trataba de un pasillo que habían derrumbado hace muchos años. Había trastes viejos, vidrios y piedras amontonadas en el suelo. Además, el pasillo llevaba hasta el garaje de la casa, pero esa puerta estaba sellada, así que no había forma de que hubiera escapado. Lo cierto es que no volvimos a verlo.
Sin embargo, duramos mucho tiempo hablando sobre esa experiencia. Fue la primera y única vez que los tres vimos un fantasma, pues no encontrábamos otra forma de llamarlo. Lo curioso es que los tres vimos lo mismo.
¿Crees que son malvados o buenos?
Esta pregunta me hace pensar lo siguiente:
Ser malvado significa tener maldad, desde un punto de vista moral. Es decir, tener conciencia del daño que estás causando y hacerlo deliberadamente. ¿Puede un fantasma o espíritu decidir qué hacer? ¿Qué gana un espíritu al perturbar a un ser vivo? ¿De qué le sirven esas energías que muchos dicen que roban? ¿Con eso prolongan su estadía en el mundo de los vivos? Entonces, ¿todo es una cuestión de apego y de no aceptar el final? ¿Tiene sentido aferrarse a algo así?
No quiero pecar de ignorante. Sé que hay muchas respuestas a esas preguntas, pero cuando se trata de cosas que ocurren después de la muerte, me cuesta creer en ellas.
En mi caso, preferiría desaparecer completamente.
Aunque si tuviera la oportunidad de proteger a un ser querido siendo un fantasma lo haría, pero solo cuando sea necesario. Es decir, luego de morir, no me gustaría estar ligado a una persona, ver todo lo que hace y seguirla a todas partes, aunque se trate de un familiar. Sería vergonzoso contemplarla en su intimidad o escuchar sus conversaciones. Además, me dolería no poder hablar con ella o abrazarla.
Entonces, ¿son malvados o buenos? Resulta lógico pensar que así como los humanos podemos ser buenas o malas personas, existen fantasmas que también lo son. Pero creo que no actúan deliberadamente y por eso no los encasillaría en ninguna de las dos categorías. Sin embargo, lo más probable es que esté equivocado y me falte vivir más experiencias paranormales para hablar con bases sobre este tema.
¿Qué crees que buscan?
Paz. Descanso eterno. Alcanzar la luz al final del túnel. Saldar deudas pendientes. Quién sabe. Hay muchas cosas que desconozco y prefiero no opinar mucho al respecto. Pero si yo fuera un fantasma, buscaría el descanso eterno; desconectar el cable de corriente. Me parece mejor que vivir eternamente.