El cubo
Desde hace meses no hay luz, tampoco agua, por lo que vivimos en una permanente oscuridad, con sed y hambre, poblados de ecos, aturdidos. Sin mirarnos a la cara, con los ojos vacíos, vagamos mirando al piso, con las mandíbulas dispuestas y cuando encontramos migas de pan o hierba fresca, saltamos sobre ellas, como fieras feroces, y tragamos con verdadera fruición, voracidad y ganas.
Los Rojos a veces vienen y como podemos nos arrastramos hasta ellos. El que más aplaude, se lleva un trozo de carne, un pote de agua. Entonces, débiles, famélicos, hemos aprendido a aplaudir hasta con los dientes. Los Rojos ríen a carcajadas, desde las alturas, y tiran las migajas de pan que engullimos como animales ciegos en el piso.
No todos deambulamos por las calles. Dicen que hay algunos que han hecho pequeños refugios, guaridas, donde intentan ser invisibles, pero hasta allá llegamos y forzamos su salida para devorarlos. El cerebro es el órgano más codiciado, más suculento. En el mercado, los Rojos pagan bien por ellos. Algunos logran huir y salir de esto, pero otros han tenido que quedarse y se vuelven como nosotros: muertos en vida.
A falta de agua y el clima sofocante, a nuestra piel le han salido grandes ronchas, erupciones, escaras blancas y rojas, que arden y tienen olores nauseabundos. Lo bueno es que de ellas salen gusanos fétidos que sirven para matar el hambre. Entonces mordemos nuestra piel seca, leprosa, aliviados por la mordedura y por la carne.
En las calles encajonas, diariamente, estamos todos, como una manada, dando vueltas sin lograr ir a ninguna parte. Esperamos matar el hambre con cualquier cosa, por eso no hablamos, solo emitimos sonidos, quejidos, aullidos, gruñidos guturales. Los que guardan silencio, se les reconoce como cadáveres, arrojados en cualquier esquina, acostados en el piso, con la cabeza entre las piernas, con la oscuridad pegada a la nuca. Hay que tener cuidado para no pisarlos y levantarlos nuevamente.
Nadie sabe cuántos quedamos, pero dicen que muchos han huido sin saber a dónde. A veces llegan noticias de ellos, pero extrañamente, como el que lleva una semilla, añoran estar aquí adentro, en esta desolación llena de ceniza gris y polvo. Y es que aquí las casas parecen esqueletos abandonados y los carros detenidos son esculturas en mitad de los escombros.
Los que no se van jamás son los pájaros, al igual que las moscas, que vuelan en círculos encima de nosotros, atraídos por el olor de sangre vieja, sudor rancio y mugre. He escuchado que somos un cubo lleno de desechos, un receptáculo, una suerte de primitivo vaciador de basura y de sombras. Por eso cada día hay más zamuros, más buitres, atentos a la descomposición que se gesta desde nuestro vientre.
Esta es mi segunda participación en este mes de zombies. En esta oportunidad, lo hago con un relato demasiado real para ser ficticio en estos tiempos. Si quieres participar, aun estás a tiempo. Aquí te dejo el enlace del post de invitación.