Hace un par de días publiqué una reflexión hecha a partir de una frase que leí en un ensayo de George Orwell (el enlace se encuentra al final de esta publicación). Ese texto, junto a otros, los encontré en el volumen llamado De hombres y bestias, publicado por Planeta Sostenible, con prólogo, selección y traducción de Bartolomé Leal e ilustraciones de Javier Molina.
El libro está impreso en papel glasé y las ilustraciones son grandes y coloridas, lo que lo hace visualmente muy llamativo, pero es evidente que su mayor atractivo es el contenido.
Aunque conocido sobre todo por sus novelas 1984 y Rebelión en la granja, George Orwell fue un ensayista tenaz, produciendo sobre un centenar de textos de particular profundidad. La gran mayoría de ellos son reflexiones acerca de la vida, sus ideas y los sucesos contemporáneos ocurridos en su vida adulta (la década de los años '30 y '40) y muchas veces adquieren un estilo narrativo que los hace, prácticamente, relatos. Motivados sobre todo por experiencias personales, los ensayos de Orwell pemiten acercarnos, no sólo a su ideología, a su forma de pensar, sino también a algunos aspectos desconocidos de su biografía (como el hecho de que haya trabajado en Birmania, siendo soldado del ejército británico, "un empleo en el que ves el trabajo sucio del imperio de cerca").
Ese deseo del escritor de expresar la verdad, no contradice el estilo ficcional de las cosas que nos cuenta. En el primer ensayo ¿Por qué escribo? (1946), Orwell nos cuenta cómo inventaba historias y conversaba con personajes imaginarios siendo niño y reflexiona sobre las motivaciones principales que impulsan a una persona a escribir, llegando a decir que "escribir un libro es una batalla horrible", porque representa un enorme esfuerzo.
En Un ahorcamiento (1931), a partir de una experiencia personal mientras trabajaba en Birmania, el escritor nos muestra la muerte como trámite dentro de un sistema opresor, colonial, arcaico. La banalidad de la vida y "el enigmático e inenarrable error de cortar una vida en seco cuando está en pleno apogeo" dan mucho que pensar sobre la idea de justicia que predomina en ciertos estados. Otro episodio de esta época nos es contado en Muerte de un elefante (1936) en donde la masa empuja a un hombre a hacer lo que tiene que hacer, aún en contra de su voluntad.
Como mueren los pobres (1946) es un texto que me tocó particularmente, porque aunque Orwell habla de las condiciones atrasadas y el pésimo servicio en un hospital francés a principios del siglo XX, muchos de sus reclamos son características de hospitales venezolanos hoy día, un siglo más tarde. "Un hospital era un lugar de suciedad, tortura y muerte, una especie de antecámara de la tumba". Eso, lo entiendo sin necesidad de usar la imaginación. El ensayo que cierra la colección, Algunas consideraciones sobre el sapo común (1946) comienza como una exaltación a la primavera y a las pequeñas maravillas de la naturaleza, pero se convierte en una reflexión sobre el proceso real de la vida vs. el incoformismo político, tema principal de mi publicación anterior (el enlace está al final de este post.)
La elección de los cinco ensayos que se presentan en este libro muestran una evolución existencial en George Orwell, mostrando sus sueños de realizarse como hombre, desde niño, en la literatura y también en la búsqueda de la verdad, a pesar de haber tenido que cumplir funciones o tareas que no siempre fueron congruentes con ese idealismo. El suyo fue un aprendizaje áspero, tener que sacrificar a un animal, ver cómo es privado de la vida un hombre, la atención en ese hospital, todas fueron experiencias no muy agradables de vivir y por eso Orwell hizo uso de estos recuerdos para dejarnos por escrito cómo lo habían cambiado, cómo lo habían afectado emocional e intelectualmente. A lo largo de esos años, se fue perfilando el núcleo de sus dos obras más célebres, aquellas que lo inmortalizarían en la historia universal como uno de los máximos denunciantes de un sistema en el que alguna vez fue una pieza más.