A pesar de haber sido publicado por mi editorial favorita, la tercera obra del escritor Benjamín Labatut no llegó a mis ojos ni a mis oídos por este canal, sino por una recomendación inusual tratándose de una obra literaria. En algún lugar leí que el ex presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, recomendaba ampliamente la lectura de Un verdor terrible y eso me llevó a preguntarme ¿por qué?
Pero antes de investigar o de poder responder esa pregunta vi que el título estaba disponible en el catálogo de novedades de Editorial Anagrama y lo agregué a mi lista sin saber ni siquiera de qué se trataba. En cuanto la Biblioteca de Santiago tuvo disponibles algunos ejemplares, tomé uno prestado y leí la obra con goce y prontitud.
En primera instancia se puede apreciar que se trata de un libro de relatos, pero lo curioso y particular es que a medida que se va avanzando en la lectura se descubre el hilo conductor que une todas las narraciones: la ciencia. Es decir, aunque son relatos que se ambientan en épocas distintas, que tienen personajes diferentes y cuyas tramas no se parecen, todos bordean el conocimiento científico desde la búsqueda, el experimento o el descubrimiento de algún hecho, una teoría, un resultado, concentrándose en alguna ciencia, química, física, matemática. Aunque la mayoría de los personajes existieron en la vida real y los hechos que se cuentan son ciertos, no son exactamente relatos históricos porque el terreno de la ficción permite tergiversar y enriquecer estas narraciones con algunos elementos ajenos a la historia.
Lo que destaco en el caso de Labatut es que las narraciones son un maravilloso híbrido entre ciencia y Literatura en donde a veces pareciera que son las letras las que se visten de rigor científico y otras veces es la ciencia la que parece vestirse de palabra. Se tienen entonces la exactitud y la historia de hallazgos que cambiaron el destino de la humanidad, combinadas con el placer de una narración fluida y accesible.
La sinopsis de la contraportada enumera algunos de estos hallazgos:
"... el primer pigmento sintético moderno, el azul de Prusia, creado en el siglo XVIII gracias a un alquimista que buscaba el Elixir de la Vida mediante crueles experimentos con animales vivos, se convierte en el origen del cianuro de hidrógeno, gas mortal que el químico judío alemán Fritz Haber, padre de la guerra química, empleó para elaborar el pesticida Zyklon, sin saber que los nazis acabarían utilizándolo en los campos de exterminio para asesinar a miembros de su propia familia. También asistimos a las exploraciones matemáticas de Alexander Grothendieck, que le llevaron al delirio místico, el aislamiento social y la locura; a la carta enviada a Einstein por un amigo moribundo desde las trincheras de la Primera Guerra Mundial, con la solución de las ecuaciones de la relatividad y el primer augurio de los agujeros negros; y a la lucha entre los dos fundadores de la mecánica cuántica –Erwin Schrödinger y Werner Heisenberg– que generó el principio de incertidumbre y la famosa respuesta que Einstein le gritó a Niels Bohr: «¡Dios no juega a los dados con el universo!»"
En Azul de Prusia, Labatut habla de la Segunda Guerra Mundial (yo no sabía que Heinrich Böll había paticipado en ella), las metanfetaminas, las drogas que consumían los soldados alemanes, los suicidios masivos al saberse derrotados (sólo en abril de 1945 se mataron 3.800 personas en Berlín); habla de Dippel, maestro de Swedenborg y quien inspiró a Mary Shelley a escribir Frankenstein.
Habla de Haber, quien consiguió la forma de extraer nitrógeno del aire y con ello alteró el equilibrio natural y cambió el curso de la humanidad para siempre porque el proceso Haber-Bosch “al duplicar la cantidad de nitrógeno disponible, permitió la explosión demográfica humana de 1,6 a 7 mil millones de personas en menos de cien años” concluyendo con la espeluznante estadística de que hoy cerca del 50% de los átomos de nitrógeno de nuestros cuerpos han sido creados de forma artificial y más de la mitad de la población mundial depende de alimentos fertilizados según ese sistema. Tenía razón Mary Shelley cuando advirtió “sobre el avance ciego de la ciencia, la más peligrosa de todas las artes humanas”
La singularidad de Schwarzschild comienza con una carta enviada desde las trincheras en 1915 por Schwarschild (el primer científico en una familia de artistas) a Einstein con la solución de una ecuación de su Teoría de la Relatividad General, publicada un mes antes. En el relato hay amargas quejas al sinsentido de la guerra y también reflexiones sobre unas singularidades en el espacio que acabaron llamándose agujeros negros. A ese relato le sigue El corazón del corazón cuyo montaje y manejo del elemento temporal me encantaron. Se basa en Shinichi Mochizuki, un matemático moderno cuyo trabajo se relaciona con el de Yves Ladegaillerie y el de Grothendieck y cuenta cómo este último llamó a los alumnos a renunciar a la práctica de las matemáticas por resultar peligrosas a la luz de las amenazas que enfrentaba la humanidad y desde ese día se negó a participar de ningún congreso si no le permitían dedicar una cantidad de tiempo equivalente a la ecología y el pacifismo. Hacia el final de su vida Grothendieck quiso deshacer su influencia, diluirse en el silencio, borrar hasta su última huella, alejarse del mundo porque “no quería que nadie sufriera como consecuencia de lo que él había encontrado”, pero ¿qué es lo que había encontrado? No lo sabremos.
Schrodinger y Heisenberg, junto al intento de explicar el mundo subatómico a través de ecuaciones, fórmulas, alrededor del año 1925 son el centro de Cuando dejamos de entender el mundo. Se menciona que Bohr le habló a Einstein sobre la obra de Heisenberg: “…es absolutamente desconcertante. Parece la obra de un místico, pero sin duda es correcto” y se muestra cómo la comprensión del mundo subatómico fue evolucionando con el tiempo.
Las anécdotas y los hallazgos de estos genios, sus pesadillas, sueños, alucinaciones y obsesiones, es decir, todo lo que se cuenta, forman parte de este libro gracias a la inspiración que le vino a Labatut en una conversación que cuenta en el último relato, El jardinero nocturno en el cuel, en un pueblo de montaña chileno, un jardinero le habla del Zyklon B de Gothrendieck. Y el resultado es un libro diferente, enriquecedor, de gran calidad literaria y con muchísima información probablemente desconocida para la mayoría de sus lectores.
En uno de los relatos, el autor escribe que “Un punto de vista es limitado en sí mismo. Nos entrega una visión singular del paisaje. Solo cuando se combinan miradas complementarias sobre la misma realidad podemos tener un acceso más completo al saber de las cosas” y creo que por eso son valiosas estas experiencias mixtas, híbridas, que combinan diferentes visiones, disciplinas y testimonios sobre hechos significativos en nuestra historia. Recomiendo la lectura de Un verdor terrible especialmente a los curiosos y a los amantes de los buenos libros, ¿alguno ya lo leyó? ¿qué les pareció? Los leo en los comentarios.