Mi pecho fue rasguñado por unas largas uñas, mi corazón saltó hasta mi cuello -¿mamá, qué fue eso?- paré de nadar, me quedé flotando mientras escuchaba un agudo sonido, mientras sentía burbujas en los pies -¡¿papá?!- un silencio casi total, empecé a sudar.
Pequeños y afilados dientes se clavaron en mis tobillos y mis oídos se llenaron de agua, empecé a mover mis pies y mis manos frenéticamente, empujando el agua lo más fuerte que podía, los dientes rasgaron un poco mis tobillos y poderosos tambores golpeaban desde mis huesos hasta mi piel, mis dedos tocaron cabello y una nariz -¿mamá?- pensé, gritaba, mis pulmones empezaban a doler, me sentía débil, gemía por desesperación, por piedad, pero entonces sentí algo bizcoso en el dedo gordo del pie derecho, los dientes clavados en mis tobillos perdieron presión y aproveché para brasear hacia arriba, mientras escuchaba un gruñido debajo de mí, braseaba como me había dicho mi padre, sentía el corazón en la garganta mientras un aire frío se movia de arriba hacia abajo por mi pecho, braseaba, desesperado por llegar hasta el aire, braseaba, braseaba, braseaba, el agua estaba muy pesada, seguía empujando agua con los brazos hacia arriba, dando manotazos, rasgando, cada vez más rápido y más torpe braseaba, los visores se hacían pesados también, se enterraban alrededor de mis ojos, haciendo presión, me dolía la cabeza, braseaba, y, rasgando el agua con mis dedos, sentí agua caliente en mis pies, me encerraba, dientes se aferraban a mis mejillas, me empujaban hacia abajo, braseaba, braseaba, braseaba.
Este microrrelato es parte del Concurso de Microrrelatos de Terror en el que todavía pueden participar.