Son las 5:30 de la mañana. El vapor de la cocina empieza a calentar como un dulce abrazo de madre. Aunque no hay más cosas que cocinar, las arepas de maíz pilado calman el hambre como en los tiempos de las abuelas. Se extraña el aroma del café, tan dulce que enjugaba la boca con sorbo de guarapo bien negro, pero se ha preferido dejarlo para la fatiga de la tarde.
Son tiempos difíciles. Los frutales de los campos ya no tienen colorido, pues las personas tratan de ganarle la partida a los loros por la mañana. Así que, antes de probar una arepa, hay que rápidamente llegar a las matas de mango de la parcela. Cuando llego, ya hay chicos y jóvenes lanzando unas piedras para bajar la preciada fruta.
Se dice que, los mangos que aún están en la mata, ya tienen dueño. Pero si eres habilidoso, puedes robártelo, siempre y cuando su propietario no haya llegado o te pille lanzándole algo a su fruta.
Es aún de madrugada. Hace un par de años que, la vieja tía se obstinaba de barrer el patio todos los días, pues las moscas fastidiaban y al descuido podías pisar un mango en el suelo. Montañas de mango podridos caídos de las matas y rechazados por la gente, eran apartados para el ganado. Ahora, ¡gracias a Dios ya no hay ganado!, porque pasarían más hambre de lo común. La razón, ya las personas no dejan que los mangos caigan al suelo, porque alivian el hambre de estos tiempos.
Algunas personas dicen que el mango debería ser declarado fruta nacional. Porque nunca antes se esperaba tanto por la temporada de algún fruto. Nunca se pensó que en los mercados se venderían. Pero ni pensar en el lamento de aquellos que cortaron sus árboles, porque en estos días pagaran por lo que la tierra les daba gratis.