El cielo estaba triste, lloraba sobre la tierra de los hombres. Su llanto era débil y cansado, apenas niebla gruesa. Tan solo unos días atrás, su alegría hacía que llorasen nuestras pieles con constancia casi perpetua. Los charcos comenzaban a comunicarse unos con otros por medio de pequeños canales.Los objetivos primordiales de los satélites meteorológicos se fundamentaban en el espionaje y la interpretación del código climático; además, la ciudad no contaba con acondicionamiento de cúpula atmosférica alguna, ni tampoco con un excelente alcantarillado. Los vehículos, pilotados manualmente, transitaban por las mismas vías que los peatones, que a veces, acababan chorreando.
Siempre me pareció agradable caminar bajo la lluvia. Sentir el agua fría humedeciendo todo mi cuerpo. Notar mi rostro totalmente empapado y las gotas circulando por mi cara en sentido cuello menos pelo. Detenerme unos instantes para mirar hacia arriba y gozar de las sensaciones auténticas que ofrece la vida. ¿Quién decide que es agradable y qué no? Valerse de las emociones extremas para aprender de cada una de las situaciones que pueden darse a nuestro alrededor, sin tratar de evitarlas, es un modo de caminar por el mundo pisando fuerte. Aceptar que cada instante, distinto del anterior, nos ofrece una nueva aventura con la que podemos prepararnos para un futuro incierto. Qué impresionante era sumergirse bajo la pura objetividad, sin mayor abstracción de la realidad que la estructura de nuestras propias reflexiones; aunque más increíble parezca la indiferencia con que lo hacíamos. Aún se podía pasear sin una ruta fijada y era posible perderse entre la multitud. A menudo, eran mis pasos los que irracionalmente delimitaban el sentido de mi trayectoria haciéndome llegar a los más recónditos rincones de la reserva humana. Mientras tanto, mi mente divagaba por el paraíso de los números que abarcaba más allá de la derivada del flujo perceptivo: identificaciones telefónicas, precios de productos en escaparates, matrículas de vehículos… Sobre todo, matrículas. Cualquier dato aritmético servía a mi mente para entretenerse con simples cálculos que pocos podían obtener. A veces, añoro esa sensación de triunfo que disolvía mi alma en un profundo gozo al comprobar la consistencia entre mi deducción, fríamente cavilada, y el álgebra universal. En aquella época el comercio de sentimientos artificiales, o lo más parecido a esta industria química, era prácticamente ilegal. Sé que puedo obtener esa sensación, o cualquier otra, durante horas tomando un fármaco inocuo para mi organismo; de hecho, a veces lo he probado pero, ¿qué me dices de poseer un registro memorístico que probaría, en cada mirada a los recuerdos, que la combustión de mi esfuerzo generó el resultado? Ahora un impacto visual es suficiente para que se transmitan los bytes necesarios a mi implante intelectual, que infiere ipso facto el dato que preciso.
Caminaba por el mismo parque todos los días, debía atravesarlo para ir a casi cualquier lugar de la ciudad. La impactante decoración que caracterizaba al jardín se fundamentaba en albergar un manantial de inmensa capacidad. Los chorros de las fuentes que lo aderezaban describían gráficamente y con precisión la ecuación del tiro parabólico. Sus aguas, teñidas de un verde oscuro, eran fuertemente translúcidas y supongo que estaban pobladas por diversos grupos de peces, pues a veces flotaban muertos en la superficie. Aquella tarde no precisaba zascandilear para alcanzar el vástago de mi desplazamiento: los cimientos de la representación algebraica de mis pensamientos. Una suave brisa congelaba mi cara y debía incrementar su poder conjuntamente en altitud y velocidad, pues los árboles se agitaban con algo más de violencia, y las nubes avanzaban con gran rapidez. El Sol, disfrazado de Luna, pronto desvestiría los finos cirros que semiocultaban sus pieles para iluminar con una fuerte intensidad. Era tan potente el brillo que incidía sobre la Tierra que a veces nos obligaba a limitar la amplitud de nuestras miradas, e incluso a desprendernos bruscamente de los «nasarreños» que habitaban en nuestro interior; mas necesario para mantener con vida aquel pulmón de la ciudad que albergaba fauna y vegetación. Plantas que crecían a su propio ritmo, de artísticas formas y colores, plantas de verdad. En ellas residían multitud de animales: montones de especies de insectos y varias de aves. Un individuo de estas últimas se detuvo frente a mí. Supe que acabaría yéndose cuando me observase avanzar; era lo normal. Sacudía cómicamente sus alas para deshidratar sus plumas. Era un animal libre, no precisaba servir al ser humano ni corría el riesgo de cortocircuitarse como los que ahora limpian las calles y alejan a los seres orgánicos que tan peligrosos resultan para nuestra salud. Ya se habían emitido algunas noticias que llamaban la atención de los espectadores para que observasen con curiosidad los supuestos caprichos de la naturaleza en granjas aleatorias del país, pero eran pocos quienes especulaban con la verdad. A veces, me pregunto si era necesario añadir tanta información a un mundo donde los pequeños detalles pasaban desapercibidos para la mayoría de los habitantes. Era muy común cruzarse con individuos que se sumergían mentalmente, por medio de pequeños altavoces, en un videoclip interactivo; o con sujetos que, a pesar de hablar solos en apariencia, se mantenían en comunicación con otro aparente descerebrado. Cualquier visitante de cualquier época se habría extrañado al observar este hecho, pues fue un paso transitorio cuya inversión consumista permitió abrir las puertas, de manera cada vez más ampliada, a un mundo donde la sustantividad material y su representación electrónica se fusionaron, contagiándose la una a la otra y sumergiéndonos en una nueva realidad.
Fuente imagen: http://mxcity.mx/2015/06/4-maneras-de-disfrutar-de-la-lluvia-en-la-ciudad-de-mexico/
Parte 2: @eusebio/recuerdos-de-un-anciano-que-aun-no-envejecio-parte-2-3